—¡Valor,
honor, guerra!
En lo alto de la muralla de la
ciudad de Valyria, el grito del capitán Einar resonó aun por encima del fragor
de la batalla. Para Silya fue como escuchar un sonido que le ancló a tierra,
que le hizo sobreponerse al miedo que la paralizaba.
Había visto muchas cosas en su vida
mientras perteneció al gremio de cazadores de monstruos, pero ninguna como
aquella. Una alianza de bárbaros del Caos de Xanaaq y Karahasán atacaban a
Valyria con toda su ira, su furia y su violencia desmedida.
Se apartó cuando un diablillo de
Xanaaq descargó una bola de fuego justo encima de ella. Corrió entre el
completo caos que suponían las murallas de la ciudad en ese momento. Llevó virotes
a unas a las ballesteras que aguantaban, incansables, el frenético ritmo de disparo.
Luego alguien la llamó desesperado y acudió al auxilio de un herido. Desde
hacía un año atrás, cuando perdió la mano izquierda, había dejado de combatir, pero
todavía podía servir a la causa de Valyria de otras maneras.
Dejó al joven en manos de los
sanadores, en las calles aledañas a las murallas y se dispuso de nuevo a subir.
A su alrededor llovían flechas y bolas de fuego y, de vez en cuando, incluso
alguna cabeza cortada que arrojaban los bárbaros con sus catapultas. Cuando
aquello pasaba, Silya procuraba no mirarlas y centrarse en su cometido. Tosió
mientras intentaba apagar un incipiente fuego y los ojos se le llenaron de
lágrimas debido al humo, pero puso frenar lo que habría sido desastre.
Se permitió tomar aire a grandes
bocanadas, algo mareada.
—¡Silya! —a su lado, Rúndebol la agarró
del brazo cuando una flecha pasó demasiado cerca.
Su amigo, su gran compañero de vida, la
miraba, algo preocupado. Él parecía tener una ceja partida y muchas cenizas
adheridas al sudor que cubría su rostro, pero poco más.
—Estoy bien, estoy bien —aseguró Silya.
Él asintió y miró hacia abajo, donde los
bárbaros del Caos cercaban la ciudad, como decididos a que debían sacudir cada
una de sus piedras hasta los cimientos. Por el momento, una vez más, parecía
que la ciudad aguantaría los embates de los arrasadores de Xanaaq, grandes y simiescos, con
sus cuatro brazos como troncos, y al fuego de los diablillos o los balgur que
trataban de cruzar el foso y escalar la muralla.
Pero no estaba segura de que fueran a
poder aguantar lo que se abría paso más allá. Bajaba por los riscos como si
aquellos afilados picos no significaran nada para él. Los desmembradores de
Karahasán blandían sus látigos, hechos con las columnas de sus enemigos,
atravesando las filas de sus propios aliados para llegar hasta la muralla… pero
eso no era nada con el amasijo temible de muerte, sangre y músculo que venía tras
ellos por la ladera empinada de las cumbres. Era gigantesco, un cúmulo de carne
enrojecida y sangrante con tantos pies, manos y extremidades armados con todo
tipo de armas afiladas, cortantes y punzantes que era imposible saber dónde
comenzaba el demonio y dónde lo hacía el rastro de destrucción que dejaba a su
paso, incluso entre los suyos. Era peor, incluso: incorporaba a su macabro
cuerpo las armas y extremidades de aquellos a los que arrasaba, incrementando
cada vez más su sanguinario aspecto. Otro de aquellos seres descendió por el
otro flanco, por los picos nevados de las cumbres que rodeaban la ciudad de
Valyria.
—Son karahasánkiros —escupió Rúndebol.
—Hay que avisar al capitán Einar o a la
reina Vala —Silya retrocedió un par de pasos—. Aguanta.
Rúndebol le miró un solo instantes.
Quizás, en otro lugar, ambos habrían decidido huir juntos y ponerse a cubierto,
pero no allí, en Valyria. Habían nacido para aquello, habían aprendido a
combatir y a defender su ciudad con cada una de las fibras de su ser, así que
Rúndebol y Silya solo compartieron una última mirada antes de separarse. Si
aquel día era su último día, Silya estaba dispuesta a vivirlo hasta el último
momento, en un carpe diem cuyo único objetivo sería salvar la mayor cantidad de
vidas de valyrios posible.
Tenía que encontrar al capitán Einar antes
de que fuera demasiado tarde.

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