Un tiempo después de ese día, si se le
preguntaba a cualquiera de los tres pícaros, contarían que aquel fue un robo
premeditado, estudiado y ejecutado a la perfección. La realidad es que nunca he
visto a nadie recoger monedas al vuelo mientras corre con tanta habilidad como
a Tristán.
Comenzaremos por el principio. Aquella era
una mañana soleada de invierno en la ciudad de Yulara. Uno esperaría que ante
el golpe que se avecinaba, los ladrones esperasen al amparo de la noche y la
oscuridad, pero como digo, aquel no fue un golpe demasiado planeado. Así que
ahí están, nuestros tres protagonistas: Tristán, el semi elfo de lengua larga y
manos aún más largas; Cordelia, segunda al mando de un barco «mercante», con
amor por el mar, pero más amor todavía por lo ajeno; y Kyo, un huérfano que ha
crecido entre ladrones y ahora va a poner en práctica todo lo aprendido. En
esta escena también necesitamos a una cuarta persona, el bárbaro del Caos
Halvurf Colmillopartido, un hombre de pocas palabras y aún menos luces, aunque
las pocas que tuvo las supo emplear de maravilla aquel día.
Un chivatazo les hizo ponerse en marcha.
La delegación de Beria, la nación de prestamistas, banqueros y gente muy
adinerada en general iba a quedar con menos vigilancia de la habitual. No
supervisaron la zona, ni establecieron una vigilancia, no. Se lanzaron tras
haber intercambiado una mirada y decidido el golpe de la siguiente manera:
—¿Lo hacemos? —sonrió Tristán.
—Lo hacemos —afirmaron Cordelia y Kyo al
unísono.
Tuvieron la decencia de admitir que necesitaban
una distracción, al menos, así que sus tres miradas de pícaros algo avariciosos
se posaron en la alta figura de Halvurf. Un momento después, Halvurf se
acercaba a la puerta de la delegación de Beria. Se trataba de un edificio
imponente, con un muro alto rodeando la construcción y las banderas de Beria
ondeando, orgullosas, en lo alto de lo que parecía ser la planta principal. Ante
la pesada puerta de madera, un par de guardias asistía al ajetreo de aquella
mañana con evidente hastío. Sus compañeros estaban en quehaceres más
entretenidos, como asistir a una boda, mientras ellos aguantaban estoicos el sol
en la cara y el aburrimiento. Por eso, cuando Halvurf se acercó con paso seguro
y una sonrisa un tanto forzada en su rostro ambos se removieron, como
despertándose un poco del letargo en el que se habían sumido.
—Perdonen, caballeros —saludó el bárbaro
con toda la delicadeza que era capaz de usar—. Estoy interesado en buscar
trabajo, y dado mi principal ocupación, que es pelear, me preguntaba si
tendrían un puesto vacante entre sus filas como guardias de Beria.
En este punto, permitidme que pare de
escribir para reírme. Por favor, que nadie se imagine realmente a Halvurf así:
él jamás diría una frase de más de cinco palabras, pero esta es una narración
(al menos esta parte) de oídas, así que me veo en la obligación de imaginar que
comparto aventuras con alguien más avezado que un bárbaro incapaz de hilar una
frase con otra.
Retomemos la historia. En este punto, los
guardias de Beria observan a Halvurf, a quien tienen que mirar hacia arriba, un
tanto sorprendidos. Tras los setos que adornan algunos palacetes y casas de comerciantes
cercanas al puerto, Kyo, Cordelia y Tristán esperan su oportunidad.
—Las pruebas fueron hace poco —responde uno
de los guardias, quizás un poco de mala gana—. Puedes probar suerte el próximo
año.
—Por supuesto —responde Halvurf, seguro de
sí mismo—, pero a usted, ¿le viene de vocación? ¿Hace falta algún ancestro
dentro de los guardias de Beria o puedo presentarme?
A estas alturas, los guardias de Beria
consideran que se trata de una cuestión de honor y se ven en la obligación de
responder a aquella pregunta con algo de indignación. No se trata de influencia
familiar, se han ganado tal puesto con sus propios méritos. Kyo ve la
oportunidad y, con los dos guardias dándole la espalda, fuerza la puerta de
entrada. Con un gesto apenas imperceptible, Cordelia y Tristán entienden y
pasan tras él.
Dentro todo está en calma. Normalmente, la
delegación de Beria es un ir y venir de gente, un ajetreo constante, pero esa
mañana está más tranquilo y casi no hay guardias o trabajadores, con todo el
mundo asistiendo a una de las bodas más esperadas y, todo sea dicho de paso,
comentadas de los últimos años en la ciudad. Se deslizan por los pasillos,
cautos al principio, más descuidados conforme descubren que no hay apenas
vigilancia.
Imaginan que el tesoro está abajo, así que
comienzan a descender.
—¿Cómo vamos a entrar en la cámara del tesoro?
—susurra Cordelia, con algo de sensatez.—Dicen que tiene protecciones rúnicas y
magia a la altura de un archimago de Kyodaina-Hon…
Tristán se gira, algo escandalizado.
—¿Quién ha dicho que vayamos a entrar en
la cámara del tesoro? —y su sonrisa se ensancha cuando sus ojos expertos ven el
brillo dorado de unas coronas en una de las salas—. Ahí están.
Al acercarse, Kyo los retiene con un gesto
repentino y los tres contienen el aliento. Hay dos guardias a la entrada de esa
sala y parecen dormidos. Si alguno de ellos se hubiera detenido a escuchar con
atención su respiración acompasada, quizás se habría dado cuenta que no es ni
tan profunda ni tan acompasada como debería, pero el caso es que se mantienen
inmóviles, como sumidos en un sueño un tanto extraño, si es que están dormidos.
Ninguno de los pícaros se plantea otra opción más que su buena suerte.
—Yo los vigilo, pasad vosotros —susurra
Kyo.
Cordelia y Tristán asienten. El huérfano
se queda oculto tras la esquina, vigilante. Los otros dos pasan, ahora sí con
algo de decente silencio, a la sala donde han visto las monedas. A juzgar por
los tabardos, las armas y los restos de comida y bebida de la mesa, debe ser el
lugar donde descansan.
Ahí, en el centro de la mesa, se encuentra
una caja repleta de coronas. Incluso hay algunas desparramadas por la mesa, que
Cordelia se apresura a guardar en sus bolsillos. Tristán se hace con la caja,
que casi no puede ni cerrar, dado el volumen de oro que contiene. Saquean todo
aquello que se considere de valor, e incluso Cordelia da un trago a la botella
de vino de Poxis que había abierta, triunfal. Luego, salen de allí.
Kyo los sigue con la mirada y se pregunta
cómo es posible que los guardias no se despierten con el ostentoso tintinear de
monedas en los bolsillos y la caja de Cordelia y Tristán. Cuando ve que han
salido al pasillo, Kyo se les une.
Fuera, Halvurf continúa con sus tediosas
preguntas acerca del procedimiento para formar parte de la guardia de Beria.
Los guardias no se han movido, siguen de espaldas a la puerta. Dentro,
Cordelia, Kyo y Tristán ya vislumbran la salida. Aprietan el paso de forma
inconsciente, con el corazón apretando contra el pecho de cada uno de los tres.
Su impaciencia, y algo de imprudencia, les hace echar a correr en cuanto pasan
por detrás de los guardias, de forma totalmente innecesaria.
Corren como nunca lo han hecho, cargados
de monedas y oro. Corren como si les persiguiera toda una orden de caballería
enfurecida, pero la realidad es que terminan corriendo entre los asistentes a
la dichosa boda, que salen en ese momento a la calle. Ahí es cuando los encuentro
yo, justo instantes después de cruzar una mirada con Mochimaru, nuestro
compañero mago. Me mira con cierta sonrisilla y un gesto de orgullo y enseguida
entiendo por qué cuando su mirada se desvía hacia las tres figuras que corren.
—¡Que las sombras me lleven! —exclamo,
intentando apartarme para que Cordelia no me atropelle en su huida—. ¿Qué ha…?
Pero las palabras se ahogan en mis labios
en cuanto veo las monedas volar a su paso. No sé cómo, no me preguntéis qué
tipo de habilidad es esa, pero Tristán logra recogerlas al vuelo antes de que toquen
tierra, o antes de que cualquiera de los invitados a la boda decida
apropiársela. Halvurf se despide amablemente de los guardias de Beria y regresa
a continuar su charla con Mochimaru.
Atónita, me resigno a otra temporada donde
quizás no podemos volver a pisar este puerto. Veo a Cordelia, Kyo y Tristán
desaparecer entre las calles de Yulara y no puedo evitar sonreír, divertida y,
por qué no, un poco orgullosa de ellos tres.
Tendré que poner esta historia por escrito, pienso mientras regreso junto al resto.
Merle Vuelocuervo,
Dedicado a los tres
intrépidos pícaros de Cormyr: Tristán (Jose), Cordelia (Sandra) y Kyo (Álex),
Y a Dracs i Espases por
hacer realidad esta aventura que aquí se narra.

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