La
mazmorra era como una hendidura terrible y oscura en la tierra, el mordisco de
un monstruo enorme que había dejado una cavidad que las sacerdotisas de Elara
habían hecho suya con el paso de los siglos.
Aquel lugar, en el corazón de
Anapat, en Kol-Tara, había sido la perdición para los dos ladrones que ahora se
encontraban en plena huida. Contra lo que pudiera uno pensar, no era una huida
precipitada, llena de carreras. Ambos se movían de sombra en sombra, con el
corazón latiendo desbocado a cada segundo un poco más. Por el momento, todo era
tranquilo.
Álad miró hacia atrás por encima de
su hombro para asegurarse de que su aprendiz, Siro, lo seguía. Era un joven
imberbe, todavía con más ilusión que habilidad, pero aprendía rápido y, sobre
todo, estaba bajo la protección de Álad, así que el maestro no estaba dispuesto
a que la andadura de Siro como ladrón acabase tan pronto y de aquella manera.
—Maestro… —Siro susurró en mirad de
la oscuridad.
Recibió un siseo por parte de Álad,
que se detuvo, pegado a la pared. Si lograban subir las escaleras y llegar a la
puerta sin ser vistos, serían libres. Entonces, un ligero temblor en la tierra
puso su piel de gallina.
—¡Escapan! —gritó una voz femenina.
Y ahí estaba. Ahora era cuando todo
se complicaba un poco. Una figura bajó las escaleras a toda prisa. Era una
mujer, con la túnica parda del clero de la diosa Elara y una espada a dos
manos. «Una segadora de Elara», pensó Álad al ver el arma. Si lo tocaba, podía
contar con estar muerto. Por un momento, también se le ocurrió pensar en que
aquella espléndida espada se vendería por una cantidad obscena en el mercado
negro fuera de Kol-Tara…
Tuvo que moverse para esquivar la
primera estocada. Lo evadió y se lanzó hacia el otro lado para evitar el
siguiente golpe. Tras él, su aprendiz se encontraba paralizado, pero la
sacerdotisa no parecía querer prestar atención al que casi parecía un niño.
Desde el otro lado del pasillo, Álad hizo el gesto cien veces ensayado con las
manos.
«Huye»
Pero su aprendiz no le hizo caso. Se
lanzó hacia la mujer con el hombro por delante en un intento por derribarla. Lo
único que provocó fue que la enemiga retrocediese un poco y tuviera tiempo de
herirle mientras la espada ascendía.
En cuanto el metal tocó la carne de
Siro, el joven sintió que sus pies pesaban un poco más de lo normal. Con
espanto, miró hacia abajo: la tierra ya no era sólida en torno a sus piernas y
comenzaba a envolverlo en un agarre férreo para impedirle cualquier movimiento.
El muchacho hizo un gesto con las manos, el mismo código que había aprendido de
él.
«Maestro, huye».
Álad reaccionó rápido. Se levantó y
cruzó a grandes zancadas el espacio que lo separaba de la escalera. Apretó los
dientes mientras subía a toda prisa. La tierra tembló a su alrededor mientras
la sacerdotisa lograba zafarse de Siro y lo perseguía. Álad no se permitió
mirar atrás. No sabía si además aquella sacerdotisa podía invocar elementales
de tierra, o deformar las paredes, pero no podía quedarse a comprobarlo.
—¡Te sacaré! —gritó desde el fondo
de su pecho.
Tras él, Siro lo vio desaparecer en
lo alto de la escalera y escuchó las carreras y maldiciones de las dos
sacerdotisas de Elara que lo siguieron. Sus pies seguían hundidos hasta los
tobillos en la tierra del suelo, pero al menos estaba vivo.
Se aferró a la esperanza. Su maestro
volvería a por él, estaba seguro.

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