Myoue solía ser muy cuidadoso con
sus contactos, pero desde hacía un tiempo a esta parte todo se había
descontrolado un poco. Sobre todo, desde que había conocido a Kei.
Hacía años que había dejado atrás Liyuán,
su ciudad natal, al norte de Kyokuto, para buscar una oportunidad mejor. Desde
entonces, Myoue había sido capaz de apañárselas muy bien como informante.
Consideraba que estaba entre los mejores: no tenía lazos en ningún sitio, nadie
a quien amar o perder, nada con lo que extorsionarle si cometía un error. Si tienes
un pasado en blanco, no hay nada que borrar en él. Trabajó para las mejores
cortes de Kyokuto, sirviendo en la sombra a kirois que necesitaban
informaciones veladas y susurros acerca de sus consejeros. Nunca se quedaba
demasiado tiempo con ninguno de ellos. Solía cambiar de nombre y desaparecer
sin más.
Ahora, en mitad de la noche, sus
pies descalzos caminaban con cuidado. No podía permitirse alertar a ningún
habitante del palacete en el que se había colado. Allí dormía la familia del
kiroi-tei de Kobara, nada menos. Posiblemente, se trataba del lugar más
protegido de toda Kobara, pero esa idea no frenó a Myoue. Iba a conseguir lo
que había venido a buscar, sin importarle el precio que tuviera que pagar.
Sabía que la familia tiene un mago a
sueldo, y por nada del mundo quería encontrárselo. Él era un espía, un
informante, podía envenenar, secuestrar, engañar, quizás clavar alguna daga sin
demasiadas pretensiones. Se le daba bien justo lo que estaba haciendo. ¿pero un
mago? Llegado el momento, Myoue sabía que lo mejor sería correr.
Un crujido hace que él y sus
pensamientos se detengan. Escucha, con el corazón a punto de salirse por la
boca. Los segundos pasan, pero no parece que sea nada. Le asusta el mago, sí,
pero también las ancianas criadas cotillas, amantes furtivos o cualquiera que
utilice el espacio vacío que queda entre la medianoche y la madrugada.
Logra volver a ponerse en marcha. Una
brisa suave despeja el cielo por momentos y la luna, acompañada de sus doce
siniestras hermanas, ilumina el pasillo por el que se desliza. Sabe que es la
puerta del final, que queda entreabierta. Traga saliva. Debe hacerlo por Kei,
se repite. Escurre su mano hacia un frasco e impregna su mano de la poción que
le ha costado tan cara, un potente somnífero a base de belladona de muerte. Con
la otra mano aferra una daga.
Llega hasta la cuna con dos amplios
pasos. No duda en lo que va a hacer, aunque tampoco lo piensa. Procura no
hacerlo. Cubre la boca de la niña con la mano impregnada y el bebé solo tiene tiempo
de emitir un gorjeo similar al de un pajarito antes de caer profundamente
dormida. No obstante, ese sonido tan sutil es suficiente para que la madre se
despierte.
Myoue alza a la niña en un
movimiento rápido y apoya la daga en su cuello. No quiere mirar. No quiere ver
la carne abrirse ni la sangre correr. De momento no lo hace, porque la madre,
la esposa del kiroi-tei de Kobara, le observa con ojos de furia y el rostro
blanco.
—Deja a Kiara. Solo es un bebé —sisea
la mujer.
—Cállate, Shani —le espeta Myoue—.
Devuélveme a Kei. Libéralo y nos iremos de aquí.
Un fango espeso en forma de silencio
cae entre ellos. Shani, la madre, parece querer cerciorarse de que su niña está
bien y sus ojos van desde la pequeña al espía.
—Está bien. Déjala en la cuna y daré
la orden de que lo liberen.
Myoue duda y maldice todas las risas
del mundo. Él no duda. Él hace lo que debe hacer. Con un ostentoso movimiento
lento y delicado, deja a la niña de nuevo en la cama mientras se pregunta si
hacer aquello ha sido como firmar su sentencia de muerte. Da dos pasos hacia
atrás.
Y entonces ella grita.
Myoue entiende que es el momento de
echar a correr.

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