jueves, 9 de noviembre de 2023

Día 9 - Mazmorra

 


La mazmorra era como una hendidura terrible y oscura en la tierra, el mordisco de un monstruo enorme que había dejado una cavidad que las sacerdotisas de Elara habían hecho suya con el paso de los siglos.

            Aquel lugar, en el corazón de Anapat, en Kol-Tara, había sido la perdición para los dos ladrones que ahora se encontraban en plena huida. Contra lo que pudiera uno pensar, no era una huida precipitada, llena de carreras. Ambos se movían de sombra en sombra, con el corazón latiendo desbocado a cada segundo un poco más. Por el momento, todo era tranquilo.

            Álad miró hacia atrás por encima de su hombro para asegurarse de que su aprendiz, Siro, lo seguía. Era un joven imberbe, todavía con más ilusión que habilidad, pero aprendía rápido y, sobre todo, estaba bajo la protección de Álad, así que el maestro no estaba dispuesto a que la andadura de Siro como ladrón acabase tan pronto y de aquella manera.

            —Maestro… —Siro susurró en mirad de la oscuridad.

            Recibió un siseo por parte de Álad, que se detuvo, pegado a la pared. Si lograban subir las escaleras y llegar a la puerta sin ser vistos, serían libres. Entonces, un ligero temblor en la tierra puso su piel de gallina.

            —¡Escapan! —gritó una voz femenina.

            Y ahí estaba. Ahora era cuando todo se complicaba un poco. Una figura bajó las escaleras a toda prisa. Era una mujer, con la túnica parda del clero de la diosa Elara y una espada a dos manos. «Una segadora de Elara», pensó Álad al ver el arma. Si lo tocaba, podía contar con estar muerto. Por un momento, también se le ocurrió pensar en que aquella espléndida espada se vendería por una cantidad obscena en el mercado negro fuera de Kol-Tara…

            Tuvo que moverse para esquivar la primera estocada. Lo evadió y se lanzó hacia el otro lado para evitar el siguiente golpe. Tras él, su aprendiz se encontraba paralizado, pero la sacerdotisa no parecía querer prestar atención al que casi parecía un niño. Desde el otro lado del pasillo, Álad hizo el gesto cien veces ensayado con las manos.

            «Huye»

            Pero su aprendiz no le hizo caso. Se lanzó hacia la mujer con el hombro por delante en un intento por derribarla. Lo único que provocó fue que la enemiga retrocediese un poco y tuviera tiempo de herirle mientras la espada ascendía.

            En cuanto el metal tocó la carne de Siro, el joven sintió que sus pies pesaban un poco más de lo normal. Con espanto, miró hacia abajo: la tierra ya no era sólida en torno a sus piernas y comenzaba a envolverlo en un agarre férreo para impedirle cualquier movimiento. El muchacho hizo un gesto con las manos, el mismo código que había aprendido de él.

            «Maestro, huye».

            Álad reaccionó rápido. Se levantó y cruzó a grandes zancadas el espacio que lo separaba de la escalera. Apretó los dientes mientras subía a toda prisa. La tierra tembló a su alrededor mientras la sacerdotisa lograba zafarse de Siro y lo perseguía. Álad no se permitió mirar atrás. No sabía si además aquella sacerdotisa podía invocar elementales de tierra, o deformar las paredes, pero no podía quedarse a comprobarlo.

            —¡Te sacaré! —gritó desde el fondo de su pecho.

            Tras él, Siro lo vio desaparecer en lo alto de la escalera y escuchó las carreras y maldiciones de las dos sacerdotisas de Elara que lo siguieron. Sus pies seguían hundidos hasta los tobillos en la tierra del suelo, pero al menos estaba vivo.

            Se aferró a la esperanza. Su maestro volvería a por él, estaba seguro.         


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