viernes, 17 de noviembre de 2023

Día 17 - Espía

 


            Myoue solía ser muy cuidadoso con sus contactos, pero desde hacía un tiempo a esta parte todo se había descontrolado un poco. Sobre todo, desde que había conocido a Kei.

            Hacía años que había dejado atrás Liyuán, su ciudad natal, al norte de Kyokuto, para buscar una oportunidad mejor. Desde entonces, Myoue había sido capaz de apañárselas muy bien como informante. Consideraba que estaba entre los mejores: no tenía lazos en ningún sitio, nadie a quien amar o perder, nada con lo que extorsionarle si cometía un error. Si tienes un pasado en blanco, no hay nada que borrar en él. Trabajó para las mejores cortes de Kyokuto, sirviendo en la sombra a kirois que necesitaban informaciones veladas y susurros acerca de sus consejeros. Nunca se quedaba demasiado tiempo con ninguno de ellos. Solía cambiar de nombre y desaparecer sin más.

            Ahora, en mitad de la noche, sus pies descalzos caminaban con cuidado. No podía permitirse alertar a ningún habitante del palacete en el que se había colado. Allí dormía la familia del kiroi-tei de Kobara, nada menos. Posiblemente, se trataba del lugar más protegido de toda Kobara, pero esa idea no frenó a Myoue. Iba a conseguir lo que había venido a buscar, sin importarle el precio que tuviera que pagar.

            Sabía que la familia tiene un mago a sueldo, y por nada del mundo quería encontrárselo. Él era un espía, un informante, podía envenenar, secuestrar, engañar, quizás clavar alguna daga sin demasiadas pretensiones. Se le daba bien justo lo que estaba haciendo. ¿pero un mago? Llegado el momento, Myoue sabía que lo mejor sería correr.

            Un crujido hace que él y sus pensamientos se detengan. Escucha, con el corazón a punto de salirse por la boca. Los segundos pasan, pero no parece que sea nada. Le asusta el mago, sí, pero también las ancianas criadas cotillas, amantes furtivos o cualquiera que utilice el espacio vacío que queda entre la medianoche y la madrugada.

            Logra volver a ponerse en marcha. Una brisa suave despeja el cielo por momentos y la luna, acompañada de sus doce siniestras hermanas, ilumina el pasillo por el que se desliza. Sabe que es la puerta del final, que queda entreabierta. Traga saliva. Debe hacerlo por Kei, se repite. Escurre su mano hacia un frasco e impregna su mano de la poción que le ha costado tan cara, un potente somnífero a base de belladona de muerte. Con la otra mano aferra una daga.

            Llega hasta la cuna con dos amplios pasos. No duda en lo que va a hacer, aunque tampoco lo piensa. Procura no hacerlo. Cubre la boca de la niña con la mano impregnada y el bebé solo tiene tiempo de emitir un gorjeo similar al de un pajarito antes de caer profundamente dormida. No obstante, ese sonido tan sutil es suficiente para que la madre se despierte.

            Myoue alza a la niña en un movimiento rápido y apoya la daga en su cuello. No quiere mirar. No quiere ver la carne abrirse ni la sangre correr. De momento no lo hace, porque la madre, la esposa del kiroi-tei de Kobara, le observa con ojos de furia y el rostro blanco.

            —Deja a Kiara. Solo es un bebé —sisea la mujer.

            —Cállate, Shani —le espeta Myoue—. Devuélveme a Kei. Libéralo y nos iremos de aquí.

            Un fango espeso en forma de silencio cae entre ellos. Shani, la madre, parece querer cerciorarse de que su niña está bien y sus ojos van desde la pequeña al espía.

            —Está bien. Déjala en la cuna y daré la orden de que lo liberen.

            Myoue duda y maldice todas las risas del mundo. Él no duda. Él hace lo que debe hacer. Con un ostentoso movimiento lento y delicado, deja a la niña de nuevo en la cama mientras se pregunta si hacer aquello ha sido como firmar su sentencia de muerte. Da dos pasos hacia atrás.

            Y entonces ella grita.

            Myoue entiende que es el momento de echar a correr. 


jueves, 16 de noviembre de 2023

Día 16 - Japón

 


El día que el ogro Krom se adentró demasiado en aquellas ruinas fue el principio de su nueva vida. No supo cuántos años estuvo viajando por aquella tierra extranjera, pero sí supo que allí aprendió el verdadero significado del honor y, sobre todo, aprendió lo que significa ser samurái. Al atravesar el arco torii en una de las ceremonias a las que asistía, Krom supo que había vuelto a casa.

            No obstante, ya no era Krom. Su vida, y él mismo, habían cambiado lo suficiente como para necesitar ser esa otra persona en la que se había convertido. De esta manera, Kombucha Shishito comenzó a recorrer los caminos de Ashay, con su katana como única compañía y como verdadero recuerdo de lo que había vivido. Su objetivo era encontrar a seis ogros dispuestos a acompañarle. Los encontró y les enseñó el camino que él mismo había recorrido.

            Eran nómadas, apátridas y de vida austera. Kombucha Shishito los guiaba en el arte del combate con katanas y en el camino espiritual que suponía convertirse en samurái. No obstante, a pesar de todo, Kombucha seguía necesitando algo. Sabía que tenía todavía una misión que cumplir.

            La encontró al este de Kyokuto, en una pequeña aldea que lindaba con la provincia de Rélmor, en Kúrnik. Escucharon los gritos asustados de varias mujeres humanas, las carreras y los llantos. Kombucha se asomó con cierta precaución desde lo alto de una loma. Un grupo de bandidos se alejaba de la aldea, cargados con cestos y sacos de la cosecha. Miró a uno de sus compañeros, llamado Sushiroll.

            —¿Crees que es la oportunidad que estabas buscando? —preguntó el ogro samurái.

            Kombucha confiaba en su tranquilidad, salvo si se trataba de condimentos. Sushiroll había demostrado ser un experto en las artes culinarias, pero era muy reservado para compartir las recetas. La única vez que lo vio alterado fue cuando un enano intentó leer su libro de cocina.

            —Esa gente parece tener problemas con los bandidos kurnikienses —observó Kombucha—. Necesitarán ayuda, nuestra ayuda. ¡Katsudon! —miró al ogro que siempre estaba leyendo—. ¿Llevas el mapa de esta zona?

            Katsudon asintió y lo mostró con un gesto.

            —No parece que esa gente nos vaya a poder pagar salvo con licor —se relamió Tofu Mifuego.

            —Algún día centrarás la cabeza y dejarás de pensar en alcohol y mujeres —reprochó el ogro más viejo de la compañía, Miso Hibachi.

            —También hay honor en disfrutar de la vida —rio Tofu.

            Miso resopló, poco conforme, pero muy metido en su papel de samurái experimentado y anciano, aunque la realidad fuese que ni era tan anciano ni había combatido nunca.

            —Iré a hablar con el líder de la aldea —sentenció Kombucha. Miró a los otros ogros—. Vendrán conmigo Inabento y Kyu-Taco.

            Nadie cuestionó la decisión de su líder. Inabento era el más joven y el último en incorporarse al grupo. Era tímido, un poco inseguro, pero a la vista de todos estaba que Kombucha había visto algo en él, de manera que Inabento se había convertido en una especie de pupilo. Tampoco les sorprendió que Kyu-Taco Wasabi fuera con ellos. Era el mejor espadachín, con un manejo impecable de su arma. Era silencioso, fumaba mucho y reía poco, pero todos confiaran su vida sin dudarlo a Kyu-Taco.

            Los tres ogros atravesaron los campos de cultivo entre miradas de asombro y temor. Hacía poco que habían recibido un ataque de los bandidos, por lo que muchos sintieron que la desgracia había caído sobre ellos si ahora, además, les atacaba un grupo de ogros tan pintoresco como el que caminaba con parsimonia por las calles de tierra de la aldea. El líder de los kyokuteses, un hombre mayor sobrepasado por la situación, hizo de tripas corazón y recibió a Kombucha y sus dos acompañantes.

            Les habló del acoso de los bandidos. Llegaban y exigían pagos cada vez más altos, les saqueaban e incluso se habían llevado a algunos vecinos como esclavos a Kúrnik. La situación era insostenible, tenían hambre, miedo y estaban indefensos. Kombucha Shishito, lejos de sentirse preocupado por la situación, no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rechoncho rostro.

            —Nosotros os ayudaremos. Os protegeremos y os enseñaremos a defenderos de esos malnacidos bandidos —dijo Kombucha.

            El hombre le miró, sin entender. Eran tres corpulentos ogros, enormes, enfundados en aquellos ropajes tan extraños, pero solo tres, al fin y al cabo. Tragó saliva y se atrevió a expresar sus dudas.

            —Perdone, no quisiera… —el hombre dudó una vez más. Carraspeó—. Son solo tres, y ellos son más de una veintena de experimentados bandidos. Saben luchar.

            Kombucha Shishito dejó escapar una atronadora carcajada.

            —Somos los Siete Samuráis, sabremos qué hacer.


miércoles, 15 de noviembre de 2023

Día 15 - Carpe Diem

 


—¡Valor, honor, guerra!

            En lo alto de la muralla de la ciudad de Valyria, el grito del capitán Einar resonó aun por encima del fragor de la batalla. Para Silya fue como escuchar un sonido que le ancló a tierra, que le hizo sobreponerse al miedo que la paralizaba.

            Había visto muchas cosas en su vida mientras perteneció al gremio de cazadores de monstruos, pero ninguna como aquella. Una alianza de bárbaros del Caos de Xanaaq y Karahasán atacaban a Valyria con toda su ira, su furia y su violencia desmedida.

            Se apartó cuando un diablillo de Xanaaq descargó una bola de fuego justo encima de ella. Corrió entre el completo caos que suponían las murallas de la ciudad en ese momento. Llevó virotes a unas a las ballesteras que aguantaban, incansables, el frenético ritmo de disparo. Luego alguien la llamó desesperado y acudió al auxilio de un herido. Desde hacía un año atrás, cuando perdió la mano izquierda, había dejado de combatir, pero todavía podía servir a la causa de Valyria de otras maneras.

            Dejó al joven en manos de los sanadores, en las calles aledañas a las murallas y se dispuso de nuevo a subir. A su alrededor llovían flechas y bolas de fuego y, de vez en cuando, incluso alguna cabeza cortada que arrojaban los bárbaros con sus catapultas. Cuando aquello pasaba, Silya procuraba no mirarlas y centrarse en su cometido. Tosió mientras intentaba apagar un incipiente fuego y los ojos se le llenaron de lágrimas debido al humo, pero puso frenar lo que habría sido desastre.

Se permitió tomar aire a grandes bocanadas, algo mareada.

—¡Silya! —a su lado, Rúndebol la agarró del brazo cuando una flecha pasó demasiado cerca.

Su amigo, su gran compañero de vida, la miraba, algo preocupado. Él parecía tener una ceja partida y muchas cenizas adheridas al sudor que cubría su rostro, pero poco más.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró Silya.

Él asintió y miró hacia abajo, donde los bárbaros del Caos cercaban la ciudad, como decididos a que debían sacudir cada una de sus piedras hasta los cimientos. Por el momento, una vez más, parecía que la ciudad aguantaría los embates de los arrasadores de Xanaaq, grandes y simiescos, con sus cuatro brazos como troncos, y al fuego de los diablillos o los balgur que trataban de cruzar el foso y escalar la muralla.

Pero no estaba segura de que fueran a poder aguantar lo que se abría paso más allá. Bajaba por los riscos como si aquellos afilados picos no significaran nada para él. Los desmembradores de Karahasán blandían sus látigos, hechos con las columnas de sus enemigos, atravesando las filas de sus propios aliados para llegar hasta la muralla… pero eso no era nada con el amasijo temible de muerte, sangre y músculo que venía tras ellos por la ladera empinada de las cumbres. Era gigantesco, un cúmulo de carne enrojecida y sangrante con tantos pies, manos y extremidades armados con todo tipo de armas afiladas, cortantes y punzantes que era imposible saber dónde comenzaba el demonio y dónde lo hacía el rastro de destrucción que dejaba a su paso, incluso entre los suyos. Era peor, incluso: incorporaba a su macabro cuerpo las armas y extremidades de aquellos a los que arrasaba, incrementando cada vez más su sanguinario aspecto. Otro de aquellos seres descendió por el otro flanco, por los picos nevados de las cumbres que rodeaban la ciudad de Valyria.

—Son karahasánkiros —escupió Rúndebol.

—Hay que avisar al capitán Einar o a la reina Vala —Silya retrocedió un par de pasos—. Aguanta.

Rúndebol le miró un solo instantes. Quizás, en otro lugar, ambos habrían decidido huir juntos y ponerse a cubierto, pero no allí, en Valyria. Habían nacido para aquello, habían aprendido a combatir y a defender su ciudad con cada una de las fibras de su ser, así que Rúndebol y Silya solo compartieron una última mirada antes de separarse. Si aquel día era su último día, Silya estaba dispuesta a vivirlo hasta el último momento, en un carpe diem cuyo único objetivo sería salvar la mayor cantidad de vidas de valyrios posible.

Tenía que encontrar al capitán Einar antes de que fuera demasiado tarde.


martes, 14 de noviembre de 2023

Día 14. Juicio

 


Itria, la ciudad de la Luz y capital de Levenia, acogía aquel día uno de los juicios más multitudinarios que se recordaban.

La gente se había congregado en la plaza desde temprano, que quedaba custodiada por el Gran Templo y, sobre todo, por la Gran Torre de Luz que se elevaba por encima de toda la gente congregada y todos los tejados de la ciudad. La enorme torre iluminaba constantemente desde su cénit, por lo que en Itria nunca había sombras, nunca era de noche. Ni siquiera se podían construir edificios altos que provocasen una mísera sombra.

Resignado, Dálibor esperaba en el estrado, maniatado a una de las siete columnas de mármol que exhibían macabras marcas oscuras, testigos de lo que iba a ocurrir. ¿Su crimen? Alimentarse de algo más que fruta y semillas. Había logrado comprar de contrabando a unos comerciantes de Elhgyn una generosa cesta de vidaraíz. Ni siquiera era carne o pescado, solo vidaraíz. Tenía que admitir que había sido todo un placer comerla asada y degustarla a cucharadas en secreto, junto a sus amigos Biel y Jurian, pero alguien los había delatado ante el clero y ahora se encontraba a la espera de un juicio del que ya sabía el resultado.

Tampoco culpaba a ese vecino. Si uno delataba a alguien, en Levenia era fácil congraciarse con el clero del Espíritu de la Luz, y eso significaba que tu vida podía mejorar de un día para otro. El estómago le dio un vuelco al reconocer entre la multitud los rostros de sus amigos: Biel, la muchacha de ojos verdes y el pelo negro como la noche; y Jurian, el rubio espigado. Estaban juntos y le hicieron algún tipo de seña que solo preocupó un poco más a Dálibor. ¿Iban a liberarlo? No concebía cómo, siendo dos humanos normales y corrientes, como él.

Un aplauso recorrió al público y el fervor recorrió los rostros de los asistentes. Un devali surgió ante el Gran Templo y todos agacharon la cabeza. Aquel representaba al levani Kalel, la justicia, y avanzaba con su túnica plateada que cubría incluso su rostro con un velo. En su mano derecha portaba una guadaña de luz. Tras él, un sacerdote caminaba dos pasos por detrás mientras hablaba:

—¡Si coméis frutos de la tierra, animales, o peces, devoráis la Luz del Espíritu! —dijo, a pleno pulmón.

Ahí estaba su condena.

—¡No era vidaraíz de Levenia! —gritó Dálibor, dispuesto a morir, pero con el orgullo intacto—. ¿Se considera entonces también un crimen?

El sacerdote se puso rojo de furia.

—¡La Luz del Espíritu ilumina todo el mundo, aunque ellos no lo sepan, infiel!

Dálibor resopló. El devali subió al estrado. Al hacerlo, su túnica apenas se movía, y cuando lo hacía, parecía plata líquida deslizándose en el aire. Dálibor buscó con la mirada a sus amigos, algo más desesperado que hacía unos instantes, pero no los encontró.

El verdugo se colocó a su lado, a la espera de la orden final. Los ojos de Dálibor se posaron en la guadaña de luz. Ya había visto a gente morir bajo aquella arma: dejaba una estela de luz y era limpio, sin sangre. El cuerpo desaparecía sin más, entregado al Espíritu de la Luz.

De pronto, una exclamación de sorpresa y miedo recorrió al público. En la plaza del Gran Templo, a los pies de la Gran Torre de Luz, había sombras, y eso era algo inaudito. Las sombras avanzaban hacia el público, que estalló en pánico y comenzó a correr hacia los callejones.

Dálibor sintió un movimiento a su espalda. En concreto, supo que alguien lo desataba.

—A mi señal corre conmigo —susurró Jurian a su espalda.

Antes de que Dálibor fuera capaz de preguntarse cuál sería la señal, su vista se enfocó en el centro de las sombras que se acercaban a la multitud. Era Biel.

¿Biel era una maga de las sombras? ¿Cómo era posible? Los mataban a todos, incluso desde recién nacidos, si se detectaba magia de sombras.

—¡Ahora!

Jurian gritó y Dálibor no lo pensó más. Se giró, saltó de la tarima y echó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitían, sin mirar atrás.


lunes, 13 de noviembre de 2023

Día 13 - Robo

 


Un tiempo después de ese día, si se le preguntaba a cualquiera de los tres pícaros, contarían que aquel fue un robo premeditado, estudiado y ejecutado a la perfección. La realidad es que nunca he visto a nadie recoger monedas al vuelo mientras corre con tanta habilidad como a Tristán.

Comenzaremos por el principio. Aquella era una mañana soleada de invierno en la ciudad de Yulara. Uno esperaría que ante el golpe que se avecinaba, los ladrones esperasen al amparo de la noche y la oscuridad, pero como digo, aquel no fue un golpe demasiado planeado. Así que ahí están, nuestros tres protagonistas: Tristán, el semi elfo de lengua larga y manos aún más largas; Cordelia, segunda al mando de un barco «mercante», con amor por el mar, pero más amor todavía por lo ajeno; y Kyo, un huérfano que ha crecido entre ladrones y ahora va a poner en práctica todo lo aprendido. En esta escena también necesitamos a una cuarta persona, el bárbaro del Caos Halvurf Colmillopartido, un hombre de pocas palabras y aún menos luces, aunque las pocas que tuvo las supo emplear de maravilla aquel día.

Un chivatazo les hizo ponerse en marcha. La delegación de Beria, la nación de prestamistas, banqueros y gente muy adinerada en general iba a quedar con menos vigilancia de la habitual. No supervisaron la zona, ni establecieron una vigilancia, no. Se lanzaron tras haber intercambiado una mirada y decidido el golpe de la siguiente manera:

—¿Lo hacemos? —sonrió Tristán.

—Lo hacemos —afirmaron Cordelia y Kyo al unísono.

Tuvieron la decencia de admitir que necesitaban una distracción, al menos, así que sus tres miradas de pícaros algo avariciosos se posaron en la alta figura de Halvurf. Un momento después, Halvurf se acercaba a la puerta de la delegación de Beria. Se trataba de un edificio imponente, con un muro alto rodeando la construcción y las banderas de Beria ondeando, orgullosas, en lo alto de lo que parecía ser la planta principal. Ante la pesada puerta de madera, un par de guardias asistía al ajetreo de aquella mañana con evidente hastío. Sus compañeros estaban en quehaceres más entretenidos, como asistir a una boda, mientras ellos aguantaban estoicos el sol en la cara y el aburrimiento. Por eso, cuando Halvurf se acercó con paso seguro y una sonrisa un tanto forzada en su rostro ambos se removieron, como despertándose un poco del letargo en el que se habían sumido.

—Perdonen, caballeros —saludó el bárbaro con toda la delicadeza que era capaz de usar—. Estoy interesado en buscar trabajo, y dado mi principal ocupación, que es pelear, me preguntaba si tendrían un puesto vacante entre sus filas como guardias de Beria.

En este punto, permitidme que pare de escribir para reírme. Por favor, que nadie se imagine realmente a Halvurf así: él jamás diría una frase de más de cinco palabras, pero esta es una narración (al menos esta parte) de oídas, así que me veo en la obligación de imaginar que comparto aventuras con alguien más avezado que un bárbaro incapaz de hilar una frase con otra.

Retomemos la historia. En este punto, los guardias de Beria observan a Halvurf, a quien tienen que mirar hacia arriba, un tanto sorprendidos. Tras los setos que adornan algunos palacetes y casas de comerciantes cercanas al puerto, Kyo, Cordelia y Tristán esperan su oportunidad.

—Las pruebas fueron hace poco —responde uno de los guardias, quizás un poco de mala gana—. Puedes probar suerte el próximo año.

—Por supuesto —responde Halvurf, seguro de sí mismo—, pero a usted, ¿le viene de vocación? ¿Hace falta algún ancestro dentro de los guardias de Beria o puedo presentarme?

A estas alturas, los guardias de Beria consideran que se trata de una cuestión de honor y se ven en la obligación de responder a aquella pregunta con algo de indignación. No se trata de influencia familiar, se han ganado tal puesto con sus propios méritos. Kyo ve la oportunidad y, con los dos guardias dándole la espalda, fuerza la puerta de entrada. Con un gesto apenas imperceptible, Cordelia y Tristán entienden y pasan tras él.

Dentro todo está en calma. Normalmente, la delegación de Beria es un ir y venir de gente, un ajetreo constante, pero esa mañana está más tranquilo y casi no hay guardias o trabajadores, con todo el mundo asistiendo a una de las bodas más esperadas y, todo sea dicho de paso, comentadas de los últimos años en la ciudad. Se deslizan por los pasillos, cautos al principio, más descuidados conforme descubren que no hay apenas vigilancia.

Imaginan que el tesoro está abajo, así que comienzan a descender.

—¿Cómo vamos a entrar en la cámara del tesoro? —susurra Cordelia, con algo de sensatez.—Dicen que tiene protecciones rúnicas y magia a la altura de un archimago de Kyodaina-Hon…

Tristán se gira, algo escandalizado.

—¿Quién ha dicho que vayamos a entrar en la cámara del tesoro? —y su sonrisa se ensancha cuando sus ojos expertos ven el brillo dorado de unas coronas en una de las salas—. Ahí están.

Al acercarse, Kyo los retiene con un gesto repentino y los tres contienen el aliento. Hay dos guardias a la entrada de esa sala y parecen dormidos. Si alguno de ellos se hubiera detenido a escuchar con atención su respiración acompasada, quizás se habría dado cuenta que no es ni tan profunda ni tan acompasada como debería, pero el caso es que se mantienen inmóviles, como sumidos en un sueño un tanto extraño, si es que están dormidos. Ninguno de los pícaros se plantea otra opción más que su buena suerte.

—Yo los vigilo, pasad vosotros —susurra Kyo.

Cordelia y Tristán asienten. El huérfano se queda oculto tras la esquina, vigilante. Los otros dos pasan, ahora sí con algo de decente silencio, a la sala donde han visto las monedas. A juzgar por los tabardos, las armas y los restos de comida y bebida de la mesa, debe ser el lugar donde descansan.

Ahí, en el centro de la mesa, se encuentra una caja repleta de coronas. Incluso hay algunas desparramadas por la mesa, que Cordelia se apresura a guardar en sus bolsillos. Tristán se hace con la caja, que casi no puede ni cerrar, dado el volumen de oro que contiene. Saquean todo aquello que se considere de valor, e incluso Cordelia da un trago a la botella de vino de Poxis que había abierta, triunfal. Luego, salen de allí.

Kyo los sigue con la mirada y se pregunta cómo es posible que los guardias no se despierten con el ostentoso tintinear de monedas en los bolsillos y la caja de Cordelia y Tristán. Cuando ve que han salido al pasillo, Kyo se les une.

Fuera, Halvurf continúa con sus tediosas preguntas acerca del procedimiento para formar parte de la guardia de Beria. Los guardias no se han movido, siguen de espaldas a la puerta. Dentro, Cordelia, Kyo y Tristán ya vislumbran la salida. Aprietan el paso de forma inconsciente, con el corazón apretando contra el pecho de cada uno de los tres. Su impaciencia, y algo de imprudencia, les hace echar a correr en cuanto pasan por detrás de los guardias, de forma totalmente innecesaria.

Corren como nunca lo han hecho, cargados de monedas y oro. Corren como si les persiguiera toda una orden de caballería enfurecida, pero la realidad es que terminan corriendo entre los asistentes a la dichosa boda, que salen en ese momento a la calle. Ahí es cuando los encuentro yo, justo instantes después de cruzar una mirada con Mochimaru, nuestro compañero mago. Me mira con cierta sonrisilla y un gesto de orgullo y enseguida entiendo por qué cuando su mirada se desvía hacia las tres figuras que corren.

—¡Que las sombras me lleven! —exclamo, intentando apartarme para que Cordelia no me atropelle en su huida—. ¿Qué ha…?

Pero las palabras se ahogan en mis labios en cuanto veo las monedas volar a su paso. No sé cómo, no me preguntéis qué tipo de habilidad es esa, pero Tristán logra recogerlas al vuelo antes de que toquen tierra, o antes de que cualquiera de los invitados a la boda decida apropiársela. Halvurf se despide amablemente de los guardias de Beria y regresa a continuar su charla con Mochimaru.

Atónita, me resigno a otra temporada donde quizás no podemos volver a pisar este puerto. Veo a Cordelia, Kyo y Tristán desaparecer entre las calles de Yulara y no puedo evitar sonreír, divertida y, por qué no, un poco orgullosa de ellos tres.

Tendré que poner esta historia por escrito, pienso mientras regreso junto al resto.

Merle Vuelocuervo,


Dedicado a los tres intrépidos pícaros de Cormyr: Tristán (Jose), Cordelia (Sandra) y Kyo (Álex),

Y a Dracs i Espases por hacer realidad esta aventura que aquí se narra.


domingo, 12 de noviembre de 2023

Día 12 - Festival

 


Ese año, la ciudad de Aríbaro lucía espectacular. No sólo era el empeño de todos sus habitantes por ofrecer sus mejores galas, por adornar las fachadas o adecentar rincones que en el día a día solían dejarse de lado. Era la luz, que brillaba en ese día de primavera con una tonalidad especial, dorada y cálida. Se filtraba entre las decoraciones por el Festival de las Flores provocando una explosión de tonalidades como nunca había visto.

            Descendió del barco con la garganta seca y el corazón que dolía, incluso, de tan rápido y fuerte que retumbaba en su pecho. Se obligó a serenarse mientras recorría el muelle. Palpó su bolsa y encontró que la máscara había quedado al fondo del todo, así que se paró en mitad del puerto para sacarla. No podía ir sin ella.

            —¡Eh, cuidado! —un ogro lo esquivó a duras penas, de tan de repente que se había parado.

            —La gente se vuelve loca en estas fiestas, no se puede ir por la ciudad… —se quejó un enano que acompañaba al comerciante ogro.

            Por un momento, sintió cierta rabia crecer en su interior. Estaba nervioso, no había querido importunar a nadie, y mucho menos que le increpasen en mitad del puerto. Dejó salir el aire mientras observaba la máscara.

            Era de una factura delicada, hecha por uno de los mejores artesanos de la ciudad de Aura. Casi parecía una pieza de orfebrería, con sus ribetes dorados en forma de volutas que se diluían en finos hilos de oro. El resto era de blanco marfil con detalles repujados en plata y delicados trazos de pintura lapislázuli, que quedaban en perfecta conjunción con sus extraños ojos violetas. La máscara cubría sus ojos y su nariz, dejando la parte inferior del rostro al descubierto, pero era suficiente para no llamar la atención y, sobre todo, para no ser reconocido hasta que llegase el momento.

            Se alejó de la algarabía del puerto de Aríbaro en busca de las casas engalanadas con flores. Sin importar el estatus social o lo adinerado o no de la familia, durante aquella fiesta, si una familia engalanaba la fachada de su casa con todo tipo de flores significaba que su hogar quedaba abierto a todo aquel que llevase máscara, y los tabúes, tan habituales entre la alta sociedad ligahexiana, desaparecían durante los dos días que duraba el Festival de las Flores.

            No tardó en encontrar la primera casa. Echó los hombros hacia atrás, adoptó su mejor sonrisa y se internó en un mar de personas perfumadas y enmascaradas, en un torbellino de copas de vino y licores que no probó, en el aroma, por encima de todo eso, de algo que le atraía mucho más, el peculiar aroma de la sangre humana.

            Bailó con cada dama o caballero que se lo pidió, hasta descubrir que no eran la persona que buscaba. Entonces, se adentraba en otra morada y el espectáculo volvía a comenzar. Recorrió, fugaz, alguna cama en tal de encontrarla; pero la noche caía y se encontraba cada vez más desesperado.

       —Parece que estás perdido —bromeó una muchacha al verlo en uno de los porches.

            Era muy joven, vestida con un discreto vestido de mangas infinitas y escote provocador. También llevaba máscara: un exquisito trabajo de pedrería de Poxis y tela de las sombras de la lejana tierra de los rízaks. Le miraba con las mejillas encendidas y la diversión en los ojos. Él no dijo nada, poco dispuesto a hablar con una desconocida. Si el viaje había sido en vano, si nunca volvía a encontrarla… Se dejó caer en el primer escalón, dispuesto a quitarse la máscara de una vez.

            —Venir hasta aquí ha sido una tontería —se quejó él en voz baja—. Debería abandonar esta búsqueda inútil.

            Comenzó a desatar el lazo que sostenía su máscara. Si se la quitaba, ya no sería uno más en el Festival. Iría al puerto y buscaría el primer barco que regresase a Coeli al amanecer. Unas manos suaves se posaron sobre sus dedos que deshacían el lazo. La muchacha sonrió tras la máscara y volvió a hacerle la lazada, sin decir nada. Luego, se colocó delante de él y se acuclilló con gracia mientras recogía el vestido para estar a su altura.

            Los ojos de ella, de un color ámbar amarronado bastante normal, se enredaron con los violetas de él.

            —He esperado mucho tiempo para encontrarte —sonrió la muchacha.


sábado, 11 de noviembre de 2023

Dia 11 - Pacto

 


            Hebet miraba con cierta admiración y orgullo el carromato que habían dejado en las puertas de las catacumbas. Todavía no había asomado el sol, así que era pronto para ir a recoger los cadáveres, por lo que Hebet se permitió disfrutar un poco más de sus momentos de tranquilidad antes de comenzar el día.

            Como nigromante, Hebet no podía quejarse de la buena vida que tenía. Se inclinó junto a los otros sacerdotes de Narzek ante la representación de su dios: un humano cuya cabeza solo era la calavera, ataviado con una pesada mortaja raída, con un par de alas horrendas desplegadas, similares a las de un murciélago. En sus brazos portaba a una niña de aspecto inocente y cándido. Las dos caras de la muerte: el primero, la muerte horrible e inesperada; la pequeña, la muerte piadosa, aquella dulce y natural después de una vida próspera, la de los infantes también.

            A su alrededor, Hebet se unió a los cánticos de la ceremonia. Se inclinaron hacia Narzek y estiró ambos brazos, con las palmas hacia arriba.

            «Cuando muera, será en tu seno», recitó Hebet.

            Una copa pasó de mano en mano y de sorbo en sorbo en sorbo hasta llegar a ella. Hebet, como cada día desde que naciera, bebió de la Sangre de Narzek, que preparaba sus cuerpos para cuando muriesen. Los embalsamaba en vida, poco a poco, y permitía a nigromantes como ella conservar de manera pulcra y ordenada los cadáveres en las catacumbas bajo la ciudad. Formaba parte del pacto con su dios Narzek. Él los protegía y ellos ofrecían sus cuerpos para la no vida posterior.

            Terminada la ceremonia, Anzeris se le acercó, su amigo de toda la vida. Habían crecido juntos y, juntos también, habían compartido su formación como nigromantes en el templo. Él era mucho más habilidoso que ella, pero también más inseguro, así que al final, Hebet sentía que estaban a la par. Percibió algo en su mirada, pero no supo bien identificar el qué.

            —Hebet, ¿te diriges a preparar las momias? —preguntó mientras caminaba junto a ella.

            Recorrían un largo pasillo abovedado, oscuro y frío, iluminado tenuemente por algunas antorchas del todo insuficientes.

            —No, hoy me encargo de recibir los nuevos cuerpos y prepararlos para su reanimación —respondió Hebet, sin darle más importancia—. Si no me equivoco, se necesitan remeros para los barcos y se van a enviar medio centenar.

            —Sí, eso he oído…

            Anzeris desvió un momento la mirada, dudoso. Hebet arrugó el gesto, algo extrañada. Su amigo siempre dudaba de todo, pero hoy parecía rondar algo sin atreverse.

            Hebet se detuvo cerca de la entrada de las catacumbas. Fuera, tras la reja, se escuchaba el sonido de una ciudad atestada de ciudadanos, llena de vida. Comerciaban, aprendían, servían, cada uno su función según su sino. Cerca de ellos, el carro que la esperaba, con cerca de una veintena de cuerpos envueltos en mortajas.

            —Anzeris, ¿ha pasado algo?

            Por un momento, Hebet temió haber metido la pata. Miró a su amigo y luego al carro. Procuró serenarse. Quizás había muerto alguien muy cercano y estaba en ese carromato, lo cual tampoco era una mala noticia. Más allá de sus tierras, la gente pensaba que la muerte era el final, pero para ellos solo era como la noche al día, como la luna al sol. Una cuestión de equilibrio, nada más. Los muertos de los Servidores de Narzek seguían sirviendo aún después de la muerte, no había nada malo.

            Al ver que Anzeris no decía nada, ni tampoco se iba a sus labores habituales, Hebet perdió la paciencia y se dispuso a descargar el primero de los cuerpos, una mujer joven. Anzeris la detuvo, agarrándola del codo.

            —¡Espera! —el chico tragó saliva—. Antes de que te pongas a ello, hay algo que quiero decirte.

            —Hoy estás muy raro —protestó Hebet—. Sea lo que sea, dilo ya porque si no me voy a retrasar en preparar los cuerpos…

            —Me gustas —le interrumpió Anzeris.

            Hebet guardó silencio, sorprendida. Dejó el cuerpo que ya había comenzado a cargar para ponerlo en uno de los nichos. Suspiró, pero se le escapó una sonrisa involuntaria.

            —Ya lo sabía.

            —¿Ya lo sabías? —Anzeris le miró, blanco como el tipo que yacía muerto en el carro a su derecha.

            Hebet se acercó un poco a él y, en un gesto que habían hecho un centenar o miles de veces, le cogió de la mano y entrelazó sus dedos antes de volver a soltarle.

            —Si quieres, podemos cenar juntos está noche, en mi casa —propuso ella—. ¿vale?

            El rostro de Anzeris se iluminó un poco y asintió, antes de que Hebet le hiciera un gesto. Había que trabajar. Él sonrió algo torpe y soltó su mano. Hebet se giró, dispuesta a descargar de una vez los cuerpos mientras pensaba en qué eran todas aquellas mariposas en el estómago, cuando oyó en el pasillo el estrépito de huesos cayendo. Sin poder evitarlo se le escapó una carcajada, porque tenía la certeza de que Anzeris, torpe como él solo, había tropezado con alguno de los esqueletos del templo.


jueves, 9 de noviembre de 2023

Día 10 - Teatro

 


El Teatro de los Sueños de Aríbaro estaba sumido en el silencio. Era una calma distinta a la que precede a que el primer actor aparezca por primera vez en el escenario, diferente a cuando el telón se baja y, por un momento, el público debe asimilar que la función ha terminado.

            Aquel era un silencio incluso acogedor para Abraxis. El patio de butacas estaba desierto, algo insólito. Mientras, paseaba con relativa calma hacia el escenario mientras procuraba memorizar el aroma de cada una de las motas de polvo que levantaba al pasar.

            Subió al escenario con un salto ágil. Era el último actor en incorporarse a la compañía. Un escalofrío de vértigo y entusiasmo le recorrió. Ese era su momento, el de ensayar ante un público tan silencioso como inexistente la gran declama final de la obra que estrenaban esa misma noche, llamada «El Teatro del Mundo», esa con la que se jugaba pertenecer al aclamado gremio de actores o no.

            Inspiró aire durante unos eternos segundos, dejando que cada fibra de su ser recordase esas palabras que ya formaban parte de él. Exhaló mientras se preparaba para proyectar la voz hacia el murmullo apagado de los asientos vacíos.

            Con voz alta, clara y tan fuerte como su amor por el teatro, Abraxis comenzó:

            «Dicen que el mundo es el Teatro Sagrado. Que las tablas, el suelo, la luz que me ilumina ahora, la brisa que revolotea en el abrazo, los sueños dormidos esperando a la noche; todo, forma parte del Escenario. Ese lugar donde se creó todo, incluso esos dioses a los que adoráis y a los que rezáis.

            «Cuentan que El Escenario es la vida, que pasa y que pesa, que sueña y que se desvela. En ella, en estas mismas tablas que ahora piso, el mundo fue creado y en él, Yan fue el primero de los Grandes Actores Recordados. Con su risa espanta al llanto y con sus enredos crea las tramas que dominan nuestra existencia, a veces de una forma innecesaria e incesante; otras mientras suceden grandes periodos de hastío y descontento; a veces, de dicha, donde uno mira por encima de su hombro, sospechando que esa risa sea la del Dios Loco, que ha venido a liar la vida con su madeja.

            «Otros Grandes Actores Recordados encontraréis formando parte de la Gran Compañía de Teatro, pero no todos son bienvenidos. En el principio de la temporada, El Escenario dio la bienvenida a los Doce Dioses del Caos. Solo trajeron el desorden a esta Compañía, y nada más. Tristeza, envidia, temor y sueños rotos quedan fuera del Teatro y, así, El Escenario expulsó a los Doce Dioses del Caos de la Gran Compañía.

            «Vosotros, sí, vosotros, que ahora me miráis mientras hablo, que me escucháis mientras paseo por el Escenario, que me leéis mientras escribo, sois como yo. Actores de una obra más elevada, escrita por los Dioses. Nuestro guion está guardado y custodiado y todo está dicho, por lo tanto, que la dicha invada tu vida ¡pues ya está todo escrito! ¡Oh, cuidado! Yan puede abrir tu libro en cualquier momento y cambiar alguna línea.

            «Quizás a un amor no correspondido.

            «O puede que a un encuentro fortuito en el momento y lugar precisos.

            «Tal vez nada, que solo abra tu libro, lea tu vida y decida dejarla tal como está. Quizás, si el dios Yan decide hacer eso, no quieras saber el drama que se avecina. O las risas.

            «Hoy, ahora, defiendo a través de estas palabras aquello que todos compartimos: los Sueños. En el Teatro de los Sueños os despido y os deseo, ante todo, que cada una de vuestras esperanzas se convierta en recuerdo algún día, porque significará que así estaba escrito».

            Un aplauso ruge en la sala. El pecho de Abraxis sube y baja, apresurado, aferrado todavía a las palabras que han salido de su garganta arañándola un poco. Cree que a veces la voz le ha flaqueado, en ocasiones se sentía sin aliento. Tendrá que ensayar más. El público sigue su aplauso, más fuerte si cabe. Abraxis logra parpadear y se da cuenta de que está solo en el Teatro de los Sueños de Aríbaro, en su ensayo.

            Los aplausos cesan, poco a poco, mientras el confuso joven camina unos pasos hacia el borde del escenario porque cree que ha visto a alguien en el desierto patio de butacas, pero con el contraluz de las lámparas no lo distingue. Se tapa el resplandor con una mano y descubre que no hay nadie.

            Solo una risa, que parece provenir del escenario mismo y del mundo que le rodea, y que se apaga mientras su respiración se calma


Día 9 - Mazmorra

 


La mazmorra era como una hendidura terrible y oscura en la tierra, el mordisco de un monstruo enorme que había dejado una cavidad que las sacerdotisas de Elara habían hecho suya con el paso de los siglos.

            Aquel lugar, en el corazón de Anapat, en Kol-Tara, había sido la perdición para los dos ladrones que ahora se encontraban en plena huida. Contra lo que pudiera uno pensar, no era una huida precipitada, llena de carreras. Ambos se movían de sombra en sombra, con el corazón latiendo desbocado a cada segundo un poco más. Por el momento, todo era tranquilo.

            Álad miró hacia atrás por encima de su hombro para asegurarse de que su aprendiz, Siro, lo seguía. Era un joven imberbe, todavía con más ilusión que habilidad, pero aprendía rápido y, sobre todo, estaba bajo la protección de Álad, así que el maestro no estaba dispuesto a que la andadura de Siro como ladrón acabase tan pronto y de aquella manera.

            —Maestro… —Siro susurró en mirad de la oscuridad.

            Recibió un siseo por parte de Álad, que se detuvo, pegado a la pared. Si lograban subir las escaleras y llegar a la puerta sin ser vistos, serían libres. Entonces, un ligero temblor en la tierra puso su piel de gallina.

            —¡Escapan! —gritó una voz femenina.

            Y ahí estaba. Ahora era cuando todo se complicaba un poco. Una figura bajó las escaleras a toda prisa. Era una mujer, con la túnica parda del clero de la diosa Elara y una espada a dos manos. «Una segadora de Elara», pensó Álad al ver el arma. Si lo tocaba, podía contar con estar muerto. Por un momento, también se le ocurrió pensar en que aquella espléndida espada se vendería por una cantidad obscena en el mercado negro fuera de Kol-Tara…

            Tuvo que moverse para esquivar la primera estocada. Lo evadió y se lanzó hacia el otro lado para evitar el siguiente golpe. Tras él, su aprendiz se encontraba paralizado, pero la sacerdotisa no parecía querer prestar atención al que casi parecía un niño. Desde el otro lado del pasillo, Álad hizo el gesto cien veces ensayado con las manos.

            «Huye»

            Pero su aprendiz no le hizo caso. Se lanzó hacia la mujer con el hombro por delante en un intento por derribarla. Lo único que provocó fue que la enemiga retrocediese un poco y tuviera tiempo de herirle mientras la espada ascendía.

            En cuanto el metal tocó la carne de Siro, el joven sintió que sus pies pesaban un poco más de lo normal. Con espanto, miró hacia abajo: la tierra ya no era sólida en torno a sus piernas y comenzaba a envolverlo en un agarre férreo para impedirle cualquier movimiento. El muchacho hizo un gesto con las manos, el mismo código que había aprendido de él.

            «Maestro, huye».

            Álad reaccionó rápido. Se levantó y cruzó a grandes zancadas el espacio que lo separaba de la escalera. Apretó los dientes mientras subía a toda prisa. La tierra tembló a su alrededor mientras la sacerdotisa lograba zafarse de Siro y lo perseguía. Álad no se permitió mirar atrás. No sabía si además aquella sacerdotisa podía invocar elementales de tierra, o deformar las paredes, pero no podía quedarse a comprobarlo.

            —¡Te sacaré! —gritó desde el fondo de su pecho.

            Tras él, Siro lo vio desaparecer en lo alto de la escalera y escuchó las carreras y maldiciones de las dos sacerdotisas de Elara que lo siguieron. Sus pies seguían hundidos hasta los tobillos en la tierra del suelo, pero al menos estaba vivo.

            Se aferró a la esperanza. Su maestro volvería a por él, estaba seguro.         


miércoles, 8 de noviembre de 2023

Día 8 - Novata

 


Mycaela Hynn está nerviosa, tanto, que no se ha dado cuenta, pero ha hecho trizas una de las páginas de su libro de hechizos. Con estupor, comprueba que tiene un montón de pedacitos de papel en su regazo, bajo la mesa del auditorio donde han reunido a todos los nuevos. Mira alrededor, como si esperase que alguien la acusase de repente con el dedo por haber roto toda una página de su libro, pero la realidad es que el resto de los estudiantes ni la miran.

            Ella es una maga más, una novata asustada en su primer día de clase en Kyodaina-Hon, conocida en todo Ashay como la gran ciudad de los magos.

            Algo se remueve en su bolsa y Mycaela vuelve a mirar a su alrededor, preocupada por esos dedos acusadores que nunca llegan. Espera que se rían de ella y se metan con sus kilos de más, o con sus ojos azules demasiado claros, o con Anna, el autómata que surge de la bolsa. Es una pequeña figurita metálica, de apenas unos diez centímetros de altura, de formas delicadas y ropa similar a la de una bailarina de la Liga de Hexia. Fue un regalo de sus padres en el primer cumpleaños que recuerda, en su casa de Breteri, lejos, en Kúrnik. Los echa mucho, mucho de menos. La tranquilidad de su padre, su paciencia… y a su madre, que murió hace años. Ya se ha acostumbrado a echarla de menos, así que no duele más que otros días.

            Anna, como autómata, no puede hablar ni tiene consciencia. Cumple órdenes básicas y flota, poco más. Sin embargo, Myca sabe que fue un regalo muy caro. Sus padres eran artesanos rúnicos, pero aun así tuvieron que pagar a un mago para darle esa capacidad especial de cumplir órdenes y flotar.

            Está tan absorta pensando que no se da cuenta de que la clase inaugural va a comenzar. En el estrado del auditorio se ha colocado el director de la Escuela de la Maestría, la academia donde la han admitido, una de las cuatro que posee Kyodaina-Hon. Mira alrededor y observa al resto de estudiantes. Algunos parecen hijos o hijas de reyes, por lo bien vestidos que van y lo altaneros que se muestran. Otros parecen más asustados incluso que ella. Por un momento, se siente mal porque ella, como maga erudita, ni siquiera ha tenido que hacer las pruebas de ingreso más que mostrar su libro de hechizos y hacer los gestos y palabras que acompañan a los hechizos que ha aprendido a hacer sola, con ayuda de los libros que sus padres le han ido regalando durante su vida. Incluso la han becado. Tiene todos los gastos cubiertos: la residencia, las comidas, todos los útiles de escritura, incluso la ropa. Solo tiene que estudiar, nada más. Parece el sueño de cualquier mago, pero Mycaela está asustada.

            ¿Y si no llega a las expectativas? ¿Y si todo es demasiado? Hay algo en su interior que reacciona a ese miedo, algo que a veces despierta, pero lo logra acallar cuando alguien se siente al lado y le sonríe un poco. El chico tendrá su edad, con el pelo pelirrojo y unos graciosos ojos verdosos.

            —Estamos nerviosos, ¿eh? —él señala el montoncito de papeles que Mycaela ha hecho a sus pies sin darse cuenta.

            Las manos del chico tiemblan de forma obvia y la maga le devuelve la sonrisa mientras le tiende una mano.

            —Mycaela Hynn, encantada —se presenta.

            —Ignar Drener —su mano está cálida, un poco sudorosa—. ¿Eres la maga erudita, Mycaela?

            —Puedes llamarme Myca —aclara ella, algo incómoda por cómo se ha corrido la voz—. Sí, soy maga erudita. ¿y tú?

            —Uso magia de lava —Ignar se encoge de hombros, pero Myca no puede evitar lanzarle una mirada entusiasmada y de curiosidad ante esa magia—. Pero bueno, no sé si has visto que en el primer curso hay casi más clases de asuntos no mágicos que magia en sí.

            Myca abre su libro de hechizos, donde ha guardado el papel en el que anotó las materias.

            —Geografía, historia, matemáticas y oratoria, no está mal. Son interesantes —sonríe ella.

            Ignar se cruza de brazos con un resoplido. Parece que va a decir algo cuando el director de la Escuela de la Maestría se adelanta al ver que ya han llegado todos los alumnos de primer curso. Un educado aplauso recorre la bancada del auditorio cuando el mago da un paso al frente.  Myca lo conoció en su examen de acceso, donde estaban los cuatro archimagos del Concilio de Magos, el órgano de gobierno de la ciudad. Cree que usa magia de muerte, pero no está segura.

            El discurso comienza con una bienvenida, presentaciones y el honor que supone pertenecer a la Escuela de la Maestría. A su lado, Ignar finge un bostezo que hace reír a Myca. Anna revolotea sobre su hombro y pronto pasa a ser una fuente de distracción para los dos magos.

            Ajenos al discurso, más entretenidos en Anna y sus piruetas sobre el papel, la oscuridad les pilla tan de súbito como al resto. De repente es como si la noche cerrada se hubiera tragado al auditorio entero. Myca está tan nerviosa que no se le ocurre hacer su esfera de luz. Las paredes se iluminan con una luz extraña y morada al tiempo que comienzan a oírse gritos desgarradores. Unas lenguas de fuego negro y violeta delimitan el auditorio y Myca apenas tiene tiempo de pensar antes de que la gente comience a correr cuando los primeros proyectiles mágicos cruzan la sala.

            Intenta levantarse y huir también, pero es torpe y sus piernas se enredan con la bancada. Termina por refugiarse bajo la mesa, asustada y aferrada a su libro de hechizos. Tira de la pierna de Ignar, que entiende y se refugia a su lado. Está blanco, como ella, mientras alrededor se escuchan gritos y, por encima de todo, el sonido más desagradable que Myca ha escuchado nunca. Ni siquiera sabe qué lo produce, pero le evoca a cuando, sin querer, ha pisado un caracol después de la lluvia, quebrando su concha y su babosa sin pretenderlo.

            Las llamas negras cobran intensidad. Desde su refugio, Myca ve que los estudiantes se agolpan en las salidas, cerradas por una barrera mágica que ninguno logra salvar. Alguien grita que el director está muerto, que lo han matado. Myca tira mano de Anna, pero no la encuentra en su bolsa ni cerca.

            —¡Anna! —la llama, desesperada.

            Sale de su escondite, pero al momento Ignar tira de su capa.

            —¿Estás loca? —le increpa— ¡Es solo un juguete!

            Myca no le hace caso. Debe encontrarla. Es el único pedacito que recuerda de su madre, así que no está dispuesta a perderla.

            Percibe el revoloteo de Anna entre dos sillas y se abalanza hacia ella, tomando la muñeca entre sus manos como si fuera lo más delicado del mundo. Siente algo detrás de ella, un hechizo, y por puro instinto se aparta. Un encapuchado parece observarla, con el rostro indistinguible en la oscuridad de su capucha. La figura blande una espada cuya hoja ya no es reconocible de tanta sangre y pedazos de hueso y carne que acumula. Myca entiende entonces el sonido de antes cuando ve las cabezas cercenadas a su alrededor.

Algo en ella, algo muy profundo, despierta. Algo que solo surge en sus pesadillas, en sus miedos, que vive agazapado en el quicio que queda entre el pánico y el terror.  Comienza a trazar un hechizo para salir de allí, un salto espacial que la aleje del desconocido. Ignar se abalanza desde detrás hacia el encapuchado con sendos proyectiles de lava ardiente, que no llegan a tocar la piel del atacante. El hombre, o lo que sea, se gira mientras alza su espada en un corte ascendente que separa de un tajo limpio la cabeza de Ignar del resto del cuerpo. En ese momento, Myca termina su hechizo y aparece una veintena de metro más atrás, pegada a la barrera mágica que aísla el auditorio.

A su alrededor todo es fuego verde, hechizos, sangre, rostros en cabezas cortadas y de nuevo ese algo ruge dentro de ella. No sabe cómo, pero eso le guía. Apoya la mano en la barrera mágica y dibuja de nuevo un hechizo que surge de alguna parte de su mente mientras su lengua sabe qué palabras utilizar para moldearlo.

Sale de allí, atraviesa la barrera mágica, y mientras su miedo se apaga, también lo hace el mundo a su alrededor.