viernes, 3 de noviembre de 2023

Día 3 - Creación

 



Saber que aquella era su más importante creación no ayudaba en absoluto. Cuando trabajaba en su taller, el mundo parecía desaparecer a su alrededor. Los sonidos de las ajetreadas calles de la ciudad de Xilexia solían quedar apagadas, sordas, como sumergidas bajo el agua. Sus manos no temblaban y sus ojos sabían con total exactitud qué pieza buscar. Aquel día era muy diferente.

            Escuchaba cada uno de los sonidos del mundo: los pasos calmados de los comerciantes, el entrechocar de las espadas envainadas de los espadachines que los acompañaban, las ofertas de los panaderos, incluso creía escuchar el crepitar de una olla en la casa del vecino. Lo peor, sin duda, eran sus manos, tan temblorosas y resbaladizas. Era incapaz de encontrar con la precisión habitual las piezas que necesitaba.

            —Vamos, Áyax, tómatelo como un encargo más —se dijo en voz alta mientras estiraba los brazos.

            Cogió aire con fuerzas, quizás con demasiada. La realidad es que en ese trabajo estaban puestas todas sus ilusiones, sus esperanzas en el futuro y, por qué no admitirlo, todos sus ahorros. Había trabajado noches enteras por encima de sus posibilidades solo por conseguir algunos de esos ingredientes, e incluso se había adentrado en lugares más que sospechosos y hablado con personas todavía más sospechosas para conseguir uno de ellos.

            —Eres un excelente artesano rúnico —dijo a su reflejo, que lo miraba desde uno de los espejos del taller—. Has estudiado años. Tu maestro ya te lo dijo, que llegarías a hacer buenos objetos.

            Volvió a la carga, con más decisión y el pulso más firme. Para fabricar aquel objeto rúnico utilizaría de material base una mezcla de gruesos hilos de cobre, bronce y oro. Los trenzó con sus tenacillas, retorciendo el metal al tiempo que ponía especial ahínco en que cada vuelta midiese lo mismo que la anterior. Luego, con un martillo tan pequeño como su pulgar, aplanó un poco más una planchita de oro más pequeña incluso que la uña de su meñique. La colocó sobre la base de hilos retorcidos y un punto de calor fue suficiente para adherirla. Áyax, en ese punto, se dio cuenta de que casi se le estaba olvidando respirar, con tanta tensión.

            Extrajo una bolsa aterciopelada de uno de los cajones de su escritorio, donde guardaba los dos catalizadores necesarios para la runa que traía entre manos. Uno de ellos había sido fácil de encontrar, de hecho, tenía incluso de sobra en su taller, pero el otro…  estaba seguro de que ni siquiera su maestro había conseguido tales materiales.

            Eran sendos frascos, pequeños como los deditos de un bebé. Uno contenía sangre de pezsol. Aquel pescado abundaba en lugares como Kyokuto, así que solo había tenido que encargarlo y esperar, nada más.. Sus ojos se posaron en el segundo frasco y el líquido oscuro que contenía. La sangre de kotoru había sido otro cantar. Había resultado mucho más caro que todos los ingredientes juntos y mucho más peligroso de conseguir. Tuvo que pagar una fortuna extra por la peligrosidad del encargo. Los kotoru eran enormes bestias escamosas de fuego, que las enanas de Tysandra consideraban sagradas. No quería ni imaginarse cómo había sido conseguir esa sangre. Aquellos dos frascos permitirían que la runa funcionase con las órdenes adecuadas. Se moría de ganas por probarla, así que comenzó a escribir con pequeños trazos apretados y finos las runas en sí.

            Cuando dejó a un lado el afilado estilete tuvo que obligarse a cerrar los ojos un momento. Tenía la vista desenfocada por el esfuerzo.

            —Los generadores… —rebuscó en otra bolsa de terciopelo negro hasta que palpó dos piedras, frías— ¡Aquí están!

            Un ópalo y un granate, dos joyas que harían de generadores para la runa. Si fuera mago, aquel paso se lo podría haber ahorrado con su magia, pero él era un humano común y corriente, deseoso de acabar el trabajo. Cada vez que lo pensaba, su corazón latía un poco más fuerte, emocionado.

            Engarzó dos trocitos tallados de cada material en torno a la placa central sirviéndose de incluso una lupa de aumento que había comprado hacía unos años a un grupo de enanos de Míthrondar. La mejor inversión que había podido hacer para su taller.

            Orgulloso, alzó el anillo, que colocó a contraluz de la ventana. Tenía que admitir que era precioso, pero esperaba que además funcionase.

            —Calor —dio la orden en voz alta.

            Entre sus dedos, el metal del anillo se volvió cálido y una fuerte sensación mágica ascendió desde su palma hasta su pecho, como el abrazo de un amor anhelado. Sonrió, satisfecho.

            —¡Luz! —ordenó.

            El anillo se iluminó desde los ópalos, con un tono irisado y amarillento precioso. Iluminaba a su alrededor, espantando las sombras.

            —A Lila le va a encantar… —murmuró con una sonrisa tonta en los labios.

            Solo esperaba que, al padre de su amada Lila, el señor Salina, también le pareciese un objeto digno para pedir la mano de su hija.

     

 


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