Hebet miraba con cierta admiración y
orgullo el carromato que habían dejado en las puertas de las catacumbas.
Todavía no había asomado el sol, así que era pronto para ir a recoger los
cadáveres, por lo que Hebet se permitió disfrutar un poco más de sus momentos
de tranquilidad antes de comenzar el día.
Como nigromante, Hebet no podía quejarse
de la buena vida que tenía. Se inclinó junto a los otros sacerdotes de Narzek
ante la representación de su dios: un humano cuya cabeza solo era la calavera,
ataviado con una pesada mortaja raída, con un par de alas horrendas
desplegadas, similares a las de un murciélago. En sus brazos portaba a una niña
de aspecto inocente y cándido. Las dos caras de la muerte: el primero, la
muerte horrible e inesperada; la pequeña, la muerte piadosa, aquella dulce y
natural después de una vida próspera, la de los infantes también.
A su alrededor, Hebet se unió a los
cánticos de la ceremonia. Se inclinaron hacia Narzek y estiró ambos brazos, con
las palmas hacia arriba.
«Cuando muera, será en tu seno»,
recitó Hebet.
Una copa pasó de mano en mano y de
sorbo en sorbo en sorbo hasta llegar a ella. Hebet, como cada día desde que
naciera, bebió de la Sangre de Narzek, que preparaba sus cuerpos para cuando
muriesen. Los embalsamaba en vida, poco a poco, y permitía a nigromantes como
ella conservar de manera pulcra y ordenada los cadáveres en las catacumbas bajo
la ciudad. Formaba parte del pacto con su dios Narzek. Él los protegía y ellos
ofrecían sus cuerpos para la no vida posterior.
Terminada la ceremonia, Anzeris se
le acercó, su amigo de toda la vida. Habían crecido juntos y, juntos también,
habían compartido su formación como nigromantes en el templo. Él era mucho más
habilidoso que ella, pero también más inseguro, así que al final, Hebet sentía
que estaban a la par. Percibió algo en su mirada, pero no supo bien identificar
el qué.
—Hebet, ¿te diriges a preparar las
momias? —preguntó mientras caminaba junto a ella.
Recorrían un largo pasillo abovedado,
oscuro y frío, iluminado tenuemente por algunas antorchas del todo
insuficientes.
—No, hoy me encargo de recibir los
nuevos cuerpos y prepararlos para su reanimación —respondió Hebet, sin darle
más importancia—. Si no me equivoco, se necesitan remeros para los barcos y se
van a enviar medio centenar.
—Sí, eso he oído…
Anzeris desvió un momento la mirada,
dudoso. Hebet arrugó el gesto, algo extrañada. Su amigo siempre dudaba de todo,
pero hoy parecía rondar algo sin atreverse.
Hebet se detuvo cerca de la entrada
de las catacumbas. Fuera, tras la reja, se escuchaba el sonido de una ciudad
atestada de ciudadanos, llena de vida. Comerciaban, aprendían, servían, cada
uno su función según su sino. Cerca de ellos, el carro que la esperaba, con
cerca de una veintena de cuerpos envueltos en mortajas.
—Anzeris, ¿ha pasado algo?
Por un momento, Hebet temió haber
metido la pata. Miró a su amigo y luego al carro. Procuró serenarse. Quizás
había muerto alguien muy cercano y estaba en ese carromato, lo cual tampoco era
una mala noticia. Más allá de sus tierras, la gente pensaba que la muerte era
el final, pero para ellos solo era como la noche al día, como la luna al sol.
Una cuestión de equilibrio, nada más. Los muertos de los Servidores de Narzek seguían
sirviendo aún después de la muerte, no había nada malo.
Al ver que Anzeris no decía nada, ni
tampoco se iba a sus labores habituales, Hebet perdió la paciencia y se dispuso
a descargar el primero de los cuerpos, una mujer joven. Anzeris la detuvo, agarrándola
del codo.
—¡Espera! —el chico tragó saliva—.
Antes de que te pongas a ello, hay algo que quiero decirte.
—Hoy estás muy raro —protestó Hebet—.
Sea lo que sea, dilo ya porque si no me voy a retrasar en preparar los cuerpos…
—Me gustas —le interrumpió Anzeris.
Hebet guardó silencio, sorprendida.
Dejó el cuerpo que ya había comenzado a cargar para ponerlo en uno de los
nichos. Suspiró, pero se le escapó una sonrisa involuntaria.
—Ya lo sabía.
—¿Ya lo sabías? —Anzeris le miró,
blanco como el tipo que yacía muerto en el carro a su derecha.
Hebet se acercó un poco a él y, en
un gesto que habían hecho un centenar o miles de veces, le cogió de la mano y
entrelazó sus dedos antes de volver a soltarle.
—Si quieres, podemos cenar juntos
está noche, en mi casa —propuso ella—. ¿vale?
El rostro de Anzeris se iluminó un
poco y asintió, antes de que Hebet le hiciera un gesto. Había que trabajar. Él
sonrió algo torpe y soltó su mano. Hebet se giró, dispuesta a descargar de una
vez los cuerpos mientras pensaba en qué eran todas aquellas mariposas en el
estómago, cuando oyó en el pasillo el estrépito de huesos cayendo. Sin poder
evitarlo se le escapó una carcajada, porque tenía la certeza de que Anzeris, torpe
como él solo, había tropezado con alguno de los esqueletos del templo.

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