Los pies de Fara estaban descalzos y resbalaban un poco a cada paso. A su alrededor, el olor a salitre impregnaba cada hebra de su pelo negro como el carbón y el sol arrancaba destellos en sus ojos aguamarina. A pesar del evidente calor, el contraste entre el agua salada y su piel seca le provocó un inesperado escalofrío, un poco, quizás también por la emoción.
Saltó entre rocas salpicadas de pequeños moluscos y húmedas por las olas que, implacables, golpeaban una y otra vez la costa. En uno de esos saltos resbaló y a punto estuvo de caer al agua, pero a una orden mental suya el agua se elevó y la sostuvo. Con una sonrisa de suficiencia, Fara siguió saltando entre las rocas y las pozas marinas. Llevaba toda su vida dedicada al estudio de la magia de agua, como una de las privilegiadas estudiantes de la escuela de magos de Akartea, al norte de las costas de Xal-Tara. Era una pequeña isla aislada de casi todo, pero era su hogar. Se detuvo en seco al ver un cangrejo de enorme tamaño. Se aferró a la roca todo lo que pudo con los dedos de sus pies e inclinó la cabeza. Los cangrejos eran sagrados, seres designados por su dios, Amir´Illah, como guardianes de aquella nación. Contuvo el aliento y esperó a que el viejo cangrejo siguiera su camino. Posiblemente se encaminase hacia el templo, a la espera del sacrificio del final de la tarde. Aquel día, un esclavo enfermo iba a morir, honrando al dios. Fara no le dedicó ni un instante más a aquel pensamiento y siguió saltando.
Trepó, se ayudó del agua para impulsarse y, finalmente, fijó la mirada en su destino: una pequeña cueva marina. A esas alturas del día el agua la había inundado casi en su totalidad, así que Fara se concentró y saltó. Su cuerpo ya no era como siempre. Ahora tomaba la forma de agua: liviana, fluida, libre. Hasta que unos dedos cálidos y suaves la tocaron. Fara se giró, sorprendida, para descubrir aquellos dos ojos ambarinos que tanto llevaba sin ver. Tornó a su forma humana y abrazó a la dueña de aquellos ojos que tanto le fascinaban. Las burbujas escaparon de su boca y se arremolinaron en torno a su pelo. Sus dedos se entrelazaron con los de ella y se dejó llevar a la superficie, dentro de la cueva.
―¡Karkáh! No esperaba que me reconocieras en esa forma ―sonrió Fara, sin soltar ni por un instante sus manos.
Karkáh amplió su sonrisa y sus ojos se iluminaron al ver a Fara feliz. La maga salió del agua y se sentó en las piedras de la caverna, y Karkáh permaneció a su lado. Ella era una sirena, seres anfibios capaces de respirar fuera del agua, pero no de caminar. Su lugar era el mar y la libertad de la espuma. Karkáh alzó una mano, con la que acarició la mejilla de la persona a la que más amaba en el mundo.
―Te reconocería, aunque fueras solo una gota de agua en el océano, Fara. Una y mil veces.
Ambas se acercaron al momento, disfrutando de un beso que vivía en sus labios incluso antes de encontrarse. Aquel amor estaba prohibido, pero eso poco les importaba en aquel momento.

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