DÍA
2 – PIRATA
—…entonces Valya, nuestra capitana
vyorling, alzó su espada y miró con sus ojos de hielo al traidor de Zhetar.
Estaba dispuesta a todo, incluso a acabar con la vida del que fue su amor. «¡Deja
a mi tripulación libre y tendrás lo que deseas!» dijo.
La propia Valya ocultó su gesto detrás de
una generosa jarra de cerveza. Quien narraba era Korr, un bárbaro del Caos de
su propia tripulación, tan aficionado a su hacha como las historias y al
kartaj, un instrumento de cuerda que siempre llevaba consigo. Korr solía
repetir que, algún día, cuando hiciera suficiente fortuna, dejaría los mares
para ir a estudiar a las escuelas de música de las colinas Elghyn. A Valya
siempre se le escapaba una carcajada al imaginarse a aquel hombretón tocando el
sylph, una flautilla de madera de verdad pequeña.
Valya dejó de escuchar en parte el relato
de Korr, centrada en otros menesteres. Si todo iba bien, aquel día recuperarían
la Perla Esmeralda, su propio barco. No se esforzó en corregir a Korr en el
relato en voz alta, pero sí se vio en la obligación de recordárselo a sí misma:
Zhetar no era su amor, ni mucho menos. Quizás sí que era cierto que el apuesto
koltarés de vez en cuando calentaba su cama, pero era un traidor. A punto
habían estado de perder algo más que el barco por culpa de Zhetar. En ese
momento, el público dejó escapar un sonido de sorpresa cuando Korr contaba el
combate entre Zhetar y Valya.
La capitana salió a la noche, dejando
atrás los aplausos del público. Korr llegaría lejos como contador de historias,
pero ella estaba acabada como capitana si aquella noche todo volvía a torcerse.
Se colocó la coleta en la que solía recoger su abundante melena pelirroja y se
dirigió hacia las sombras del callejón. Allí, en las Islas del Verano, el
tiempo parecía detenido en la estación estival y las noches siempre eran
cálidas y, lo más importante, despejadas. Procuró que sus pasos apenas se
escucharan en el silencio. Quizás habría sido mejor llevar a cabo ese plan a
plena luz del día, cuando el puerto y todas las calles aledañas eran un
hervidero de actividad y las voces de koltareses se mezclaban con las risas y
gritos de los mercenarios de Kúrnik, de los mercaderes llegados de Kyokuto o la
Liga de Hexia, por no hablar de los escandalosos ogros o los imponentes
menaikos, aquellos humanoides de más de dos metros con grandes cuernos y
pezuñas.
Un reflejo al final del callejón la hizo
detenerse. Tiró mano de su arma. Era la señal. Kiros la esperaba escondido.
Ella, Korr el bárbaro y Kiros el kyokutés era todo lo que quedaba de una
tripulación que había huido como las ratas en cuanto pudieron. Ya se veía el
muelle y allí estaba su preciada hija de madera y velas, mecida en la suavidad
nocturna del océano: la Perla Esmeralda. La vyorling arrugó el gesto al
comprobar que hacía tiempo que Zhetar, o quien fuese, no mantenía el bonito color
del casco del barco que ella se esforzaba tanto en mantener. Cuando cruzó la
noche a la carrera, le hervía la sangre. A su lado, Kiros surgió de algún lugar
oscuro, como buen mago de las sombras que era. Cruzó una mirada con ella y fue
suficiente para lanzarse. Confiaba en Kiros como si fuera su propio hermano, así
que ambos ascendieron por la rampa de la Perla Esmeralda al unísono y en
silencio.
Casi toda la tripulación o estaba en las
tabernas del puerto o estaba dormida, y los únicos que hacían guardia pronto se
vieron sumidos en la confusión cuando Kiros dirigió hacia ellos sus ilusiones.
Valya apretó los dientes al reconocer a algunos antiguos miembros de su propia
tripulación, pero pasó de largo. Recorrió aquel barco que se conocía como la
palma de la mano y abrió de una patada la puerta del camarote principal, su
camarote para ser exacto. Zhetar lo había convertido en sus aposentos y ahora
olía a cerdo y a sudor. Estaba desierto.
Salió con precaución, con su espada en la
mano. Tuvo el tiempo justo de detectar algún movimiento por el rabillo del ojo
y esquivar a duras penas un tajo dirigido a su cuello, que terminó en una fina
línea de sangre desde su labio hasta su oreja.
—¡Casi! —se quejó Zhetar mientras
retrocedía—. Bueno, diría que siempre es atractivo y misterioso una cicatriz en
la cara, pero es que no creo que sigas vivas al final de la noche, así que no
te va a dar tiempo a lucirla.
—¡Este es mi barco, ladrón, traidor! —rugió
Valya mientras lanzaba una estocada.
Zhetar la desvió con su famosa buena
técnica. Por eso lo había reclutado en un principio, se lamentó Valya. Y por
sus otras habilidades en la cama, la verdad.
—Lo entregaste a cambio de la vida de esos
dos inútiles, el mago y el bárbaro —sonrió Zhetar—. ¿Qué tal os va como
ladronzuelos, por cierto? He oído que incluso a veces te han pagado por un
revolcón, ¿son muy caras, tus tarifas, Valya?
—¡Cállate!
Se abalanzó de nuevo, esta vez ya en
cubierta. Zhetar esquivaba o se defendía de sus tajos, sin ni siquiera
molestarse en contraatacar. Se reía de sus intentos y la vyorling sentía la
furia crecer a niveles insospechados. A su derecha, Kiros mantenía a raya con
la oscuridad y las ilusiones a la tripulación, pero sabía que, si dejaba de
hacerlo, tendrían problemas ellos dos solos para defenderse. ¿Dónde estaba Korr?
Ese pensamiento la despistó y Zhetar
aprovechó para lanzar una estocada directa a su abdomen, que Valya solo logró
desviar hacia abajo, al menos, pero la punta del arma de su enemigo se clavó en
el muslo. La sangre comenzó a manar.
—¡Por la Madre de Todas, voy a acabar
contigo! —gritó, aun por encima del dolor.
—A ver si es verdad, Valya. Nunca me has
ganado —Zhetar le dedicó una de sus sonrisas encantadoras.
La capitana se inclinó un poco, apoyada en
su pierna buena, y se impulsó con ella para avanzar con un corte desde abajo.
Había visto algo escapar de las sombras de Kiros. Solo esperaba no equivocarse
con ese «algo». Zhetar se hizo a un lado mientras aprovechaba que Valya se
había desequilibrado al lanzar su ataque. La espada del pirata descendía
directa a su hombro o nuca y Valya se tensó, preparada para el dolor.
El sonido de astillas rotas y cuerdas
partidas, como una melodía atípica, detuvo el ataque de Zhetar. Korr levantó de
nuevo su kartaj, ya maltrecho, y volvió a estamparlo contra la cabeza del
traidor. Zhetar se derrumbó, inconsciente.
—¡Has tardado mucho! —se quejó Valya,
apartándose.
—¡No encontraba mi hacha! —respondió Korr—.
Ahora me debes un kartaj nuevo.
Valya soltó una carcajada, en parte para
aliviar la tensión. Con la punta de la bota tocó a Zhetar, que todavía
respiraba, pero con una herida en la cabeza que comenzaba a cubrir toda su sien
de sangre.
—¿Qué hacemos con él, capitana? —preguntó
el bárbaro.
Valya le dedicó un solo instante más a
Zhetar.
—Lánzalo al mar. —miró hacia Kiros, que
respiraba con cierta dificultad después de mantener a raya a la tripulación a
base de ilusiones y sombras—. Descansa, Kiros. El resto —miró a la tripulación
de Zhetar—: juradme lealtad o largo de mi barco.
Se giró, dispuesta a recuperar su barco,
sus aposentos y su antigua vida. Escuchó el sonido del agua y apretó los
labios. Algo en su interior también se había lanzado al fondo del mar en aquel
puerto de las Islas del Verano. Quizás Korr no exageraba tanto al hablar de
Zhetar y ella, al fin y al cabo.

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