jueves, 16 de noviembre de 2023

Día 16 - Japón

 


El día que el ogro Krom se adentró demasiado en aquellas ruinas fue el principio de su nueva vida. No supo cuántos años estuvo viajando por aquella tierra extranjera, pero sí supo que allí aprendió el verdadero significado del honor y, sobre todo, aprendió lo que significa ser samurái. Al atravesar el arco torii en una de las ceremonias a las que asistía, Krom supo que había vuelto a casa.

            No obstante, ya no era Krom. Su vida, y él mismo, habían cambiado lo suficiente como para necesitar ser esa otra persona en la que se había convertido. De esta manera, Kombucha Shishito comenzó a recorrer los caminos de Ashay, con su katana como única compañía y como verdadero recuerdo de lo que había vivido. Su objetivo era encontrar a seis ogros dispuestos a acompañarle. Los encontró y les enseñó el camino que él mismo había recorrido.

            Eran nómadas, apátridas y de vida austera. Kombucha Shishito los guiaba en el arte del combate con katanas y en el camino espiritual que suponía convertirse en samurái. No obstante, a pesar de todo, Kombucha seguía necesitando algo. Sabía que tenía todavía una misión que cumplir.

            La encontró al este de Kyokuto, en una pequeña aldea que lindaba con la provincia de Rélmor, en Kúrnik. Escucharon los gritos asustados de varias mujeres humanas, las carreras y los llantos. Kombucha se asomó con cierta precaución desde lo alto de una loma. Un grupo de bandidos se alejaba de la aldea, cargados con cestos y sacos de la cosecha. Miró a uno de sus compañeros, llamado Sushiroll.

            —¿Crees que es la oportunidad que estabas buscando? —preguntó el ogro samurái.

            Kombucha confiaba en su tranquilidad, salvo si se trataba de condimentos. Sushiroll había demostrado ser un experto en las artes culinarias, pero era muy reservado para compartir las recetas. La única vez que lo vio alterado fue cuando un enano intentó leer su libro de cocina.

            —Esa gente parece tener problemas con los bandidos kurnikienses —observó Kombucha—. Necesitarán ayuda, nuestra ayuda. ¡Katsudon! —miró al ogro que siempre estaba leyendo—. ¿Llevas el mapa de esta zona?

            Katsudon asintió y lo mostró con un gesto.

            —No parece que esa gente nos vaya a poder pagar salvo con licor —se relamió Tofu Mifuego.

            —Algún día centrarás la cabeza y dejarás de pensar en alcohol y mujeres —reprochó el ogro más viejo de la compañía, Miso Hibachi.

            —También hay honor en disfrutar de la vida —rio Tofu.

            Miso resopló, poco conforme, pero muy metido en su papel de samurái experimentado y anciano, aunque la realidad fuese que ni era tan anciano ni había combatido nunca.

            —Iré a hablar con el líder de la aldea —sentenció Kombucha. Miró a los otros ogros—. Vendrán conmigo Inabento y Kyu-Taco.

            Nadie cuestionó la decisión de su líder. Inabento era el más joven y el último en incorporarse al grupo. Era tímido, un poco inseguro, pero a la vista de todos estaba que Kombucha había visto algo en él, de manera que Inabento se había convertido en una especie de pupilo. Tampoco les sorprendió que Kyu-Taco Wasabi fuera con ellos. Era el mejor espadachín, con un manejo impecable de su arma. Era silencioso, fumaba mucho y reía poco, pero todos confiaran su vida sin dudarlo a Kyu-Taco.

            Los tres ogros atravesaron los campos de cultivo entre miradas de asombro y temor. Hacía poco que habían recibido un ataque de los bandidos, por lo que muchos sintieron que la desgracia había caído sobre ellos si ahora, además, les atacaba un grupo de ogros tan pintoresco como el que caminaba con parsimonia por las calles de tierra de la aldea. El líder de los kyokuteses, un hombre mayor sobrepasado por la situación, hizo de tripas corazón y recibió a Kombucha y sus dos acompañantes.

            Les habló del acoso de los bandidos. Llegaban y exigían pagos cada vez más altos, les saqueaban e incluso se habían llevado a algunos vecinos como esclavos a Kúrnik. La situación era insostenible, tenían hambre, miedo y estaban indefensos. Kombucha Shishito, lejos de sentirse preocupado por la situación, no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rechoncho rostro.

            —Nosotros os ayudaremos. Os protegeremos y os enseñaremos a defenderos de esos malnacidos bandidos —dijo Kombucha.

            El hombre le miró, sin entender. Eran tres corpulentos ogros, enormes, enfundados en aquellos ropajes tan extraños, pero solo tres, al fin y al cabo. Tragó saliva y se atrevió a expresar sus dudas.

            —Perdone, no quisiera… —el hombre dudó una vez más. Carraspeó—. Son solo tres, y ellos son más de una veintena de experimentados bandidos. Saben luchar.

            Kombucha Shishito dejó escapar una atronadora carcajada.

            —Somos los Siete Samuráis, sabremos qué hacer.


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