El
día que el ogro Krom se adentró demasiado en aquellas ruinas fue el principio
de su nueva vida. No supo cuántos años estuvo viajando por aquella tierra
extranjera, pero sí supo que allí aprendió el verdadero significado del honor
y, sobre todo, aprendió lo que significa ser samurái. Al atravesar el arco
torii en una de las ceremonias a las que asistía, Krom supo que había vuelto a
casa.
No obstante, ya no era Krom. Su
vida, y él mismo, habían cambiado lo suficiente como para necesitar ser esa
otra persona en la que se había convertido. De esta manera, Kombucha Shishito
comenzó a recorrer los caminos de Ashay, con su katana como única compañía y
como verdadero recuerdo de lo que había vivido. Su objetivo era encontrar a
seis ogros dispuestos a acompañarle. Los encontró y les enseñó el camino que él
mismo había recorrido.
Eran nómadas, apátridas y de vida
austera. Kombucha Shishito los guiaba en el arte del combate con katanas y en
el camino espiritual que suponía convertirse en samurái. No obstante, a pesar
de todo, Kombucha seguía necesitando algo. Sabía que tenía todavía una misión
que cumplir.
La encontró al este de Kyokuto, en
una pequeña aldea que lindaba con la provincia de Rélmor, en Kúrnik. Escucharon
los gritos asustados de varias mujeres humanas, las carreras y los llantos.
Kombucha se asomó con cierta precaución desde lo alto de una loma. Un grupo de
bandidos se alejaba de la aldea, cargados con cestos y sacos de la cosecha.
Miró a uno de sus compañeros, llamado Sushiroll.
—¿Crees que es la oportunidad que
estabas buscando? —preguntó el ogro samurái.
Kombucha confiaba en su
tranquilidad, salvo si se trataba de condimentos. Sushiroll había demostrado
ser un experto en las artes culinarias, pero era muy reservado para compartir
las recetas. La única vez que lo vio alterado fue cuando un enano intentó leer
su libro de cocina.
—Esa gente parece tener problemas
con los bandidos kurnikienses —observó Kombucha—. Necesitarán ayuda, nuestra
ayuda. ¡Katsudon! —miró al ogro que siempre estaba leyendo—. ¿Llevas el mapa de
esta zona?
Katsudon asintió y lo mostró con un
gesto.
—No parece que esa gente nos vaya a
poder pagar salvo con licor —se relamió Tofu Mifuego.
—Algún día centrarás la cabeza y
dejarás de pensar en alcohol y mujeres —reprochó el ogro más viejo de la
compañía, Miso Hibachi.
—También hay honor en disfrutar de
la vida —rio Tofu.
Miso resopló, poco conforme, pero
muy metido en su papel de samurái experimentado y anciano, aunque la realidad
fuese que ni era tan anciano ni había combatido nunca.
—Iré a hablar con el líder de la
aldea —sentenció Kombucha. Miró a los otros ogros—. Vendrán conmigo Inabento y
Kyu-Taco.
Nadie cuestionó la decisión de su
líder. Inabento era el más joven y el último en incorporarse al grupo. Era
tímido, un poco inseguro, pero a la vista de todos estaba que Kombucha había
visto algo en él, de manera que Inabento se había convertido en una especie de
pupilo. Tampoco les sorprendió que Kyu-Taco Wasabi fuera con ellos. Era el
mejor espadachín, con un manejo impecable de su arma. Era silencioso, fumaba
mucho y reía poco, pero todos confiaran su vida sin dudarlo a Kyu-Taco.
Los tres ogros atravesaron los
campos de cultivo entre miradas de asombro y temor. Hacía poco que habían
recibido un ataque de los bandidos, por lo que muchos sintieron que la
desgracia había caído sobre ellos si ahora, además, les atacaba un grupo de ogros
tan pintoresco como el que caminaba con parsimonia por las calles de tierra de
la aldea. El líder de los kyokuteses, un hombre mayor sobrepasado por la
situación, hizo de tripas corazón y recibió a Kombucha y sus dos acompañantes.
Les habló del acoso de los bandidos.
Llegaban y exigían pagos cada vez más altos, les saqueaban e incluso se habían
llevado a algunos vecinos como esclavos a Kúrnik. La situación era
insostenible, tenían hambre, miedo y estaban indefensos. Kombucha Shishito,
lejos de sentirse preocupado por la situación, no pudo evitar esbozar una
sonrisa en su rechoncho rostro.
—Nosotros os ayudaremos. Os protegeremos
y os enseñaremos a defenderos de esos malnacidos bandidos —dijo Kombucha.
El hombre le miró, sin entender.
Eran tres corpulentos ogros, enormes, enfundados en aquellos ropajes tan
extraños, pero solo tres, al fin y al cabo. Tragó saliva y se atrevió a
expresar sus dudas.
—Perdone, no quisiera… —el hombre
dudó una vez más. Carraspeó—. Son solo tres, y ellos son más de una veintena de
experimentados bandidos. Saben luchar.
Kombucha Shishito dejó escapar una
atronadora carcajada.
—Somos los Siete Samuráis, sabremos
qué hacer.

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