El
pigmento, negro como una noche sin estrellas ni lunas, goteaba desde sus
muñecas hasta la punta de sus dedos. Las gotas dejaban un rastro oscuro hasta
que caían al suelo, donde poco a poco se estaba formando un pequeño charco de
aquel líquido espeso con el que había dado los últimos toques a su creación.
Orgulloso, Álgernon contempló su obra una vez más, como un padre orgulloso
observa a su primogénito en el primer logro.
Un profundo temblor le obligó a
sujetarse a una de las mesas de trabajo. Al principio, pensó que era uno de
tantos, un temblor más de los que se venían sucediendo desde hacía años, pero
la intensidad no bajó. Al contrario, los frascos y tubos que poblaban su lugar
de trabajo comenzaron a tambalearse en sus estanterías, algunos a caer al
suelo, estrellándose en mil pedazos. Álgernon no estaba dispuesto a perder una
de sus creaciones más recientes, tan delicada, y se abalanzó hacia delante con
la única intención de poner a salvo aquel espejo. Lo protegió con su cuerpo
mientras duraba el terremoto.
Myrte se deshacía en mil pedazos,
justo de la misma manera que sus frascos y sus utensilios de trabajo. Igual que
su futuro. La tierra se quebraba, las casas se derrumbaban, la gente moría. ¿Y
todo por qué? ¿Por un error de cálculo? Su civilización había avanzado hasta
encontrar una nueva tecnología arcano-tecnológica: los generadores de energía
n-dimensionales. Maravillas de la creación, difíciles de comprender salvo un
selecto grupo de estudiosos. Durante unas décadas, los generadores
dimensionales ofrecieron energía para sus vehículos, para iluminar sus casas,
realizar experimentos en sus laboratorios, mejorar su vida a niveles
insospechados. Luego, la industria y su desarrollo comenzó a necesitar más
energía y el comité decidió ir un paso más allá, creyendo que podrían extraer
más y más energía de esos generadores.
Uno de ellos comenzó una reacción en
cadena imposible de detener, y ahora, años después de que el principio del fin
comenzase, el mundo se desmoronaba. Algunos pocos, privilegiados, habían huido
a otros lugares, a continentes lejanos, pero casi todos iban a morir allí.
El temblor se intensificó y Álgernon
sintió verdadero miedo. Una explosión invisible lo azotó e hizo temblar todo
su cuerpo. La realidad se quebraba. Todo pasaba rápido y lento a la vez
mientras él se aferraba a su espejo, incapaz de dedicar ni un solo pensamiento
a algo que no fuera él mismo. No pensó en su familia, ni por un momento. Le
daba igual que muriesen sus padres o incluso su mujer. No había compartido con
ellos ese proyecto, no quería que nadie más lo supiera. Era suyo, era su
esfuerzo, fruto de sus estudios y su tiempo. No consideraba que nadie tuviera
que beneficiarse de todo lo que él había trabajado. Lo que no quería era que su
obra se rompiese, que acabase hecha mil trocitos. Ese era su pase, su
salvación, pero por mucho que lo intentase, sus runas no estaban funcionando.
—¡Vamos! —gritó, ofuscado, mientras
tosía, ahogado por el polvo—. ¡Sácame de aquí!
Había memorizado la secuencia de
runas que debía pulsar en el marco del espejo medio centenar de veces, pero no
funcionó. El mundo cambiaba de color: de una profunda luz que se desbordaba
entre grietas dimensionales a una oscuridad digna de la más sellada sepultura.
Del calor abrasador del fuego a la tierra que ascendía. Todo se mezclaba, el
suelo se combaba a sus pies y la última explosión hizo que la realidad se
desgarrase a su alrededor.
—¡Tienes que funcionar!
La onda expansiva hizo que el mundo se
derrumbase sobre Álgernon y él protegió el espejo una vez más. Era suyo, era su
creación. No podía romperse, aunque no entendiese por qué no funcionaba. Algo
líquido corrió por su espalda y su visión se apagó. No entendía dónde estaba,
pero no había nada a su alrededor. No podía respirar, o quizás ya no sabía cómo
hacerlo. Su cuerpo, inerte, seguía aferrado con los nudillos blancos al marco
del espejo bajo una vorágine de dimensiones rotas e inestables.
—Quizás necesites una pequeña ayuda.
Aquella voz,
imposible de identificar como hombre o como mujer, sonaba como un fluido en su
cabeza.
—La quiero —respondió él, sin saber
cómo.
—Te daré lo que quieres y renacerás conmigo. A cambio, solo tendrás que ansiar más, siempre un poco
más.
El silencio le sobrevino. Ya no
había multitud de dimensiones rotas a su alrededor, solo la calma de la inerte
muerte. Estaba muerto y Éhseg lo acogía en su seno. No supo cuánto tiempo pasó,
si es que importaba, pero cuando volvió a ser consciente de su alrededor, ya no
estaba sepultado. La que antes fue su ciudad era ahora un campo de escombros y
muertos, de pedazos de tierra flotando, de fluctuaciones entre las dimensiones
que provocaban súbitos cambios en la realidad. Sabía que el mundo se había acabado,
o al menos, que Myrte tal y como él la conocía, había llegado a su fin. Había renacido
como demonio de Éhseg y podía ver las almas de los myrtianos, aferradas a lo
que antes era su vida. Escuchaba los llantos, los gritos, la civilización muda
y colapsada. Les pudo la codicia, sonrió para sí mismo.

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