viernes, 17 de noviembre de 2023

Día 17 - Espía

 


            Myoue solía ser muy cuidadoso con sus contactos, pero desde hacía un tiempo a esta parte todo se había descontrolado un poco. Sobre todo, desde que había conocido a Kei.

            Hacía años que había dejado atrás Liyuán, su ciudad natal, al norte de Kyokuto, para buscar una oportunidad mejor. Desde entonces, Myoue había sido capaz de apañárselas muy bien como informante. Consideraba que estaba entre los mejores: no tenía lazos en ningún sitio, nadie a quien amar o perder, nada con lo que extorsionarle si cometía un error. Si tienes un pasado en blanco, no hay nada que borrar en él. Trabajó para las mejores cortes de Kyokuto, sirviendo en la sombra a kirois que necesitaban informaciones veladas y susurros acerca de sus consejeros. Nunca se quedaba demasiado tiempo con ninguno de ellos. Solía cambiar de nombre y desaparecer sin más.

            Ahora, en mitad de la noche, sus pies descalzos caminaban con cuidado. No podía permitirse alertar a ningún habitante del palacete en el que se había colado. Allí dormía la familia del kiroi-tei de Kobara, nada menos. Posiblemente, se trataba del lugar más protegido de toda Kobara, pero esa idea no frenó a Myoue. Iba a conseguir lo que había venido a buscar, sin importarle el precio que tuviera que pagar.

            Sabía que la familia tiene un mago a sueldo, y por nada del mundo quería encontrárselo. Él era un espía, un informante, podía envenenar, secuestrar, engañar, quizás clavar alguna daga sin demasiadas pretensiones. Se le daba bien justo lo que estaba haciendo. ¿pero un mago? Llegado el momento, Myoue sabía que lo mejor sería correr.

            Un crujido hace que él y sus pensamientos se detengan. Escucha, con el corazón a punto de salirse por la boca. Los segundos pasan, pero no parece que sea nada. Le asusta el mago, sí, pero también las ancianas criadas cotillas, amantes furtivos o cualquiera que utilice el espacio vacío que queda entre la medianoche y la madrugada.

            Logra volver a ponerse en marcha. Una brisa suave despeja el cielo por momentos y la luna, acompañada de sus doce siniestras hermanas, ilumina el pasillo por el que se desliza. Sabe que es la puerta del final, que queda entreabierta. Traga saliva. Debe hacerlo por Kei, se repite. Escurre su mano hacia un frasco e impregna su mano de la poción que le ha costado tan cara, un potente somnífero a base de belladona de muerte. Con la otra mano aferra una daga.

            Llega hasta la cuna con dos amplios pasos. No duda en lo que va a hacer, aunque tampoco lo piensa. Procura no hacerlo. Cubre la boca de la niña con la mano impregnada y el bebé solo tiene tiempo de emitir un gorjeo similar al de un pajarito antes de caer profundamente dormida. No obstante, ese sonido tan sutil es suficiente para que la madre se despierte.

            Myoue alza a la niña en un movimiento rápido y apoya la daga en su cuello. No quiere mirar. No quiere ver la carne abrirse ni la sangre correr. De momento no lo hace, porque la madre, la esposa del kiroi-tei de Kobara, le observa con ojos de furia y el rostro blanco.

            —Deja a Kiara. Solo es un bebé —sisea la mujer.

            —Cállate, Shani —le espeta Myoue—. Devuélveme a Kei. Libéralo y nos iremos de aquí.

            Un fango espeso en forma de silencio cae entre ellos. Shani, la madre, parece querer cerciorarse de que su niña está bien y sus ojos van desde la pequeña al espía.

            —Está bien. Déjala en la cuna y daré la orden de que lo liberen.

            Myoue duda y maldice todas las risas del mundo. Él no duda. Él hace lo que debe hacer. Con un ostentoso movimiento lento y delicado, deja a la niña de nuevo en la cama mientras se pregunta si hacer aquello ha sido como firmar su sentencia de muerte. Da dos pasos hacia atrás.

            Y entonces ella grita.

            Myoue entiende que es el momento de echar a correr. 


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