martes, 7 de noviembre de 2023

Día 7 - Escalofrío

 



Los pies de Fara estaban descalzos y resbalaban un poco a cada paso. A su alrededor, el olor a salitre impregnaba cada hebra de su pelo negro como el carbón y el sol arrancaba destellos en sus ojos aguamarina. A pesar del evidente calor, el contraste entre el agua salada y su piel seca le provocó un inesperado escalofrío, un poco, quizás también por la emoción. 

Saltó entre rocas salpicadas de pequeños moluscos y húmedas por las olas que, implacables, golpeaban una y otra vez la costa. En uno de esos saltos resbaló y a punto estuvo de caer al agua, pero a una orden mental suya el agua se elevó y la sostuvo. Con una sonrisa de suficiencia, Fara siguió saltando entre las rocas y las pozas marinas. Llevaba toda su vida dedicada al estudio de la magia de agua, como una de las privilegiadas estudiantes de la escuela de magos de Akartea, al norte de las costas de Xal-Tara. Era una pequeña isla aislada de casi todo, pero era su hogar. Se detuvo en seco al ver un cangrejo de enorme tamaño. Se aferró a la roca todo lo que pudo con los dedos de sus pies e inclinó la cabeza. Los cangrejos eran sagrados, seres designados por su dios, Amir´Illah, como guardianes de aquella nación. Contuvo el aliento y esperó a que el viejo cangrejo siguiera su camino. Posiblemente se encaminase hacia el templo, a la espera del sacrificio del final de la tarde. Aquel día, un esclavo enfermo iba a morir, honrando al dios.  Fara no le dedicó ni un instante más a aquel pensamiento y siguió saltando. 

Trepó, se ayudó del agua para impulsarse y, finalmente, fijó la mirada en su destino: una pequeña cueva marina. A esas alturas del día el agua la había inundado casi en su totalidad, así que Fara se concentró y saltó. Su cuerpo ya no era como siempre. Ahora tomaba la forma de agua: liviana, fluida, libre. Hasta que unos dedos cálidos y suaves la tocaron. Fara se giró, sorprendida, para descubrir aquellos dos ojos ambarinos que tanto llevaba sin ver. Tornó a su forma humana y abrazó a la dueña de aquellos ojos que tanto le fascinaban.  Las burbujas escaparon de su boca y se arremolinaron en torno a su pelo. Sus dedos se entrelazaron con los de ella y se dejó llevar a la superficie, dentro de la cueva.  

―¡Karkáh! No esperaba que me reconocieras en esa forma ―sonrió Fara, sin soltar ni por un instante sus manos.  

Karkáh amplió su sonrisa y sus ojos se iluminaron al ver a Fara feliz. La maga salió del agua y se sentó en las piedras de la caverna, y Karkáh permaneció a su lado. Ella era una sirena, seres anfibios capaces de respirar fuera del agua, pero no de caminar. Su lugar era el mar y la libertad de la espuma. Karkáh alzó una mano, con la que acarició la mejilla de la persona a la que más amaba en el mundo. 

 ―Te reconocería, aunque fueras solo una gota de agua en el océano, Fara. Una y mil veces.   

 Ambas se acercaron al momento, disfrutando de un beso que vivía en sus labios incluso antes de encontrarse. Aquel amor estaba prohibido, pero eso poco les importaba en aquel momento. 


lunes, 6 de noviembre de 2023

Día 6 - Compañera


Yeska observó con infinita paciencia a la adolescente Ilena. Desde que había llegado a su vida, sus días habían dejado de ser rutinarios, sencillos y simples. Aunque Yeska vivía aislada del mundo en los espesos bosques de Kärtelm, en Kúrnik, le gustaba su vida. Ella era una Bruja de Kragla y la gente de la población más cercana, Tiro-Kar, la temía y respetaba a partes iguales, lo cual hacía que la mayoría del tiempo pudiera estar tranquila en su porche moliendo hierbas medicinales o preparando alguna poción. Sí, las Brujas de Kragla eran temidas: extrañas mujeres que habían decidido apartarse del mundo y de la sociedad para vivir en recogimiento con su diosa. Si le preguntasen a Yeska, la anciana habría dicho que casi nunca es una elección. Si eres un bebé no deseado y tu madre se apiada de ti y te deja a la puerta de una Bruja de Kragla, ella debe acogerte y criarte, así que tampoco lo había elegido. Aun así, le gustaba su vida.

            Una maldición murmurada por lo bajo escapó de los labios de Ilena.

            —Si la coges desde el tallo, no te pincharás con las espinas… —recomendó Yeska—. O si te quitases ese guante, quizás puedas manipular mejor las hojas.

            Ilena le lanzó una mirada furibunda por encima de su mortero. Yeska sabía en sus viejos huesos que había algo que Ilena ocultaba desde el principio, y que tenía que ver con su guante en la mano izquierda, que nunca se quitaba. Incluso dormía aferrada a esa mano, como si le tuviera miedo.

            —Puedo hacerlo sola —murmuró Ilena.

            —No lo dudo, niña, y tendrás que aprender a hacerlo sola si vas a vivir esta vida, pero por el momento me tienes a mi —respondió Yeska.

            Ilena le miraba como una de esas criaturas salvajes y heridas que solía encontrarse por el bosque: temerosas de más daño, ansiosas por un poco de ayuda. Yeska bajó la mirada al fetiche que hacía en esos momentos, un pequeño atadillo que se parecía a una mujer, si uno observaba la pequeña muñeca con buena intención y bastante imaginación.

            Fingía estar muy concentrada, pero la realidad es que observaba a Ilena y su desempeño en las hierbas. Tenía que aprender a prepararlas si quería sobrevivir cuando ella no estuviera, y eso podía ser en cualquier momento, dado su avanzado estado de salud y el invierno furo e inclemente de Kúrnik. Ilena había llegado a punto de perder la vida hacía ya casi un año. Tocó a su puerta, desesperada, posiblemente gastando sus últimas fuerzas en pedir ayuda de forma silenciosa. En cuanto la vio, Yeska supo que tendría sucesora.

            Su cuerpo había sanado, salvo por esa misteriosa mano que tan celosa guardaba, pero había heridas dentro que Ilena no parecía dispuesta a compartir.

            De repente, un grito de miedo trajo a Yeska desde sus recuerdos al presente. Ilena se encontraba encogida sobre sí misma y sujetaba su mano. El mortero había rodado y esparcido todo su contenido alrededor. La muchacha lloraba. Yeska no dudó en levantarse todo lo rápido que sus rodillas le permitieron y cruzar el espacio que las separaba.

            —¡No! ¡No te acerques! —lloró Ilena.

            Yeska no le hizo caso y se arrodilló junto a ella. La muchacha envolvía con todo su cuerpo su propia mano.

            —Ilena, ¿qué ocurre? —Yeska intentó acariciar el pelo oscuro y liso de la chica, en un intento por calmarla—. Déjame ver.

            —¡No! —La adolescente la miró, aterrada—. No quiero hacerte daño. Eres la única persona que me ha ayudado, no puedo hacerte daño, a ti no… si lo ves me echarás, me tendrás miedo, como todos, siempre…

            —Mírame —Yeska alzó el rostro surcado de lágrimas de la chica por la barbilla, con suavidad mientras le secaba las lágrimas—. He vivido ya toda una vida, no voy a echarte de aquí.

            Algo en sus palabras hizo que el gesto de la joven cambiase un poco. Del terror a la desconfianza, y de ahí, a que la esperanza anidase justo donde nacen las lágrimas. Despacio, Ilena relajó un poco el cuerpo y entonces retiró el guante que cubría su mano izquierda. En cuanto vio lo que ocupaba la palma de su mano, Yeska procuró hacer caso a sus propias palabras y no asustarse.

            Era una boca horrible, sin labios. Una apertura amoratada en la carne de Ilena con una hilera de afilados y serrados dientes arriba y abajo. Tras ellos, encías, lengua y saliva. Yeska sintió un miedo absoluto y visceral. Aquella cosa podría devorarla, no tenía dudas.

            —Nací con esto. —Explicó Ilena—. Devora carne, la necesita… y si no se la doy, duele y reclama hasta que es insoportable, como si fuera mi propia hambre. Nunca se sacia, salvo si es carne humana.

            Yeska no quería acercarse. El miedo sujetaba cada una de sus extremidades al sitio para que no se moviera ni cometiese la imprudencia de abrazar a Ilena. Dejó escapar el aire en un suspiro que se llevó parte del terror y recogió el guante de la muchacha. Con delicadeza, se lo devolvió.

            —Si tiene hambre, le daremos de comer —dijo Yeska, para sorpresa de la muchacha— Escúchame, Ilena: eres mi compañera, una Bruja de Kragla, y sea lo que sea, voy a estar contigo.


 

domingo, 5 de noviembre de 2023

Día 5 - Pigmento

 


El pigmento, negro como una noche sin estrellas ni lunas, goteaba desde sus muñecas hasta la punta de sus dedos. Las gotas dejaban un rastro oscuro hasta que caían al suelo, donde poco a poco se estaba formando un pequeño charco de aquel líquido espeso con el que había dado los últimos toques a su creación. Orgulloso, Álgernon contempló su obra una vez más, como un padre orgulloso observa a su primogénito en el primer logro.

            Un profundo temblor le obligó a sujetarse a una de las mesas de trabajo. Al principio, pensó que era uno de tantos, un temblor más de los que se venían sucediendo desde hacía años, pero la intensidad no bajó. Al contrario, los frascos y tubos que poblaban su lugar de trabajo comenzaron a tambalearse en sus estanterías, algunos a caer al suelo, estrellándose en mil pedazos. Álgernon no estaba dispuesto a perder una de sus creaciones más recientes, tan delicada, y se abalanzó hacia delante con la única intención de poner a salvo aquel espejo. Lo protegió con su cuerpo mientras duraba el terremoto.

            Myrte se deshacía en mil pedazos, justo de la misma manera que sus frascos y sus utensilios de trabajo. Igual que su futuro. La tierra se quebraba, las casas se derrumbaban, la gente moría. ¿Y todo por qué? ¿Por un error de cálculo? Su civilización había avanzado hasta encontrar una nueva tecnología arcano-tecnológica: los generadores de energía n-dimensionales. Maravillas de la creación, difíciles de comprender salvo un selecto grupo de estudiosos. Durante unas décadas, los generadores dimensionales ofrecieron energía para sus vehículos, para iluminar sus casas, realizar experimentos en sus laboratorios, mejorar su vida a niveles insospechados. Luego, la industria y su desarrollo comenzó a necesitar más energía y el comité decidió ir un paso más allá, creyendo que podrían extraer más y más energía de esos generadores.

            Uno de ellos comenzó una reacción en cadena imposible de detener, y ahora, años después de que el principio del fin comenzase, el mundo se desmoronaba. Algunos pocos, privilegiados, habían huido a otros lugares, a continentes lejanos, pero casi todos iban a morir allí.

            El temblor se intensificó y Álgernon sintió verdadero miedo. Una explosión invisible lo azotó e hizo temblar todo su cuerpo. La realidad se quebraba. Todo pasaba rápido y lento a la vez mientras él se aferraba a su espejo, incapaz de dedicar ni un solo pensamiento a algo que no fuera él mismo. No pensó en su familia, ni por un momento. Le daba igual que muriesen sus padres o incluso su mujer. No había compartido con ellos ese proyecto, no quería que nadie más lo supiera. Era suyo, era su esfuerzo, fruto de sus estudios y su tiempo. No consideraba que nadie tuviera que beneficiarse de todo lo que él había trabajado. Lo que no quería era que su obra se rompiese, que acabase hecha mil trocitos. Ese era su pase, su salvación, pero por mucho que lo intentase, sus runas no estaban funcionando.

            —¡Vamos! —gritó, ofuscado, mientras tosía, ahogado por el polvo—. ¡Sácame de aquí!

            Había memorizado la secuencia de runas que debía pulsar en el marco del espejo medio centenar de veces, pero no funcionó. El mundo cambiaba de color: de una profunda luz que se desbordaba entre grietas dimensionales a una oscuridad digna de la más sellada sepultura. Del calor abrasador del fuego a la tierra que ascendía. Todo se mezclaba, el suelo se combaba a sus pies y la última explosión hizo que la realidad se desgarrase a su alrededor.

            —¡Tienes que funcionar!

            La onda expansiva hizo que el mundo se derrumbase sobre Álgernon y él protegió el espejo una vez más. Era suyo, era su creación. No podía romperse, aunque no entendiese por qué no funcionaba. Algo líquido corrió por su espalda y su visión se apagó. No entendía dónde estaba, pero no había nada a su alrededor. No podía respirar, o quizás ya no sabía cómo hacerlo. Su cuerpo, inerte, seguía aferrado con los nudillos blancos al marco del espejo bajo una vorágine de dimensiones rotas e inestables.

            —Quizás necesites una pequeña ayuda.

            Aquella voz, imposible de identificar como hombre o como mujer, sonaba como un fluido en su cabeza.

            —La quiero —respondió él, sin saber cómo.

            —Te daré lo que quieres y renacerás conmigo. A cambio, solo tendrás que ansiar más, siempre un poco más.

            El silencio le sobrevino. Ya no había multitud de dimensiones rotas a su alrededor, solo la calma de la inerte muerte. Estaba muerto y Éhseg lo acogía en su seno. No supo cuánto tiempo pasó, si es que importaba, pero cuando volvió a ser consciente de su alrededor, ya no estaba sepultado. La que antes fue su ciudad era ahora un campo de escombros y muertos, de pedazos de tierra flotando, de fluctuaciones entre las dimensiones que provocaban súbitos cambios en la realidad. Sabía que el mundo se había acabado, o al menos, que Myrte tal y como él la conocía, había llegado a su fin. Había renacido como demonio de Éhseg y podía ver las almas de los myrtianos, aferradas a lo que antes era su vida. Escuchaba los llantos, los gritos, la civilización muda y colapsada. Les pudo la codicia, sonrió para sí mismo.


sábado, 4 de noviembre de 2023

Día 4 - Esqueletos

 


—¡Findy! ¡Haz algo! —Larion volvió a quejarse.

Se hallaban atados a un poste en mitad de una cámara oscura y maloliente. Para colmo, habían comenzado a caer serpientes por las paredes y se acercaban, siseantes.

—¡Findy, malditas sean las sombras, reacciona!

A juzgar por la cantidad de esqueletos desmembrados y desparramados por el suelo a su alrededor, no eran los únicos que habían acabado en serios problemas. De todos modos, él era Findy Bouns, el ogro arqueólogo más intrépido de todo Ashay. Era normal, e incluso esperable, acabar en una situación como la que estaban. Por eso, cuando los capturaron, amenazaron con lanzarlos a ese pozo y, finalmente, los tiraron, tampoco opuso resistencia ¿Qué sería de la búsqueda de tesoros sin al menos un sobresalto? Una aventura desperdiciada, sin duda alguna. 

—¡Serpientes, Findy! ¡Serpientes!

La voz de Larion a su espalda lo sobresaltó un poco. Casi se había olvidado de ella. Larion, siempre tan quisquillosa con los espacios cerrados, las antorchas que se apagaban por misteriosas corrientes de aire y las alimañas que intentan trepar por su voluptuoso cuerpo. Findy no se preocupó, confiaba en que su potente y viril olor corporal espantaría a las serpientes. 

—Larion, estoy pensando, no me presiones —se quejó el arqueólogo.

—¿Seguro que tu cabezota es capaz de pensar en algo más que en tus adorados tesoros? -preguntó ella con esa voz repipi que ponía cuando quería sacarle de sus casillas-. Porque hasta el momento tus ideas solo nos han llevado a quedar encadenados a un poste en el fondo de este pozo infecto.

En general, Larion era una ogra de modales perfectos que se las daba de aventurera, pero tenía lo mismo de intrépida que él de caballeroso. Findy tuvo una idea.

—A la de tres, arrancamos el poste.

Esta vez no hubo protestas. Con un golpe seco, las dos moles de carne que eran Findy y Larion, con sus casi tres metros cada uno, liberaron el poste del suelo. Luego, ambos quedaron libres. Findy se ajustó su sombrero de explorador y comprobó que su preciado látigo seguía donde estaba. 

—¿Y ahora qué…?

Antes de que Larion pudiera acabar la pregunta, el suelo comenzó a temblar. Findy no pudo menos que emocionarse. 

—¡Hemos activado una trampa! ¿Será de las que se van cayendo losas poco a poco? ¡Ojalá sea de las que dejan caer el techo poco a poco! -suspiró, con cierto anhelo—. Nunca he estado en una de esas…

—A veces pienso que respirar tanto polvo te ha dejado el cerebro seco —se quejó Larion con un mohín.

 El suelo no dio tregua y, para disgusto de Findy, resultó ser una trampa a la que ya se había enfrentado antes: las losas caían de repente, hundiéndose en una oscuridad interminable por debajo del nivel del suelo. 

—¡En esta! 

 Con su escasa agilidad, Findy saltó a una de las losas de los laterales, que se mantenía firme. Era más que obvio que los dos corpulentos ogros no cabrían en la misma losa, así que Larion tuvo que lanzarse a duras penas a otra más estable. A su alrededor, los huesos comenzaron a precipitarse al fondo del pozo. Entonces, una cuerda cayó desde arriba, gruesa y sucia, pero perfectamente reconocible para Findy.

—¡Sandáh!

 Su inestimable amigo y guía en las tierras de Akartea en Xal-Tara. Y ahora, su salvador. Para ser humano, la verdad es que era el humano más útil que había conocido nunca. 

—¡Daros prisa, Findy! —Les apremió Sandáh—. Kodrich y Tot´z no estarán lejos.

—¡Esos hijos de macairon! —exclamó Larion, aferrada a las calaveras que sobresalían del muro.

 Findy soltó una risotada, mucho más relajado de lo que debería. Pero ya había estado en esas circunstancias otras veces. Se aferró a la cuerda de Sandáh y comenzó a trepar mientras el enclenque humano tiraba con visible esfuerzo.

—¿Se la han llevado? —preguntó Findy nada más llegar al falso techo desde el cual los habían dejado caer atados los despreciables Kodrich y Tot´z.

—¿A Larion? Si está abajo… —respondió Sandáh, confuso.

—¡La Caja Extraviada! —se quejó Findy.

—No han entrado en la cámara todavía —dijo Sandáh, luego miró por el hueco—. Quizás habría que sacar a Larion…

—Ah, sí, sí —Findy lanzó la cuerda.

 Larion se aferró a ella y comenzó a ascender mientras ogro y humano tiraban de ella. La cuerda se quebró con un chasquido irremediable cuando faltaba apenas un metro para poner a salvo a Larion. Antes de que la ogra gritase, Findy desenfundó su látigo, que hizo chasquear en el aire mientras lo engarzaba en la muñeca de ella. Tiró y la recogió con un gesto triunfal. Como era natural, sabía que Larion estaba prendada de él, pero aquel no era el lugar para un beso apasionado.

 El sonido de un centenar de pasos descalzos les hizo ponerse en guardia. 

 Findy Bouns estaba dispuesto a todo en tal de conseguir la antigua y misteriosa Caja Extraviada, contenedora de un saber ancestral, perdido ya, transmitido, según cuentan, por los Antiguos a los rízaks y estos, a su vez, a los habitantes de la desaparecida Myrte. 


viernes, 3 de noviembre de 2023

Día 3 - Creación

 



Saber que aquella era su más importante creación no ayudaba en absoluto. Cuando trabajaba en su taller, el mundo parecía desaparecer a su alrededor. Los sonidos de las ajetreadas calles de la ciudad de Xilexia solían quedar apagadas, sordas, como sumergidas bajo el agua. Sus manos no temblaban y sus ojos sabían con total exactitud qué pieza buscar. Aquel día era muy diferente.

            Escuchaba cada uno de los sonidos del mundo: los pasos calmados de los comerciantes, el entrechocar de las espadas envainadas de los espadachines que los acompañaban, las ofertas de los panaderos, incluso creía escuchar el crepitar de una olla en la casa del vecino. Lo peor, sin duda, eran sus manos, tan temblorosas y resbaladizas. Era incapaz de encontrar con la precisión habitual las piezas que necesitaba.

            —Vamos, Áyax, tómatelo como un encargo más —se dijo en voz alta mientras estiraba los brazos.

            Cogió aire con fuerzas, quizás con demasiada. La realidad es que en ese trabajo estaban puestas todas sus ilusiones, sus esperanzas en el futuro y, por qué no admitirlo, todos sus ahorros. Había trabajado noches enteras por encima de sus posibilidades solo por conseguir algunos de esos ingredientes, e incluso se había adentrado en lugares más que sospechosos y hablado con personas todavía más sospechosas para conseguir uno de ellos.

            —Eres un excelente artesano rúnico —dijo a su reflejo, que lo miraba desde uno de los espejos del taller—. Has estudiado años. Tu maestro ya te lo dijo, que llegarías a hacer buenos objetos.

            Volvió a la carga, con más decisión y el pulso más firme. Para fabricar aquel objeto rúnico utilizaría de material base una mezcla de gruesos hilos de cobre, bronce y oro. Los trenzó con sus tenacillas, retorciendo el metal al tiempo que ponía especial ahínco en que cada vuelta midiese lo mismo que la anterior. Luego, con un martillo tan pequeño como su pulgar, aplanó un poco más una planchita de oro más pequeña incluso que la uña de su meñique. La colocó sobre la base de hilos retorcidos y un punto de calor fue suficiente para adherirla. Áyax, en ese punto, se dio cuenta de que casi se le estaba olvidando respirar, con tanta tensión.

            Extrajo una bolsa aterciopelada de uno de los cajones de su escritorio, donde guardaba los dos catalizadores necesarios para la runa que traía entre manos. Uno de ellos había sido fácil de encontrar, de hecho, tenía incluso de sobra en su taller, pero el otro…  estaba seguro de que ni siquiera su maestro había conseguido tales materiales.

            Eran sendos frascos, pequeños como los deditos de un bebé. Uno contenía sangre de pezsol. Aquel pescado abundaba en lugares como Kyokuto, así que solo había tenido que encargarlo y esperar, nada más.. Sus ojos se posaron en el segundo frasco y el líquido oscuro que contenía. La sangre de kotoru había sido otro cantar. Había resultado mucho más caro que todos los ingredientes juntos y mucho más peligroso de conseguir. Tuvo que pagar una fortuna extra por la peligrosidad del encargo. Los kotoru eran enormes bestias escamosas de fuego, que las enanas de Tysandra consideraban sagradas. No quería ni imaginarse cómo había sido conseguir esa sangre. Aquellos dos frascos permitirían que la runa funcionase con las órdenes adecuadas. Se moría de ganas por probarla, así que comenzó a escribir con pequeños trazos apretados y finos las runas en sí.

            Cuando dejó a un lado el afilado estilete tuvo que obligarse a cerrar los ojos un momento. Tenía la vista desenfocada por el esfuerzo.

            —Los generadores… —rebuscó en otra bolsa de terciopelo negro hasta que palpó dos piedras, frías— ¡Aquí están!

            Un ópalo y un granate, dos joyas que harían de generadores para la runa. Si fuera mago, aquel paso se lo podría haber ahorrado con su magia, pero él era un humano común y corriente, deseoso de acabar el trabajo. Cada vez que lo pensaba, su corazón latía un poco más fuerte, emocionado.

            Engarzó dos trocitos tallados de cada material en torno a la placa central sirviéndose de incluso una lupa de aumento que había comprado hacía unos años a un grupo de enanos de Míthrondar. La mejor inversión que había podido hacer para su taller.

            Orgulloso, alzó el anillo, que colocó a contraluz de la ventana. Tenía que admitir que era precioso, pero esperaba que además funcionase.

            —Calor —dio la orden en voz alta.

            Entre sus dedos, el metal del anillo se volvió cálido y una fuerte sensación mágica ascendió desde su palma hasta su pecho, como el abrazo de un amor anhelado. Sonrió, satisfecho.

            —¡Luz! —ordenó.

            El anillo se iluminó desde los ópalos, con un tono irisado y amarillento precioso. Iluminaba a su alrededor, espantando las sombras.

            —A Lila le va a encantar… —murmuró con una sonrisa tonta en los labios.

            Solo esperaba que, al padre de su amada Lila, el señor Salina, también le pareciese un objeto digno para pedir la mano de su hija.

     

 


jueves, 2 de noviembre de 2023

Dia 2 Pirata

 


DÍA 2 – PIRATA

      —…entonces Valya, nuestra capitana vyorling, alzó su espada y miró con sus ojos de hielo al traidor de Zhetar. Estaba dispuesta a todo, incluso a acabar con la vida del que fue su amor. «¡Deja a mi tripulación libre y tendrás lo que deseas!» dijo.

      La propia Valya ocultó su gesto detrás de una generosa jarra de cerveza. Quien narraba era Korr, un bárbaro del Caos de su propia tripulación, tan aficionado a su hacha como las historias y al kartaj, un instrumento de cuerda que siempre llevaba consigo. Korr solía repetir que, algún día, cuando hiciera suficiente fortuna, dejaría los mares para ir a estudiar a las escuelas de música de las colinas Elghyn. A Valya siempre se le escapaba una carcajada al imaginarse a aquel hombretón tocando el sylph, una flautilla de madera de verdad pequeña.

      Valya dejó de escuchar en parte el relato de Korr, centrada en otros menesteres. Si todo iba bien, aquel día recuperarían la Perla Esmeralda, su propio barco. No se esforzó en corregir a Korr en el relato en voz alta, pero sí se vio en la obligación de recordárselo a sí misma: Zhetar no era su amor, ni mucho menos. Quizás sí que era cierto que el apuesto koltarés de vez en cuando calentaba su cama, pero era un traidor. A punto habían estado de perder algo más que el barco por culpa de Zhetar. En ese momento, el público dejó escapar un sonido de sorpresa cuando Korr contaba el combate entre Zhetar y Valya.

      La capitana salió a la noche, dejando atrás los aplausos del público. Korr llegaría lejos como contador de historias, pero ella estaba acabada como capitana si aquella noche todo volvía a torcerse. Se colocó la coleta en la que solía recoger su abundante melena pelirroja y se dirigió hacia las sombras del callejón. Allí, en las Islas del Verano, el tiempo parecía detenido en la estación estival y las noches siempre eran cálidas y, lo más importante, despejadas. Procuró que sus pasos apenas se escucharan en el silencio. Quizás habría sido mejor llevar a cabo ese plan a plena luz del día, cuando el puerto y todas las calles aledañas eran un hervidero de actividad y las voces de koltareses se mezclaban con las risas y gritos de los mercenarios de Kúrnik, de los mercaderes llegados de Kyokuto o la Liga de Hexia, por no hablar de los escandalosos ogros o los imponentes menaikos, aquellos humanoides de más de dos metros con grandes cuernos y pezuñas.

      Un reflejo al final del callejón la hizo detenerse. Tiró mano de su arma. Era la señal. Kiros la esperaba escondido. Ella, Korr el bárbaro y Kiros el kyokutés era todo lo que quedaba de una tripulación que había huido como las ratas en cuanto pudieron. Ya se veía el muelle y allí estaba su preciada hija de madera y velas, mecida en la suavidad nocturna del océano: la Perla Esmeralda. La vyorling arrugó el gesto al comprobar que hacía tiempo que Zhetar, o quien fuese, no mantenía el bonito color del casco del barco que ella se esforzaba tanto en mantener. Cuando cruzó la noche a la carrera, le hervía la sangre. A su lado, Kiros surgió de algún lugar oscuro, como buen mago de las sombras que era. Cruzó una mirada con ella y fue suficiente para lanzarse. Confiaba en Kiros como si fuera su propio hermano, así que ambos ascendieron por la rampa de la Perla Esmeralda al unísono y en silencio.

      Casi toda la tripulación o estaba en las tabernas del puerto o estaba dormida, y los únicos que hacían guardia pronto se vieron sumidos en la confusión cuando Kiros dirigió hacia ellos sus ilusiones. Valya apretó los dientes al reconocer a algunos antiguos miembros de su propia tripulación, pero pasó de largo. Recorrió aquel barco que se conocía como la palma de la mano y abrió de una patada la puerta del camarote principal, su camarote para ser exacto. Zhetar lo había convertido en sus aposentos y ahora olía a cerdo y a sudor. Estaba desierto.

      Salió con precaución, con su espada en la mano. Tuvo el tiempo justo de detectar algún movimiento por el rabillo del ojo y esquivar a duras penas un tajo dirigido a su cuello, que terminó en una fina línea de sangre desde su labio hasta su oreja.

      —¡Casi! —se quejó Zhetar mientras retrocedía—. Bueno, diría que siempre es atractivo y misterioso una cicatriz en la cara, pero es que no creo que sigas vivas al final de la noche, así que no te va a dar tiempo a lucirla.

      —¡Este es mi barco, ladrón, traidor! —rugió Valya mientras lanzaba una estocada.

      Zhetar la desvió con su famosa buena técnica. Por eso lo había reclutado en un principio, se lamentó Valya. Y por sus otras habilidades en la cama, la verdad.

      —Lo entregaste a cambio de la vida de esos dos inútiles, el mago y el bárbaro —sonrió Zhetar—. ¿Qué tal os va como ladronzuelos, por cierto? He oído que incluso a veces te han pagado por un revolcón, ¿son muy caras, tus tarifas, Valya?

      —¡Cállate!

      Se abalanzó de nuevo, esta vez ya en cubierta. Zhetar esquivaba o se defendía de sus tajos, sin ni siquiera molestarse en contraatacar. Se reía de sus intentos y la vyorling sentía la furia crecer a niveles insospechados. A su derecha, Kiros mantenía a raya con la oscuridad y las ilusiones a la tripulación, pero sabía que, si dejaba de hacerlo, tendrían problemas ellos dos solos para defenderse. ¿Dónde estaba Korr?

      Ese pensamiento la despistó y Zhetar aprovechó para lanzar una estocada directa a su abdomen, que Valya solo logró desviar hacia abajo, al menos, pero la punta del arma de su enemigo se clavó en el muslo. La sangre comenzó a manar.

      —¡Por la Madre de Todas, voy a acabar contigo! —gritó, aun por encima del dolor.

      —A ver si es verdad, Valya. Nunca me has ganado —Zhetar le dedicó una de sus sonrisas encantadoras.

      La capitana se inclinó un poco, apoyada en su pierna buena, y se impulsó con ella para avanzar con un corte desde abajo. Había visto algo escapar de las sombras de Kiros. Solo esperaba no equivocarse con ese «algo». Zhetar se hizo a un lado mientras aprovechaba que Valya se había desequilibrado al lanzar su ataque. La espada del pirata descendía directa a su hombro o nuca y Valya se tensó, preparada para el dolor.

      El sonido de astillas rotas y cuerdas partidas, como una melodía atípica, detuvo el ataque de Zhetar. Korr levantó de nuevo su kartaj, ya maltrecho, y volvió a estamparlo contra la cabeza del traidor. Zhetar se derrumbó, inconsciente.

      —¡Has tardado mucho! —se quejó Valya, apartándose.

      —¡No encontraba mi hacha! —respondió Korr—. Ahora me debes un kartaj nuevo.

      Valya soltó una carcajada, en parte para aliviar la tensión. Con la punta de la bota tocó a Zhetar, que todavía respiraba, pero con una herida en la cabeza que comenzaba a cubrir toda su sien de sangre.

      —¿Qué hacemos con él, capitana? —preguntó el bárbaro.

      Valya le dedicó un solo instante más a Zhetar.

      —Lánzalo al mar. —miró hacia Kiros, que respiraba con cierta dificultad después de mantener a raya a la tripulación a base de ilusiones y sombras—. Descansa, Kiros. El resto —miró a la tripulación de Zhetar—: juradme lealtad o largo de mi barco.

      Se giró, dispuesta a recuperar su barco, sus aposentos y su antigua vida. Escuchó el sonido del agua y apretó los labios. Algo en su interior también se había lanzado al fondo del mar en aquel puerto de las Islas del Verano. Quizás Korr no exageraba tanto al hablar de Zhetar y ella, al fin y al cabo.


miércoles, 1 de noviembre de 2023

Rolvember2023 - Día 1: Oasis

Quizás te preguntes qué es eso del "Rolvemeber2023", pues bien, se trata de una iniciativa creativa propuesta por la revista Oasis, la revista anual dedicada a los juegos de rol de Pórtico (la Asociación española de fantasía, terror y ciencia ficción, y que podéis conocer aquí) . Y con el Rolvember nos invitan a ¡Crear! Nada más y nada menos, con una palabra (o conjunto de palabras) para inspirar algo rolero cada día: una semilla rolera, una aventura, personajes, monstruos, lugares... 

En mi caso, mi mente ha volado a Ashay, el mundo donde he crecido como jugadora de rol y el lugar no existente que más feliz me hace. Allí he sido tantas cosas  y he vivido tantas vidas que no podía menos que homenajear el mundo creado por Alejandro Torres que no fuera con una serie de relatos de tintes roleros, como la novela de fantasía épica de la que soy co-autora junto a Alejandro, "Las Piedras del Caos I: Ego" y "Las Piedras del Caos II: Corrupción". 

Solo espero que tengas preparadas tus botas, tu mochila de aventurero y las ganas de adentrarte en Ashay.

¡Aquí os dejo el relato del día 1: Oasis! 



1.      OASIS

La tormenta arreciaba sobre el niño bárbaro. Cubría sus pestañas de escarcha y sus pequeños pies comenzaban a congelarse sin remedio alguno. Yacía acurrucado bajo algunas pieles que había logrado arrebatar a los cadáveres esparcidos a su alrededor. Un rayo iluminó la noche unos instantes. El niño no tuvo tiempo de cerrar los ojos para no ver la escena: la nieve empapada en sangre, caballeros de Tílcem caídos y bárbaros masacrados. El trueno que acompañó al relámpago ahogó el grito del niño, quien intentó refugiarse todavía más debajo de aquellas pieles que olían a sudor, ganado y sangre.

      Sabía que entre los muertos estaba su familia, pero por más que buscara en su pequeño pecho, no encontraba pena o remordimiento alguno. Eran mala gente. Le trataban mal, le gritaban, le daban el peor pedazo de comida, con suerte. Sobre todo, su padre. Era un salvaje y no sentía nada por él, se repitió el niño una y otra vez. Se acurrucó todavía más mientras se preguntaba si aquello era lo que significaba «hacerse mayor». Quizás, como sus hermanos, sus sentimientos se habían muerto.

      Por encima de la lluvia, cada vez más fuerte, y de los truenos, escuchó demasiado cerca y quizás demasiado tarde, las pisadas de las botas que se acercaban. El corazón se desbocó, loco de miedo.

      —¡Señor! ¡Aquí!

      El chiquillo cerró los ojos. Pisadas, carreras, relinchos de caballo. Un sonido sordo, el de alguien que desmontaba y caminaba hacia su miserable escondite.

      —Es un niño, mi señor…

      —¿Un niño? ¿Está vivo? —preguntó una voz más grave.

      —No lo sé —respondió el primer hombre, con la duda flotando en sus palabras—. No me he acercado por si… por si resulta que es peligroso…quizás…

      —¿Un niño, peligroso? No sé cuántas barbaridades más voy a tener que aguantar hoy —bufó el segundo hombre.

      Se encogió cuando el viento y la lluvia golpearon por momentos su espalda. Hacía más frío todavía y se encogió un poco más, como si quisiera reducir tanto su tamaño hasta el punto de desaparecer de la vista de quienes lo observaban. Alguien descubrió su rostro oculto por las pieles y los restos de ceniza y el niño reunió todo el valor de sus ancestros para abrir los ojos.

      Una mirada azul como el cielo del medio día se encontró la suya. A pesar de la oscuridad de la creciente noche, pudo ver que se trataba de un hombre enjuto y alto como una montaña, con una barba más canosa que castaña. Tenía sangre seca encima de la ceja y en un lateral del labio.

      —Por la Luz… es idéntico a mi chico...

      El rostro del hombro palideció mientras hablaba y el niño percibió que ya no parecía ni tan alto ni tan fuerte. No le daba miedo. De hecho, parecía tan asustado o más que él.

      —Señor —un caballero recién llegado interrumpió, no sin cierto apuro—. No podemos quedarnos mucho más. Ya hemos retirado a los heridos y deberíamos volver antes de que la tormenta amaine y se haga noche cerrada.

      —Está bien, id montando —respondió el hombre sin ni siquiera mirarlo—. Enseguida os alcanzo.

      Estiró la mano hacia el niño, despacio y con cautela. No porque temiera que aquel pequeño bárbaro le hiciera algún daño, al contrario, parecía temer ser él quien provocase el miedo.

      —Ven conmigo, chico, tendrás una buena vida. —Susurró, apenas en un sonido audible por encima del viento—. Seremos felices, te lo prometo.

      El muchacho ya no tenía nada, ni nadie, ni siquiera sentimientos dentro de él. Solo frío y hambre, y ganas de dormir durante mucho, muchísimo tiempo.

      Estrechó la mano de aquel desconocido, quien se aferró a él con fuerza al momento para sacarlo de su refugio. Lo tomó en brazos y lo envolvió en su propia capa, cálida y abrigada. Olía a velas y a comida recién hecha. Montó y lo acomodó un poco más entre sus brazos, ante la atónita mirada de los caballeros que lo acompañaban.

      —Volvamos a casa.

      Nadie dijo nada. Se pusieron en marcha en silencio, cansados, doloridos y ateridos de frío. El trote comenzó a acunar al niño y de repente un sentimiento se abrió paso entre la nada: estaba seguro, podía dormir. Comenzó a llorar, no por miedo o tristeza; lloraba porque volvía a sentir algo dentro de él después de toda la muerte, el horror y la desesperación.

*

      —Asgoth… ¡Asgoth!

      La voz de su amigo Árvak le hizo reaccionar y asumió que debía dejar de estar perdido en sus recuerdos.

      —¿Estás bien? —Árvak insistió un poco más.

      Habían hecho un alto en el camino, a la sombra de unos árboles en una hondonada, al sur de Kúrnik. Allí les había llevado la búsqueda de una de las Piedras del Caos.

      —Sí, perdona, me acordaba de mi padre, nada más —respondió Asgoth mientras esbozaba una leve sonrisa.

      Árvak apoyó la mano en su hombro mientras se levantaba y le ofrecía la mano. Habían crecido juntos, en Tílcem, y se había convertido en un hermano para él, sin necesidad de compartir sangre. Asgoth se dio cuenta en ese momento de algo.

      Aquel era, y siempre sería, sin importar todo lo que el Caos quisiera arrebatarle, su oasis.