Saber
que aquella era su más importante creación no ayudaba en absoluto. Cuando trabajaba
en su taller, el mundo parecía desaparecer a su alrededor. Los sonidos de las ajetreadas
calles de la ciudad de Xilexia solían quedar apagadas, sordas, como sumergidas
bajo el agua. Sus manos no temblaban y sus ojos sabían con total exactitud qué
pieza buscar. Aquel día era muy diferente.
Escuchaba cada uno de los sonidos
del mundo: los pasos calmados de los comerciantes, el entrechocar de las espadas
envainadas de los espadachines que los acompañaban, las ofertas de los panaderos,
incluso creía escuchar el crepitar de una olla en la casa del vecino. Lo peor,
sin duda, eran sus manos, tan temblorosas y resbaladizas. Era incapaz de
encontrar con la precisión habitual las piezas que necesitaba.
—Vamos, Áyax, tómatelo como un
encargo más —se dijo en voz alta mientras estiraba los brazos.
Cogió aire con fuerzas, quizás con
demasiada. La realidad es que en ese trabajo estaban puestas todas sus
ilusiones, sus esperanzas en el futuro y, por qué no admitirlo, todos sus
ahorros. Había trabajado noches enteras por encima de sus posibilidades solo
por conseguir algunos de esos ingredientes, e incluso se había adentrado en
lugares más que sospechosos y hablado con personas todavía más sospechosas para
conseguir uno de ellos.
—Eres un excelente artesano rúnico —dijo
a su reflejo, que lo miraba desde uno de los espejos del taller—. Has estudiado
años. Tu maestro ya te lo dijo, que llegarías a hacer buenos objetos.
Volvió a la carga, con más decisión
y el pulso más firme. Para fabricar aquel objeto rúnico utilizaría de material
base una mezcla de gruesos hilos de cobre, bronce y oro. Los trenzó con sus
tenacillas, retorciendo el metal al tiempo que ponía especial ahínco en que
cada vuelta midiese lo mismo que la anterior. Luego, con un martillo tan pequeño
como su pulgar, aplanó un poco más una planchita de oro más pequeña incluso que la uña de
su meñique. La colocó sobre la base de hilos retorcidos y un punto de calor fue
suficiente para adherirla. Áyax, en ese punto, se dio cuenta de que casi se le
estaba olvidando respirar, con tanta tensión.
Extrajo una bolsa aterciopelada de uno de los cajones de su escritorio, donde guardaba los dos catalizadores necesarios para la runa que traía entre manos. Uno de ellos había sido fácil de encontrar, de hecho, tenía incluso de sobra en su taller, pero el otro… estaba seguro de que ni siquiera su maestro había conseguido tales materiales.
Eran
sendos frascos, pequeños como los deditos de un bebé. Uno contenía sangre de
pezsol. Aquel pescado abundaba en lugares como Kyokuto, así que solo había
tenido que encargarlo y esperar, nada más.. Sus ojos se posaron en el
segundo frasco y el líquido oscuro que contenía. La sangre de kotoru había sido otro cantar. Había resultado
mucho más caro que todos los ingredientes juntos y mucho más peligroso de
conseguir. Tuvo que pagar una fortuna extra por la peligrosidad del encargo.
Los kotoru eran enormes bestias escamosas de fuego, que las enanas de Tysandra consideraban
sagradas. No quería ni imaginarse cómo había sido conseguir esa sangre.
Aquellos dos frascos permitirían que la runa funcionase con las órdenes
adecuadas. Se moría de ganas por probarla, así que comenzó a escribir con pequeños trazos apretados y finos las runas en sí.
Cuando dejó a un lado el afilado
estilete tuvo que obligarse a cerrar los ojos un momento. Tenía la vista
desenfocada por el esfuerzo.
—Los generadores… —rebuscó en otra
bolsa de terciopelo negro hasta que palpó dos piedras, frías— ¡Aquí están!
Un ópalo y un granate, dos joyas que
harían de generadores para la runa. Si fuera mago, aquel paso se lo podría
haber ahorrado con su magia, pero él era un humano común y corriente, deseoso
de acabar el trabajo. Cada vez que lo pensaba, su corazón latía un poco más
fuerte, emocionado.
Engarzó dos trocitos tallados de
cada material en torno a la placa central sirviéndose de incluso una lupa de
aumento que había comprado hacía unos años a un grupo de enanos de Míthrondar. La
mejor inversión que había podido hacer para su taller.
Orgulloso, alzó el anillo, que
colocó a contraluz de la ventana. Tenía que admitir que era precioso, pero
esperaba que además funcionase.
—Calor —dio la orden en voz alta.
Entre sus dedos, el metal del anillo
se volvió cálido y una fuerte sensación mágica ascendió desde su palma hasta su
pecho, como el abrazo de un amor anhelado. Sonrió, satisfecho.
—¡Luz! —ordenó.
El anillo se iluminó desde los
ópalos, con un tono irisado y amarillento precioso. Iluminaba a su alrededor,
espantando las sombras.
—A Lila le va a encantar… —murmuró
con una sonrisa tonta en los labios.
Solo esperaba que, al padre de su
amada Lila, el señor Salina, también le pareciese un objeto digno para pedir la
mano de su hija.

No hay comentarios:
Publicar un comentario