jueves, 9 de noviembre de 2023

Día 10 - Teatro

 


El Teatro de los Sueños de Aríbaro estaba sumido en el silencio. Era una calma distinta a la que precede a que el primer actor aparezca por primera vez en el escenario, diferente a cuando el telón se baja y, por un momento, el público debe asimilar que la función ha terminado.

            Aquel era un silencio incluso acogedor para Abraxis. El patio de butacas estaba desierto, algo insólito. Mientras, paseaba con relativa calma hacia el escenario mientras procuraba memorizar el aroma de cada una de las motas de polvo que levantaba al pasar.

            Subió al escenario con un salto ágil. Era el último actor en incorporarse a la compañía. Un escalofrío de vértigo y entusiasmo le recorrió. Ese era su momento, el de ensayar ante un público tan silencioso como inexistente la gran declama final de la obra que estrenaban esa misma noche, llamada «El Teatro del Mundo», esa con la que se jugaba pertenecer al aclamado gremio de actores o no.

            Inspiró aire durante unos eternos segundos, dejando que cada fibra de su ser recordase esas palabras que ya formaban parte de él. Exhaló mientras se preparaba para proyectar la voz hacia el murmullo apagado de los asientos vacíos.

            Con voz alta, clara y tan fuerte como su amor por el teatro, Abraxis comenzó:

            «Dicen que el mundo es el Teatro Sagrado. Que las tablas, el suelo, la luz que me ilumina ahora, la brisa que revolotea en el abrazo, los sueños dormidos esperando a la noche; todo, forma parte del Escenario. Ese lugar donde se creó todo, incluso esos dioses a los que adoráis y a los que rezáis.

            «Cuentan que El Escenario es la vida, que pasa y que pesa, que sueña y que se desvela. En ella, en estas mismas tablas que ahora piso, el mundo fue creado y en él, Yan fue el primero de los Grandes Actores Recordados. Con su risa espanta al llanto y con sus enredos crea las tramas que dominan nuestra existencia, a veces de una forma innecesaria e incesante; otras mientras suceden grandes periodos de hastío y descontento; a veces, de dicha, donde uno mira por encima de su hombro, sospechando que esa risa sea la del Dios Loco, que ha venido a liar la vida con su madeja.

            «Otros Grandes Actores Recordados encontraréis formando parte de la Gran Compañía de Teatro, pero no todos son bienvenidos. En el principio de la temporada, El Escenario dio la bienvenida a los Doce Dioses del Caos. Solo trajeron el desorden a esta Compañía, y nada más. Tristeza, envidia, temor y sueños rotos quedan fuera del Teatro y, así, El Escenario expulsó a los Doce Dioses del Caos de la Gran Compañía.

            «Vosotros, sí, vosotros, que ahora me miráis mientras hablo, que me escucháis mientras paseo por el Escenario, que me leéis mientras escribo, sois como yo. Actores de una obra más elevada, escrita por los Dioses. Nuestro guion está guardado y custodiado y todo está dicho, por lo tanto, que la dicha invada tu vida ¡pues ya está todo escrito! ¡Oh, cuidado! Yan puede abrir tu libro en cualquier momento y cambiar alguna línea.

            «Quizás a un amor no correspondido.

            «O puede que a un encuentro fortuito en el momento y lugar precisos.

            «Tal vez nada, que solo abra tu libro, lea tu vida y decida dejarla tal como está. Quizás, si el dios Yan decide hacer eso, no quieras saber el drama que se avecina. O las risas.

            «Hoy, ahora, defiendo a través de estas palabras aquello que todos compartimos: los Sueños. En el Teatro de los Sueños os despido y os deseo, ante todo, que cada una de vuestras esperanzas se convierta en recuerdo algún día, porque significará que así estaba escrito».

            Un aplauso ruge en la sala. El pecho de Abraxis sube y baja, apresurado, aferrado todavía a las palabras que han salido de su garganta arañándola un poco. Cree que a veces la voz le ha flaqueado, en ocasiones se sentía sin aliento. Tendrá que ensayar más. El público sigue su aplauso, más fuerte si cabe. Abraxis logra parpadear y se da cuenta de que está solo en el Teatro de los Sueños de Aríbaro, en su ensayo.

            Los aplausos cesan, poco a poco, mientras el confuso joven camina unos pasos hacia el borde del escenario porque cree que ha visto a alguien en el desierto patio de butacas, pero con el contraluz de las lámparas no lo distingue. Se tapa el resplandor con una mano y descubre que no hay nadie.

            Solo una risa, que parece provenir del escenario mismo y del mundo que le rodea, y que se apaga mientras su respiración se calma


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