jueves, 2 de noviembre de 2023

Dia 2 Pirata

 


DÍA 2 – PIRATA

      —…entonces Valya, nuestra capitana vyorling, alzó su espada y miró con sus ojos de hielo al traidor de Zhetar. Estaba dispuesta a todo, incluso a acabar con la vida del que fue su amor. «¡Deja a mi tripulación libre y tendrás lo que deseas!» dijo.

      La propia Valya ocultó su gesto detrás de una generosa jarra de cerveza. Quien narraba era Korr, un bárbaro del Caos de su propia tripulación, tan aficionado a su hacha como las historias y al kartaj, un instrumento de cuerda que siempre llevaba consigo. Korr solía repetir que, algún día, cuando hiciera suficiente fortuna, dejaría los mares para ir a estudiar a las escuelas de música de las colinas Elghyn. A Valya siempre se le escapaba una carcajada al imaginarse a aquel hombretón tocando el sylph, una flautilla de madera de verdad pequeña.

      Valya dejó de escuchar en parte el relato de Korr, centrada en otros menesteres. Si todo iba bien, aquel día recuperarían la Perla Esmeralda, su propio barco. No se esforzó en corregir a Korr en el relato en voz alta, pero sí se vio en la obligación de recordárselo a sí misma: Zhetar no era su amor, ni mucho menos. Quizás sí que era cierto que el apuesto koltarés de vez en cuando calentaba su cama, pero era un traidor. A punto habían estado de perder algo más que el barco por culpa de Zhetar. En ese momento, el público dejó escapar un sonido de sorpresa cuando Korr contaba el combate entre Zhetar y Valya.

      La capitana salió a la noche, dejando atrás los aplausos del público. Korr llegaría lejos como contador de historias, pero ella estaba acabada como capitana si aquella noche todo volvía a torcerse. Se colocó la coleta en la que solía recoger su abundante melena pelirroja y se dirigió hacia las sombras del callejón. Allí, en las Islas del Verano, el tiempo parecía detenido en la estación estival y las noches siempre eran cálidas y, lo más importante, despejadas. Procuró que sus pasos apenas se escucharan en el silencio. Quizás habría sido mejor llevar a cabo ese plan a plena luz del día, cuando el puerto y todas las calles aledañas eran un hervidero de actividad y las voces de koltareses se mezclaban con las risas y gritos de los mercenarios de Kúrnik, de los mercaderes llegados de Kyokuto o la Liga de Hexia, por no hablar de los escandalosos ogros o los imponentes menaikos, aquellos humanoides de más de dos metros con grandes cuernos y pezuñas.

      Un reflejo al final del callejón la hizo detenerse. Tiró mano de su arma. Era la señal. Kiros la esperaba escondido. Ella, Korr el bárbaro y Kiros el kyokutés era todo lo que quedaba de una tripulación que había huido como las ratas en cuanto pudieron. Ya se veía el muelle y allí estaba su preciada hija de madera y velas, mecida en la suavidad nocturna del océano: la Perla Esmeralda. La vyorling arrugó el gesto al comprobar que hacía tiempo que Zhetar, o quien fuese, no mantenía el bonito color del casco del barco que ella se esforzaba tanto en mantener. Cuando cruzó la noche a la carrera, le hervía la sangre. A su lado, Kiros surgió de algún lugar oscuro, como buen mago de las sombras que era. Cruzó una mirada con ella y fue suficiente para lanzarse. Confiaba en Kiros como si fuera su propio hermano, así que ambos ascendieron por la rampa de la Perla Esmeralda al unísono y en silencio.

      Casi toda la tripulación o estaba en las tabernas del puerto o estaba dormida, y los únicos que hacían guardia pronto se vieron sumidos en la confusión cuando Kiros dirigió hacia ellos sus ilusiones. Valya apretó los dientes al reconocer a algunos antiguos miembros de su propia tripulación, pero pasó de largo. Recorrió aquel barco que se conocía como la palma de la mano y abrió de una patada la puerta del camarote principal, su camarote para ser exacto. Zhetar lo había convertido en sus aposentos y ahora olía a cerdo y a sudor. Estaba desierto.

      Salió con precaución, con su espada en la mano. Tuvo el tiempo justo de detectar algún movimiento por el rabillo del ojo y esquivar a duras penas un tajo dirigido a su cuello, que terminó en una fina línea de sangre desde su labio hasta su oreja.

      —¡Casi! —se quejó Zhetar mientras retrocedía—. Bueno, diría que siempre es atractivo y misterioso una cicatriz en la cara, pero es que no creo que sigas vivas al final de la noche, así que no te va a dar tiempo a lucirla.

      —¡Este es mi barco, ladrón, traidor! —rugió Valya mientras lanzaba una estocada.

      Zhetar la desvió con su famosa buena técnica. Por eso lo había reclutado en un principio, se lamentó Valya. Y por sus otras habilidades en la cama, la verdad.

      —Lo entregaste a cambio de la vida de esos dos inútiles, el mago y el bárbaro —sonrió Zhetar—. ¿Qué tal os va como ladronzuelos, por cierto? He oído que incluso a veces te han pagado por un revolcón, ¿son muy caras, tus tarifas, Valya?

      —¡Cállate!

      Se abalanzó de nuevo, esta vez ya en cubierta. Zhetar esquivaba o se defendía de sus tajos, sin ni siquiera molestarse en contraatacar. Se reía de sus intentos y la vyorling sentía la furia crecer a niveles insospechados. A su derecha, Kiros mantenía a raya con la oscuridad y las ilusiones a la tripulación, pero sabía que, si dejaba de hacerlo, tendrían problemas ellos dos solos para defenderse. ¿Dónde estaba Korr?

      Ese pensamiento la despistó y Zhetar aprovechó para lanzar una estocada directa a su abdomen, que Valya solo logró desviar hacia abajo, al menos, pero la punta del arma de su enemigo se clavó en el muslo. La sangre comenzó a manar.

      —¡Por la Madre de Todas, voy a acabar contigo! —gritó, aun por encima del dolor.

      —A ver si es verdad, Valya. Nunca me has ganado —Zhetar le dedicó una de sus sonrisas encantadoras.

      La capitana se inclinó un poco, apoyada en su pierna buena, y se impulsó con ella para avanzar con un corte desde abajo. Había visto algo escapar de las sombras de Kiros. Solo esperaba no equivocarse con ese «algo». Zhetar se hizo a un lado mientras aprovechaba que Valya se había desequilibrado al lanzar su ataque. La espada del pirata descendía directa a su hombro o nuca y Valya se tensó, preparada para el dolor.

      El sonido de astillas rotas y cuerdas partidas, como una melodía atípica, detuvo el ataque de Zhetar. Korr levantó de nuevo su kartaj, ya maltrecho, y volvió a estamparlo contra la cabeza del traidor. Zhetar se derrumbó, inconsciente.

      —¡Has tardado mucho! —se quejó Valya, apartándose.

      —¡No encontraba mi hacha! —respondió Korr—. Ahora me debes un kartaj nuevo.

      Valya soltó una carcajada, en parte para aliviar la tensión. Con la punta de la bota tocó a Zhetar, que todavía respiraba, pero con una herida en la cabeza que comenzaba a cubrir toda su sien de sangre.

      —¿Qué hacemos con él, capitana? —preguntó el bárbaro.

      Valya le dedicó un solo instante más a Zhetar.

      —Lánzalo al mar. —miró hacia Kiros, que respiraba con cierta dificultad después de mantener a raya a la tripulación a base de ilusiones y sombras—. Descansa, Kiros. El resto —miró a la tripulación de Zhetar—: juradme lealtad o largo de mi barco.

      Se giró, dispuesta a recuperar su barco, sus aposentos y su antigua vida. Escuchó el sonido del agua y apretó los labios. Algo en su interior también se había lanzado al fondo del mar en aquel puerto de las Islas del Verano. Quizás Korr no exageraba tanto al hablar de Zhetar y ella, al fin y al cabo.


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