Yeska
observó con infinita paciencia a la adolescente Ilena. Desde que había llegado
a su vida, sus días habían dejado de ser rutinarios, sencillos y simples. Aunque
Yeska vivía aislada del mundo en los espesos bosques de Kärtelm, en Kúrnik, le
gustaba su vida. Ella era una Bruja de Kragla y la gente de la población más
cercana, Tiro-Kar, la temía y respetaba a partes iguales, lo cual hacía que la
mayoría del tiempo pudiera estar tranquila en su porche moliendo hierbas medicinales
o preparando alguna poción. Sí, las Brujas de Kragla eran temidas: extrañas
mujeres que habían decidido apartarse del mundo y de la sociedad para vivir en recogimiento
con su diosa. Si le preguntasen a Yeska, la anciana habría dicho que casi nunca
es una elección. Si eres un bebé no deseado y tu madre se apiada de ti y te deja
a la puerta de una Bruja de Kragla, ella debe acogerte y criarte, así que
tampoco lo había elegido. Aun así, le gustaba su vida.
Una maldición murmurada por lo bajo escapó
de los labios de Ilena.
—Si la coges desde el tallo, no te
pincharás con las espinas… —recomendó Yeska—. O si te quitases ese guante,
quizás puedas manipular mejor las hojas.
Ilena le lanzó una mirada furibunda
por encima de su mortero. Yeska sabía en sus viejos huesos que había algo que
Ilena ocultaba desde el principio, y que tenía que ver con su guante en la mano
izquierda, que nunca se quitaba. Incluso dormía aferrada a esa mano, como si le
tuviera miedo.
—Puedo hacerlo sola —murmuró Ilena.
—No lo dudo, niña, y tendrás que
aprender a hacerlo sola si vas a vivir esta vida, pero por el momento me tienes
a mi —respondió Yeska.
Ilena le miraba como una de esas
criaturas salvajes y heridas que solía encontrarse por el bosque: temerosas de
más daño, ansiosas por un poco de ayuda. Yeska bajó la mirada al fetiche que
hacía en esos momentos, un pequeño atadillo que se parecía a una mujer, si uno
observaba la pequeña muñeca con buena intención y bastante imaginación.
Fingía estar muy concentrada, pero
la realidad es que observaba a Ilena y su desempeño en las hierbas. Tenía que
aprender a prepararlas si quería sobrevivir cuando ella no estuviera, y eso
podía ser en cualquier momento, dado su avanzado estado de salud y el invierno furo
e inclemente de Kúrnik. Ilena había llegado a punto de perder la vida hacía ya
casi un año. Tocó a su puerta, desesperada, posiblemente gastando sus últimas
fuerzas en pedir ayuda de forma silenciosa. En cuanto la vio, Yeska supo que tendría
sucesora.
Su cuerpo había sanado, salvo por
esa misteriosa mano que tan celosa guardaba, pero había heridas dentro que
Ilena no parecía dispuesta a compartir.
De repente, un grito de miedo trajo
a Yeska desde sus recuerdos al presente. Ilena se encontraba encogida sobre sí
misma y sujetaba su mano. El mortero había rodado y esparcido todo su contenido
alrededor. La muchacha lloraba. Yeska no dudó en levantarse todo lo rápido que
sus rodillas le permitieron y cruzar el espacio que las separaba.
—¡No! ¡No te acerques! —lloró Ilena.
Yeska no le hizo caso y se arrodilló
junto a ella. La muchacha envolvía con todo su cuerpo su propia mano.
—Ilena, ¿qué ocurre? —Yeska intentó
acariciar el pelo oscuro y liso de la chica, en un intento por calmarla—.
Déjame ver.
—¡No! —La adolescente la miró,
aterrada—. No quiero hacerte daño. Eres la única persona que me ha ayudado, no
puedo hacerte daño, a ti no… si lo ves me echarás, me tendrás miedo, como
todos, siempre…
—Mírame —Yeska alzó el rostro
surcado de lágrimas de la chica por la barbilla, con suavidad mientras le
secaba las lágrimas—. He vivido ya toda una vida, no voy a echarte de aquí.
Algo en sus palabras hizo que el
gesto de la joven cambiase un poco. Del terror a la desconfianza, y de ahí, a
que la esperanza anidase justo donde nacen las lágrimas. Despacio, Ilena relajó
un poco el cuerpo y entonces retiró el guante que cubría su mano izquierda. En
cuanto vio lo que ocupaba la palma de su mano, Yeska procuró hacer caso a sus
propias palabras y no asustarse.
Era una boca horrible, sin labios.
Una apertura amoratada en la carne de Ilena con una hilera de afilados y
serrados dientes arriba y abajo. Tras ellos, encías, lengua y saliva. Yeska
sintió un miedo absoluto y visceral. Aquella cosa podría devorarla, no tenía
dudas.
—Nací con esto. —Explicó Ilena—. Devora
carne, la necesita… y si no se la doy, duele y reclama hasta que es insoportable,
como si fuera mi propia hambre. Nunca se sacia, salvo si es carne humana.
Yeska no quería acercarse. El miedo sujetaba
cada una de sus extremidades al sitio para que no se moviera ni cometiese la
imprudencia de abrazar a Ilena. Dejó escapar el aire en un suspiro que se llevó
parte del terror y recogió el guante de la muchacha. Con delicadeza, se lo
devolvió.
—Si tiene hambre, le daremos de
comer —dijo Yeska, para sorpresa de la muchacha— Escúchame, Ilena: eres mi
compañera, una Bruja de Kragla, y sea lo que sea, voy a estar contigo.

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