Ese
año, la ciudad de Aríbaro lucía espectacular. No sólo era el empeño de todos
sus habitantes por ofrecer sus mejores galas, por adornar las fachadas o adecentar
rincones que en el día a día solían dejarse de lado. Era la luz, que brillaba
en ese día de primavera con una tonalidad especial, dorada y cálida. Se
filtraba entre las decoraciones por el Festival de las Flores provocando una
explosión de tonalidades como nunca había visto.
Descendió del barco con la garganta
seca y el corazón que dolía, incluso, de tan rápido y fuerte que retumbaba en
su pecho. Se obligó a serenarse mientras recorría el muelle. Palpó su bolsa y
encontró que la máscara había quedado al fondo del todo, así que se paró en
mitad del puerto para sacarla. No podía ir sin ella.
—¡Eh, cuidado! —un ogro lo esquivó a
duras penas, de tan de repente que se había parado.
—La gente se vuelve loca en estas
fiestas, no se puede ir por la ciudad… —se quejó un enano que acompañaba al comerciante
ogro.
Por un momento, sintió cierta rabia
crecer en su interior. Estaba nervioso, no había querido importunar a nadie, y
mucho menos que le increpasen en mitad del puerto. Dejó salir el aire mientras observaba
la máscara.
Era de una factura delicada, hecha por
uno de los mejores artesanos de la ciudad de Aura. Casi parecía una pieza de
orfebrería, con sus ribetes dorados en forma de volutas que se diluían en finos
hilos de oro. El resto era de blanco marfil con detalles repujados en plata y delicados
trazos de pintura lapislázuli, que quedaban en perfecta conjunción con sus
extraños ojos violetas. La máscara cubría sus ojos y su nariz, dejando la parte
inferior del rostro al descubierto, pero era suficiente para no llamar la
atención y, sobre todo, para no ser reconocido hasta que llegase el momento.
Se alejó de la algarabía del puerto
de Aríbaro en busca de las casas engalanadas con flores. Sin importar el
estatus social o lo adinerado o no de la familia, durante aquella fiesta, si
una familia engalanaba la fachada de su casa con todo tipo de flores
significaba que su hogar quedaba abierto a todo aquel que llevase máscara, y
los tabúes, tan habituales entre la alta sociedad ligahexiana, desaparecían
durante los dos días que duraba el Festival de las Flores.
No tardó en encontrar la primera casa.
Echó los hombros hacia atrás, adoptó su mejor sonrisa y se internó en un mar de
personas perfumadas y enmascaradas, en un torbellino de copas de vino y licores
que no probó, en el aroma, por encima de todo eso, de algo que le atraía mucho
más, el peculiar aroma de la sangre humana.
Bailó con cada dama o caballero que
se lo pidió, hasta descubrir que no eran la persona que buscaba. Entonces, se
adentraba en otra morada y el espectáculo volvía a comenzar. Recorrió, fugaz,
alguna cama en tal de encontrarla; pero la noche caía y se encontraba cada vez
más desesperado.
—Parece
que estás perdido —bromeó una muchacha al verlo en uno de los porches.
Era muy joven, vestida con un discreto
vestido de mangas infinitas y escote provocador. También llevaba máscara: un
exquisito trabajo de pedrería de Poxis y tela de las sombras de la lejana
tierra de los rízaks. Le miraba con las mejillas encendidas y la diversión en
los ojos. Él no dijo nada, poco dispuesto a hablar con una desconocida. Si el
viaje había sido en vano, si nunca volvía a encontrarla… Se dejó caer en el
primer escalón, dispuesto a quitarse la máscara de una vez.
—Venir hasta aquí ha sido una
tontería —se quejó él en voz baja—. Debería abandonar esta búsqueda inútil.
Comenzó a desatar el lazo que
sostenía su máscara. Si se la quitaba, ya no sería uno más en el Festival. Iría
al puerto y buscaría el primer barco que regresase a Coeli al amanecer. Unas
manos suaves se posaron sobre sus dedos que deshacían el lazo. La muchacha
sonrió tras la máscara y volvió a hacerle la lazada, sin decir nada. Luego, se
colocó delante de él y se acuclilló con gracia mientras recogía el vestido para
estar a su altura.
Los ojos de ella, de un color ámbar amarronado bastante normal, se enredaron con los violetas de él.
—He esperado mucho tiempo para encontrarte —sonrió la muchacha.

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