sábado, 11 de noviembre de 2023

Dia 11 - Pacto

 


            Hebet miraba con cierta admiración y orgullo el carromato que habían dejado en las puertas de las catacumbas. Todavía no había asomado el sol, así que era pronto para ir a recoger los cadáveres, por lo que Hebet se permitió disfrutar un poco más de sus momentos de tranquilidad antes de comenzar el día.

            Como nigromante, Hebet no podía quejarse de la buena vida que tenía. Se inclinó junto a los otros sacerdotes de Narzek ante la representación de su dios: un humano cuya cabeza solo era la calavera, ataviado con una pesada mortaja raída, con un par de alas horrendas desplegadas, similares a las de un murciélago. En sus brazos portaba a una niña de aspecto inocente y cándido. Las dos caras de la muerte: el primero, la muerte horrible e inesperada; la pequeña, la muerte piadosa, aquella dulce y natural después de una vida próspera, la de los infantes también.

            A su alrededor, Hebet se unió a los cánticos de la ceremonia. Se inclinaron hacia Narzek y estiró ambos brazos, con las palmas hacia arriba.

            «Cuando muera, será en tu seno», recitó Hebet.

            Una copa pasó de mano en mano y de sorbo en sorbo en sorbo hasta llegar a ella. Hebet, como cada día desde que naciera, bebió de la Sangre de Narzek, que preparaba sus cuerpos para cuando muriesen. Los embalsamaba en vida, poco a poco, y permitía a nigromantes como ella conservar de manera pulcra y ordenada los cadáveres en las catacumbas bajo la ciudad. Formaba parte del pacto con su dios Narzek. Él los protegía y ellos ofrecían sus cuerpos para la no vida posterior.

            Terminada la ceremonia, Anzeris se le acercó, su amigo de toda la vida. Habían crecido juntos y, juntos también, habían compartido su formación como nigromantes en el templo. Él era mucho más habilidoso que ella, pero también más inseguro, así que al final, Hebet sentía que estaban a la par. Percibió algo en su mirada, pero no supo bien identificar el qué.

            —Hebet, ¿te diriges a preparar las momias? —preguntó mientras caminaba junto a ella.

            Recorrían un largo pasillo abovedado, oscuro y frío, iluminado tenuemente por algunas antorchas del todo insuficientes.

            —No, hoy me encargo de recibir los nuevos cuerpos y prepararlos para su reanimación —respondió Hebet, sin darle más importancia—. Si no me equivoco, se necesitan remeros para los barcos y se van a enviar medio centenar.

            —Sí, eso he oído…

            Anzeris desvió un momento la mirada, dudoso. Hebet arrugó el gesto, algo extrañada. Su amigo siempre dudaba de todo, pero hoy parecía rondar algo sin atreverse.

            Hebet se detuvo cerca de la entrada de las catacumbas. Fuera, tras la reja, se escuchaba el sonido de una ciudad atestada de ciudadanos, llena de vida. Comerciaban, aprendían, servían, cada uno su función según su sino. Cerca de ellos, el carro que la esperaba, con cerca de una veintena de cuerpos envueltos en mortajas.

            —Anzeris, ¿ha pasado algo?

            Por un momento, Hebet temió haber metido la pata. Miró a su amigo y luego al carro. Procuró serenarse. Quizás había muerto alguien muy cercano y estaba en ese carromato, lo cual tampoco era una mala noticia. Más allá de sus tierras, la gente pensaba que la muerte era el final, pero para ellos solo era como la noche al día, como la luna al sol. Una cuestión de equilibrio, nada más. Los muertos de los Servidores de Narzek seguían sirviendo aún después de la muerte, no había nada malo.

            Al ver que Anzeris no decía nada, ni tampoco se iba a sus labores habituales, Hebet perdió la paciencia y se dispuso a descargar el primero de los cuerpos, una mujer joven. Anzeris la detuvo, agarrándola del codo.

            —¡Espera! —el chico tragó saliva—. Antes de que te pongas a ello, hay algo que quiero decirte.

            —Hoy estás muy raro —protestó Hebet—. Sea lo que sea, dilo ya porque si no me voy a retrasar en preparar los cuerpos…

            —Me gustas —le interrumpió Anzeris.

            Hebet guardó silencio, sorprendida. Dejó el cuerpo que ya había comenzado a cargar para ponerlo en uno de los nichos. Suspiró, pero se le escapó una sonrisa involuntaria.

            —Ya lo sabía.

            —¿Ya lo sabías? —Anzeris le miró, blanco como el tipo que yacía muerto en el carro a su derecha.

            Hebet se acercó un poco a él y, en un gesto que habían hecho un centenar o miles de veces, le cogió de la mano y entrelazó sus dedos antes de volver a soltarle.

            —Si quieres, podemos cenar juntos está noche, en mi casa —propuso ella—. ¿vale?

            El rostro de Anzeris se iluminó un poco y asintió, antes de que Hebet le hiciera un gesto. Había que trabajar. Él sonrió algo torpe y soltó su mano. Hebet se giró, dispuesta a descargar de una vez los cuerpos mientras pensaba en qué eran todas aquellas mariposas en el estómago, cuando oyó en el pasillo el estrépito de huesos cayendo. Sin poder evitarlo se le escapó una carcajada, porque tenía la certeza de que Anzeris, torpe como él solo, había tropezado con alguno de los esqueletos del templo.


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