sábado, 4 de noviembre de 2023

Día 4 - Esqueletos

 


—¡Findy! ¡Haz algo! —Larion volvió a quejarse.

Se hallaban atados a un poste en mitad de una cámara oscura y maloliente. Para colmo, habían comenzado a caer serpientes por las paredes y se acercaban, siseantes.

—¡Findy, malditas sean las sombras, reacciona!

A juzgar por la cantidad de esqueletos desmembrados y desparramados por el suelo a su alrededor, no eran los únicos que habían acabado en serios problemas. De todos modos, él era Findy Bouns, el ogro arqueólogo más intrépido de todo Ashay. Era normal, e incluso esperable, acabar en una situación como la que estaban. Por eso, cuando los capturaron, amenazaron con lanzarlos a ese pozo y, finalmente, los tiraron, tampoco opuso resistencia ¿Qué sería de la búsqueda de tesoros sin al menos un sobresalto? Una aventura desperdiciada, sin duda alguna. 

—¡Serpientes, Findy! ¡Serpientes!

La voz de Larion a su espalda lo sobresaltó un poco. Casi se había olvidado de ella. Larion, siempre tan quisquillosa con los espacios cerrados, las antorchas que se apagaban por misteriosas corrientes de aire y las alimañas que intentan trepar por su voluptuoso cuerpo. Findy no se preocupó, confiaba en que su potente y viril olor corporal espantaría a las serpientes. 

—Larion, estoy pensando, no me presiones —se quejó el arqueólogo.

—¿Seguro que tu cabezota es capaz de pensar en algo más que en tus adorados tesoros? -preguntó ella con esa voz repipi que ponía cuando quería sacarle de sus casillas-. Porque hasta el momento tus ideas solo nos han llevado a quedar encadenados a un poste en el fondo de este pozo infecto.

En general, Larion era una ogra de modales perfectos que se las daba de aventurera, pero tenía lo mismo de intrépida que él de caballeroso. Findy tuvo una idea.

—A la de tres, arrancamos el poste.

Esta vez no hubo protestas. Con un golpe seco, las dos moles de carne que eran Findy y Larion, con sus casi tres metros cada uno, liberaron el poste del suelo. Luego, ambos quedaron libres. Findy se ajustó su sombrero de explorador y comprobó que su preciado látigo seguía donde estaba. 

—¿Y ahora qué…?

Antes de que Larion pudiera acabar la pregunta, el suelo comenzó a temblar. Findy no pudo menos que emocionarse. 

—¡Hemos activado una trampa! ¿Será de las que se van cayendo losas poco a poco? ¡Ojalá sea de las que dejan caer el techo poco a poco! -suspiró, con cierto anhelo—. Nunca he estado en una de esas…

—A veces pienso que respirar tanto polvo te ha dejado el cerebro seco —se quejó Larion con un mohín.

 El suelo no dio tregua y, para disgusto de Findy, resultó ser una trampa a la que ya se había enfrentado antes: las losas caían de repente, hundiéndose en una oscuridad interminable por debajo del nivel del suelo. 

—¡En esta! 

 Con su escasa agilidad, Findy saltó a una de las losas de los laterales, que se mantenía firme. Era más que obvio que los dos corpulentos ogros no cabrían en la misma losa, así que Larion tuvo que lanzarse a duras penas a otra más estable. A su alrededor, los huesos comenzaron a precipitarse al fondo del pozo. Entonces, una cuerda cayó desde arriba, gruesa y sucia, pero perfectamente reconocible para Findy.

—¡Sandáh!

 Su inestimable amigo y guía en las tierras de Akartea en Xal-Tara. Y ahora, su salvador. Para ser humano, la verdad es que era el humano más útil que había conocido nunca. 

—¡Daros prisa, Findy! —Les apremió Sandáh—. Kodrich y Tot´z no estarán lejos.

—¡Esos hijos de macairon! —exclamó Larion, aferrada a las calaveras que sobresalían del muro.

 Findy soltó una risotada, mucho más relajado de lo que debería. Pero ya había estado en esas circunstancias otras veces. Se aferró a la cuerda de Sandáh y comenzó a trepar mientras el enclenque humano tiraba con visible esfuerzo.

—¿Se la han llevado? —preguntó Findy nada más llegar al falso techo desde el cual los habían dejado caer atados los despreciables Kodrich y Tot´z.

—¿A Larion? Si está abajo… —respondió Sandáh, confuso.

—¡La Caja Extraviada! —se quejó Findy.

—No han entrado en la cámara todavía —dijo Sandáh, luego miró por el hueco—. Quizás habría que sacar a Larion…

—Ah, sí, sí —Findy lanzó la cuerda.

 Larion se aferró a ella y comenzó a ascender mientras ogro y humano tiraban de ella. La cuerda se quebró con un chasquido irremediable cuando faltaba apenas un metro para poner a salvo a Larion. Antes de que la ogra gritase, Findy desenfundó su látigo, que hizo chasquear en el aire mientras lo engarzaba en la muñeca de ella. Tiró y la recogió con un gesto triunfal. Como era natural, sabía que Larion estaba prendada de él, pero aquel no era el lugar para un beso apasionado.

 El sonido de un centenar de pasos descalzos les hizo ponerse en guardia. 

 Findy Bouns estaba dispuesto a todo en tal de conseguir la antigua y misteriosa Caja Extraviada, contenedora de un saber ancestral, perdido ya, transmitido, según cuentan, por los Antiguos a los rízaks y estos, a su vez, a los habitantes de la desaparecida Myrte. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario