Itria, la ciudad de la Luz y capital de
Levenia, acogía aquel día uno de los juicios más multitudinarios que se
recordaban.
La gente se había congregado en la plaza
desde temprano, que quedaba custodiada por el Gran Templo y, sobre todo, por la
Gran Torre de Luz que se elevaba por encima de toda la gente congregada y todos
los tejados de la ciudad. La enorme torre iluminaba constantemente desde su
cénit, por lo que en Itria nunca había sombras, nunca era de noche. Ni siquiera
se podían construir edificios altos que provocasen una mísera sombra.
Resignado, Dálibor esperaba en el estrado,
maniatado a una de las siete columnas de mármol que exhibían macabras marcas
oscuras, testigos de lo que iba a ocurrir. ¿Su crimen? Alimentarse de algo más
que fruta y semillas. Había logrado comprar de contrabando a unos comerciantes
de Elhgyn una generosa cesta de vidaraíz. Ni siquiera era carne o pescado, solo
vidaraíz. Tenía que admitir que había sido todo un placer comerla asada y degustarla
a cucharadas en secreto, junto a sus amigos Biel y Jurian, pero alguien los
había delatado ante el clero y ahora se encontraba a la espera de un juicio del
que ya sabía el resultado.
Tampoco culpaba a ese vecino. Si uno delataba
a alguien, en Levenia era fácil congraciarse con el clero del Espíritu de la
Luz, y eso significaba que tu vida podía mejorar de un día para otro. El
estómago le dio un vuelco al reconocer entre la multitud los rostros de sus
amigos: Biel, la muchacha de ojos verdes y el pelo negro como la noche; y
Jurian, el rubio espigado. Estaban juntos y le hicieron algún tipo de seña que
solo preocupó un poco más a Dálibor. ¿Iban a liberarlo? No concebía cómo,
siendo dos humanos normales y corrientes, como él.
Un aplauso recorrió al público y el fervor
recorrió los rostros de los asistentes. Un devali surgió ante el Gran Templo y
todos agacharon la cabeza. Aquel representaba al levani Kalel, la justicia, y
avanzaba con su túnica plateada que cubría incluso su rostro con un velo. En su
mano derecha portaba una guadaña de luz. Tras él, un sacerdote caminaba dos
pasos por detrás mientras hablaba:
—¡Si coméis frutos de la tierra, animales,
o peces, devoráis la Luz del Espíritu! —dijo, a pleno pulmón.
Ahí estaba su condena.
—¡No era vidaraíz de Levenia! —gritó
Dálibor, dispuesto a morir, pero con el orgullo intacto—. ¿Se considera
entonces también un crimen?
El sacerdote se puso rojo de furia.
—¡La Luz del Espíritu ilumina todo el
mundo, aunque ellos no lo sepan, infiel!
Dálibor resopló. El devali subió al
estrado. Al hacerlo, su túnica apenas se movía, y cuando lo hacía, parecía
plata líquida deslizándose en el aire. Dálibor buscó con la mirada a sus
amigos, algo más desesperado que hacía unos instantes, pero no los encontró.
El verdugo se colocó a su lado, a la
espera de la orden final. Los ojos de Dálibor se posaron en la guadaña de luz.
Ya había visto a gente morir bajo aquella arma: dejaba una estela de luz y era
limpio, sin sangre. El cuerpo desaparecía sin más, entregado al Espíritu de la
Luz.
De pronto, una exclamación de sorpresa y
miedo recorrió al público. En la plaza del Gran Templo, a los pies de la Gran
Torre de Luz, había sombras, y eso era algo inaudito. Las sombras avanzaban
hacia el público, que estalló en pánico y comenzó a correr hacia los callejones.
Dálibor sintió un movimiento a su espalda.
En concreto, supo que alguien lo desataba.
—A mi señal corre conmigo —susurró Jurian
a su espalda.
Antes de que Dálibor fuera capaz de preguntarse
cuál sería la señal, su vista se enfocó en el centro de las sombras que se
acercaban a la multitud. Era Biel.
¿Biel era una maga de las sombras? ¿Cómo
era posible? Los mataban a todos, incluso desde recién nacidos, si se detectaba
magia de sombras.
—¡Ahora!
Jurian gritó y Dálibor no lo pensó más. Se
giró, saltó de la tarima y echó a correr tan rápido como sus piernas se lo
permitían, sin mirar atrás.

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