domingo, 12 de noviembre de 2023

Día 12 - Festival

 


Ese año, la ciudad de Aríbaro lucía espectacular. No sólo era el empeño de todos sus habitantes por ofrecer sus mejores galas, por adornar las fachadas o adecentar rincones que en el día a día solían dejarse de lado. Era la luz, que brillaba en ese día de primavera con una tonalidad especial, dorada y cálida. Se filtraba entre las decoraciones por el Festival de las Flores provocando una explosión de tonalidades como nunca había visto.

            Descendió del barco con la garganta seca y el corazón que dolía, incluso, de tan rápido y fuerte que retumbaba en su pecho. Se obligó a serenarse mientras recorría el muelle. Palpó su bolsa y encontró que la máscara había quedado al fondo del todo, así que se paró en mitad del puerto para sacarla. No podía ir sin ella.

            —¡Eh, cuidado! —un ogro lo esquivó a duras penas, de tan de repente que se había parado.

            —La gente se vuelve loca en estas fiestas, no se puede ir por la ciudad… —se quejó un enano que acompañaba al comerciante ogro.

            Por un momento, sintió cierta rabia crecer en su interior. Estaba nervioso, no había querido importunar a nadie, y mucho menos que le increpasen en mitad del puerto. Dejó salir el aire mientras observaba la máscara.

            Era de una factura delicada, hecha por uno de los mejores artesanos de la ciudad de Aura. Casi parecía una pieza de orfebrería, con sus ribetes dorados en forma de volutas que se diluían en finos hilos de oro. El resto era de blanco marfil con detalles repujados en plata y delicados trazos de pintura lapislázuli, que quedaban en perfecta conjunción con sus extraños ojos violetas. La máscara cubría sus ojos y su nariz, dejando la parte inferior del rostro al descubierto, pero era suficiente para no llamar la atención y, sobre todo, para no ser reconocido hasta que llegase el momento.

            Se alejó de la algarabía del puerto de Aríbaro en busca de las casas engalanadas con flores. Sin importar el estatus social o lo adinerado o no de la familia, durante aquella fiesta, si una familia engalanaba la fachada de su casa con todo tipo de flores significaba que su hogar quedaba abierto a todo aquel que llevase máscara, y los tabúes, tan habituales entre la alta sociedad ligahexiana, desaparecían durante los dos días que duraba el Festival de las Flores.

            No tardó en encontrar la primera casa. Echó los hombros hacia atrás, adoptó su mejor sonrisa y se internó en un mar de personas perfumadas y enmascaradas, en un torbellino de copas de vino y licores que no probó, en el aroma, por encima de todo eso, de algo que le atraía mucho más, el peculiar aroma de la sangre humana.

            Bailó con cada dama o caballero que se lo pidió, hasta descubrir que no eran la persona que buscaba. Entonces, se adentraba en otra morada y el espectáculo volvía a comenzar. Recorrió, fugaz, alguna cama en tal de encontrarla; pero la noche caía y se encontraba cada vez más desesperado.

       —Parece que estás perdido —bromeó una muchacha al verlo en uno de los porches.

            Era muy joven, vestida con un discreto vestido de mangas infinitas y escote provocador. También llevaba máscara: un exquisito trabajo de pedrería de Poxis y tela de las sombras de la lejana tierra de los rízaks. Le miraba con las mejillas encendidas y la diversión en los ojos. Él no dijo nada, poco dispuesto a hablar con una desconocida. Si el viaje había sido en vano, si nunca volvía a encontrarla… Se dejó caer en el primer escalón, dispuesto a quitarse la máscara de una vez.

            —Venir hasta aquí ha sido una tontería —se quejó él en voz baja—. Debería abandonar esta búsqueda inútil.

            Comenzó a desatar el lazo que sostenía su máscara. Si se la quitaba, ya no sería uno más en el Festival. Iría al puerto y buscaría el primer barco que regresase a Coeli al amanecer. Unas manos suaves se posaron sobre sus dedos que deshacían el lazo. La muchacha sonrió tras la máscara y volvió a hacerle la lazada, sin decir nada. Luego, se colocó delante de él y se acuclilló con gracia mientras recogía el vestido para estar a su altura.

            Los ojos de ella, de un color ámbar amarronado bastante normal, se enredaron con los violetas de él.

            —He esperado mucho tiempo para encontrarte —sonrió la muchacha.


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