Mycaela
Hynn está nerviosa, tanto, que no se ha dado cuenta, pero ha hecho trizas una
de las páginas de su libro de hechizos. Con estupor, comprueba que tiene un
montón de pedacitos de papel en su regazo, bajo la mesa del auditorio donde han
reunido a todos los nuevos. Mira alrededor, como si esperase que alguien la
acusase de repente con el dedo por haber roto toda una página de su libro, pero
la realidad es que el resto de los estudiantes ni la miran.
Ella es una maga más, una novata
asustada en su primer día de clase en Kyodaina-Hon, conocida en todo Ashay como
la gran ciudad de los magos.
Algo se remueve en su bolsa y Mycaela
vuelve a mirar a su alrededor, preocupada por esos dedos acusadores que nunca
llegan. Espera que se rían de ella y se metan con sus kilos de más, o con sus
ojos azules demasiado claros, o con Anna, el autómata que surge de la bolsa. Es
una pequeña figurita metálica, de apenas unos diez centímetros de altura, de
formas delicadas y ropa similar a la de una bailarina de la Liga de Hexia. Fue
un regalo de sus padres en el primer cumpleaños que recuerda, en su casa de
Breteri, lejos, en Kúrnik. Los echa mucho, mucho de menos. La tranquilidad de
su padre, su paciencia… y a su madre, que murió hace años. Ya se ha
acostumbrado a echarla de menos, así que no duele más que otros días.
Anna, como autómata, no puede hablar
ni tiene consciencia. Cumple órdenes básicas y flota, poco más. Sin embargo,
Myca sabe que fue un regalo muy caro. Sus padres eran artesanos rúnicos, pero
aun así tuvieron que pagar a un mago para darle esa capacidad especial de
cumplir órdenes y flotar.
Está tan absorta pensando que no se
da cuenta de que la clase inaugural va a comenzar. En el estrado del auditorio se
ha colocado el director de la Escuela de la Maestría, la academia donde la han
admitido, una de las cuatro que posee Kyodaina-Hon. Mira alrededor y observa al
resto de estudiantes. Algunos parecen hijos o hijas de reyes, por lo bien
vestidos que van y lo altaneros que se muestran. Otros parecen más asustados
incluso que ella. Por un momento, se siente mal porque ella, como maga erudita,
ni siquiera ha tenido que hacer las pruebas de ingreso más que mostrar su libro
de hechizos y hacer los gestos y palabras que acompañan a los hechizos que ha
aprendido a hacer sola, con ayuda de los libros que sus padres le han ido
regalando durante su vida. Incluso la han becado. Tiene todos los gastos
cubiertos: la residencia, las comidas, todos los útiles de escritura, incluso
la ropa. Solo tiene que estudiar, nada más. Parece el sueño de cualquier mago,
pero Mycaela está asustada.
¿Y si no llega a las expectativas?
¿Y si todo es demasiado? Hay algo en su interior que reacciona a ese miedo,
algo que a veces despierta, pero lo logra acallar cuando alguien se siente al
lado y le sonríe un poco. El chico tendrá su edad, con el pelo pelirrojo y unos
graciosos ojos verdosos.
—Estamos nerviosos, ¿eh? —él señala
el montoncito de papeles que Mycaela ha hecho a sus pies sin darse cuenta.
Las manos del chico tiemblan de
forma obvia y la maga le devuelve la sonrisa mientras le tiende una mano.
—Mycaela Hynn, encantada —se
presenta.
—Ignar Drener —su mano está cálida,
un poco sudorosa—. ¿Eres la maga erudita, Mycaela?
—Puedes llamarme Myca —aclara ella,
algo incómoda por cómo se ha corrido la voz—. Sí, soy maga erudita. ¿y tú?
—Uso magia de lava —Ignar se encoge
de hombros, pero Myca no puede evitar lanzarle una mirada entusiasmada y de
curiosidad ante esa magia—. Pero bueno, no sé si has visto que en el primer
curso hay casi más clases de asuntos no mágicos que magia en sí.
Myca abre su libro de hechizos,
donde ha guardado el papel en el que anotó las materias.
—Geografía, historia, matemáticas y
oratoria, no está mal. Son interesantes —sonríe ella.
Ignar se cruza de brazos con un
resoplido. Parece que va a decir algo cuando el director de la Escuela de la
Maestría se adelanta al ver que ya han llegado todos los alumnos de primer
curso. Un educado aplauso recorre la bancada del auditorio cuando el mago da un
paso al frente. Myca lo conoció en su
examen de acceso, donde estaban los cuatro archimagos del Concilio de Magos, el
órgano de gobierno de la ciudad. Cree que usa magia de muerte, pero no está
segura.
El discurso comienza con una
bienvenida, presentaciones y el honor que supone pertenecer a la Escuela de la
Maestría. A su lado, Ignar finge un bostezo que hace reír a Myca. Anna
revolotea sobre su hombro y pronto pasa a ser una fuente de distracción para
los dos magos.
Ajenos al discurso, más entretenidos
en Anna y sus piruetas sobre el papel, la oscuridad les pilla tan de súbito
como al resto. De repente es como si la noche cerrada se hubiera tragado al
auditorio entero. Myca está tan nerviosa que no se le ocurre hacer su esfera de
luz. Las paredes se iluminan con una luz extraña y morada al tiempo que
comienzan a oírse gritos desgarradores. Unas lenguas de fuego negro y violeta
delimitan el auditorio y Myca apenas tiene tiempo de pensar antes de que la
gente comience a correr cuando los primeros proyectiles mágicos cruzan la sala.
Intenta levantarse y huir también,
pero es torpe y sus piernas se enredan con la bancada. Termina por refugiarse
bajo la mesa, asustada y aferrada a su libro de hechizos. Tira de la pierna de
Ignar, que entiende y se refugia a su lado. Está blanco, como ella, mientras
alrededor se escuchan gritos y, por encima de todo, el sonido más desagradable
que Myca ha escuchado nunca. Ni siquiera sabe qué lo produce, pero le evoca a
cuando, sin querer, ha pisado un caracol después de la lluvia, quebrando su
concha y su babosa sin pretenderlo.
Las llamas negras cobran intensidad.
Desde su refugio, Myca ve que los estudiantes se agolpan en las salidas,
cerradas por una barrera mágica que ninguno logra salvar. Alguien grita que el
director está muerto, que lo han matado. Myca tira mano de Anna, pero no la
encuentra en su bolsa ni cerca.
—¡Anna! —la llama, desesperada.
Sale de su escondite, pero al
momento Ignar tira de su capa.
—¿Estás loca? —le increpa— ¡Es solo
un juguete!
Myca no le hace caso. Debe
encontrarla. Es el único pedacito que recuerda de su madre, así que no está
dispuesta a perderla.
Percibe el revoloteo de Anna entre
dos sillas y se abalanza hacia ella, tomando la muñeca entre sus manos como si
fuera lo más delicado del mundo. Siente algo detrás de ella, un hechizo, y por
puro instinto se aparta. Un encapuchado parece observarla, con el rostro
indistinguible en la oscuridad de su capucha. La figura blande una espada cuya
hoja ya no es reconocible de tanta sangre y pedazos de hueso y carne que
acumula. Myca entiende entonces el sonido de antes cuando ve las cabezas
cercenadas a su alrededor.
Algo en ella, algo muy profundo,
despierta. Algo que solo surge en sus pesadillas, en sus miedos, que vive
agazapado en el quicio que queda entre el pánico y el terror. Comienza a trazar un hechizo para salir de
allí, un salto espacial que la aleje del desconocido. Ignar se abalanza desde
detrás hacia el encapuchado con sendos proyectiles de lava ardiente, que no
llegan a tocar la piel del atacante. El hombre, o lo que sea, se gira mientras
alza su espada en un corte ascendente que separa de un tajo limpio la cabeza de
Ignar del resto del cuerpo. En ese momento, Myca termina su hechizo y aparece
una veintena de metro más atrás, pegada a la barrera mágica que aísla el
auditorio.
A su alrededor todo es fuego verde,
hechizos, sangre, rostros en cabezas cortadas y de nuevo ese algo ruge
dentro de ella. No sabe cómo, pero eso le guía. Apoya la mano en la
barrera mágica y dibuja de nuevo un hechizo que surge de alguna parte de su
mente mientras su lengua sabe qué palabras utilizar para moldearlo.
Sale de allí, atraviesa la barrera mágica,
y mientras su miedo se apaga, también lo hace el mundo a su alrededor.

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