miércoles, 15 de noviembre de 2023

Día 15 - Carpe Diem

 


—¡Valor, honor, guerra!

            En lo alto de la muralla de la ciudad de Valyria, el grito del capitán Einar resonó aun por encima del fragor de la batalla. Para Silya fue como escuchar un sonido que le ancló a tierra, que le hizo sobreponerse al miedo que la paralizaba.

            Había visto muchas cosas en su vida mientras perteneció al gremio de cazadores de monstruos, pero ninguna como aquella. Una alianza de bárbaros del Caos de Xanaaq y Karahasán atacaban a Valyria con toda su ira, su furia y su violencia desmedida.

            Se apartó cuando un diablillo de Xanaaq descargó una bola de fuego justo encima de ella. Corrió entre el completo caos que suponían las murallas de la ciudad en ese momento. Llevó virotes a unas a las ballesteras que aguantaban, incansables, el frenético ritmo de disparo. Luego alguien la llamó desesperado y acudió al auxilio de un herido. Desde hacía un año atrás, cuando perdió la mano izquierda, había dejado de combatir, pero todavía podía servir a la causa de Valyria de otras maneras.

            Dejó al joven en manos de los sanadores, en las calles aledañas a las murallas y se dispuso de nuevo a subir. A su alrededor llovían flechas y bolas de fuego y, de vez en cuando, incluso alguna cabeza cortada que arrojaban los bárbaros con sus catapultas. Cuando aquello pasaba, Silya procuraba no mirarlas y centrarse en su cometido. Tosió mientras intentaba apagar un incipiente fuego y los ojos se le llenaron de lágrimas debido al humo, pero puso frenar lo que habría sido desastre.

Se permitió tomar aire a grandes bocanadas, algo mareada.

—¡Silya! —a su lado, Rúndebol la agarró del brazo cuando una flecha pasó demasiado cerca.

Su amigo, su gran compañero de vida, la miraba, algo preocupado. Él parecía tener una ceja partida y muchas cenizas adheridas al sudor que cubría su rostro, pero poco más.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró Silya.

Él asintió y miró hacia abajo, donde los bárbaros del Caos cercaban la ciudad, como decididos a que debían sacudir cada una de sus piedras hasta los cimientos. Por el momento, una vez más, parecía que la ciudad aguantaría los embates de los arrasadores de Xanaaq, grandes y simiescos, con sus cuatro brazos como troncos, y al fuego de los diablillos o los balgur que trataban de cruzar el foso y escalar la muralla.

Pero no estaba segura de que fueran a poder aguantar lo que se abría paso más allá. Bajaba por los riscos como si aquellos afilados picos no significaran nada para él. Los desmembradores de Karahasán blandían sus látigos, hechos con las columnas de sus enemigos, atravesando las filas de sus propios aliados para llegar hasta la muralla… pero eso no era nada con el amasijo temible de muerte, sangre y músculo que venía tras ellos por la ladera empinada de las cumbres. Era gigantesco, un cúmulo de carne enrojecida y sangrante con tantos pies, manos y extremidades armados con todo tipo de armas afiladas, cortantes y punzantes que era imposible saber dónde comenzaba el demonio y dónde lo hacía el rastro de destrucción que dejaba a su paso, incluso entre los suyos. Era peor, incluso: incorporaba a su macabro cuerpo las armas y extremidades de aquellos a los que arrasaba, incrementando cada vez más su sanguinario aspecto. Otro de aquellos seres descendió por el otro flanco, por los picos nevados de las cumbres que rodeaban la ciudad de Valyria.

—Son karahasánkiros —escupió Rúndebol.

—Hay que avisar al capitán Einar o a la reina Vala —Silya retrocedió un par de pasos—. Aguanta.

Rúndebol le miró un solo instantes. Quizás, en otro lugar, ambos habrían decidido huir juntos y ponerse a cubierto, pero no allí, en Valyria. Habían nacido para aquello, habían aprendido a combatir y a defender su ciudad con cada una de las fibras de su ser, así que Rúndebol y Silya solo compartieron una última mirada antes de separarse. Si aquel día era su último día, Silya estaba dispuesta a vivirlo hasta el último momento, en un carpe diem cuyo único objetivo sería salvar la mayor cantidad de vidas de valyrios posible.

Tenía que encontrar al capitán Einar antes de que fuera demasiado tarde.


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